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| ¿Cuán costosa puede ser la desinflación? |
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| Texto informativo:
31/05 - 08:58 Ambito Financiero |
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Por: Matías Carugati (*) - Teniendo en cuenta que reducir la inflación es una de las principales prioridades del Gobierno, muchos se preguntan por las posibilidades de éxito. Una inquietud algo soslayada, pero también relevante, es el costo de una eventual desinflación. Generalmente ésta tiene costos (PBI perdido) y si bien cada episodio exhibe aspectos particulares, la literatura apunta a varios aspectos comunes. En primer lugar, la credibilidad del banco central. Si el compromiso con una inflación más baja no es creíble, las expectativas de inflación no se ajustarán lo suficientemente rápido como para evitar pérdidas del PBI. Y para ser creíble no alcanza con mantener una política monetaria restrictiva. También se necesita una política fiscal consistente con los objetivos de inflación. En segundo lugar, la dinámica salarial también juega un rol relevante. Incluso si la política del banco central es creíble, existen salarios ya pactados bajo expectativas de inflación más elevada. Cuanto menos frecuentes sean las negociaciones y cuanto más escalonadas se hagan más difícil será desacelerar el crecimiento salarial, lo cual tiende a aumentar el costo de la desinflación. Más aún, si los salarios se encuentran indexados a la inflación pasada los cambios de régimen tienen escaso efecto sobre la dinámica salarial.
En tercer lugar, la sensibilidad del salario a las condiciones económicas. La desinflación requiere de una desaceleración tanto de precios como de salarios, pero esta coordinación simultánea es difícil de lograr de forma natural desde el comienzo del proceso, dado que los salarios no se renegocian continuamente y que un cambio de régimen tampoco es un 100% creíble. Por eso es que el camino de la desinflación requiere limitar el crecimiento de los salarios, lo cual, a su vez, implica generar presiones recesivas que produzcan dicha limitación. Cuanto menos sensible sea el salario a la situación económica mayor será el costo de la desinflación. En cuarto lugar, la necesidad de reducir el salario real (en nivel o respecto de su tendencia) implica que la desinflación ya no es sólo un problema de coordinación. En este caso también habría que resolver un problema de distribución del ingreso, lo cual hace mucho más difícil lograr la aceptación por parte de los trabajadores y puede elevar el costo de la desinflación.
Por último, la apreciación de la moneda puede colaborar con una desinflación menos costosa. En una economía abierta el endurecimiento de la política monetaria genera una apreciación del tipo de cambio. Esto ayuda a acelerar el proceso de desinflación a corto plazo, en la medida que el desequilibrio de las cuentas externas no alimente las expectativas de devaluación. No obstante, si la desinflación se prolonga en el tiempo la apreciación puede generar costos incluso si no hay crisis externa debido a su efecto sobre la competitividad. Aunque conocemos los factores que afectan el costo de la desinflación, no hay un consenso respecto a la velocidad "óptima". Quienes están a favor de una desinflación rápida sostienen que un cambio de régimen y un fuerte compromiso con el endurecimiento monetario aumentan la credibilidad y permiten una rápida modificación en el proceso de formación de expectativas. Quienes están a favor de una desinflación más gradual argumentan que la inercia de los contratos, las rigideces nominales y la existencia de conflictos distributivos aconsejan ir más despacio para no aumentar demasiado los costos en términos del PBI. ¿Qué enseñanzas podemos extraer de todo esto para la Argentina? Si bien la apreciación real parece que se extenderá por algún tiempo, la credibilidad del programa macro aún no se ha asentado en un 100%, sobre todo desde el lado fiscal. Ejemplo de ello es que las expectativas de inflación y las demandas salariales están por encima del objetivo del BCRA. Además, la dinámica salarial tampoco ayuda. Por si fuera poco, también existe un problema distributivo: la recomposición tarifaria implica una caída del salario real que, hoy, los sindicatos no parecen muy dispuestos a conceder. Y la tolerancia social al desempleo es baja. Todo ello hace de la desinflación gradual una opción razonable para minimizar su costo, lo cual luce consistente con el plan del BCRA de llegar a una inflación de un dígito en 4 años. ¿Esto quiere decir que el costo de una eventual desinflación será bajo? No necesariamente. Nuestro análisis muestra que la cautela del Gobierno en materia de precios está bien fundada pero también alerta sobre la necesidad de trabajar sobre los flancos débiles, de forma tal de hacer de la desinflación un proceso sustentable en el tiempo y con mínimo impacto económico-social.
(*) Economista, Management & Fit. |
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