Por Gustavo Grobocopatel. VICEPRESIDENTE DEL GRUPO LOS GROBO, PRESIDENTE DE BIOCERES - Las retenciones nos hacen un país diferente. Resolver la tensión entre el corto y el largo plazo implica la redistribución para igualar oportunidades sin deteriorar los incentivos para la creación de riqueza.
Las retenciones no son un impuesto equitativo ya que discriminan en contra de los pequeños productores y los de áreas marginales produciendo mayor concentración de la riqueza. Es falso que contribuyan a mantener controlados los precios al consumidor: los hechos recientes lo demuestran. No es un sistema federal ni estimula el desarrollo regional. Transfiere recursos del interior a la ciudad produciendo nuevamente concentración de recursos en los centros urbanos. No estimula la producción ni las exportaciones, deteriora las relaciones insumo-producto y, por lo tanto, la productividad y la competitividad.
La discusión de fondo no es si las retenciones deben seguir o no. Probablemente tarde o temprano se sacarán y los precios de los granos subirán o bajarán. La discusión es qué país queremos.
Podríamos aprender de los chinos. Ellos respetan el pasado, no lo niegan, aprenden. Lo paradójico es que el crecimiento de China no depende de su consumo interno sino de la inversión extranjera directa. Seguramente podríamos nosotros también pensar hacia delante sacando lo mejor de nuestro pasado, pero buscando con humildad un modelo criollo adaptado a la sociedad del conocimiento.
No creo que podamos resolver nuestros problemas sólo con gestión. Necesitamos innovar, ser creativos, copiar las mejores prácticas, buscar buenos socios, adelantarnos a los problemas.
Estos tiempos ofrecen extraordinarias oportunidades, pero es necesario darse cuenta y entrar definitivamente en la sociedad del conocimiento. Esto requiere un rediseño del Estado, de los sistemas impositivos, de cómo y para qué educar. Requiere repensar qué socios internacionales necesitamos, tanto como profundizar y revalorizar nuestra cultura y nuestras diferencias. El progresismo y la revolución vienen de la mano del ingreso a la sociedad del conocimiento.
La tensión política en la sociedad actual está entre los que piensan todavía en una sociedad industrial y los que lo hacen en la sociedad del conocimiento. Esta última es una civilización que crece rápidamente y es transversal. Incluye personas de derecha e izquierda, empresarios y trabajadores, científicos, académicos; no importa en qué país vivan ni cuál sea su cultura.
Si nuestra sociedad pudiera entender el nuevo paradigma y reflexionar sobre el funcionamiento de sus instituciones, sus valores, sus creencias, su forma de hacer y pensar, estaríamos listos para liderar las naciones en el siglo XXI. Hay que construir capital social para ponernos en marcha.
El mundo necesitará más alimentos y de mejor calidad: podemos ofrecérselos con un modelo de agricultura sustentable. Necesitará energía: podemos ofrecer biocombustibles. El mundo necesitara biofármacos, alimentos que curen, bioplásticos para resolver el problema de los residuos: todo ello podemos ofrecer desde el campo en forma amigable con el medio ambiente.
Hablo de un campo que vende alimentos que envasan cultura y que es recorrido por miles de turistas disfrutando la ruta gastronómica. Un campo que consume servicios y produce bienes sofisticados. Hoy lideramos el comercio mundial de proteínas vegetales y debemos hacerlo también mañana con las proteínas animales. No es suficiente para sacar el país adelante; otros sectores, otros clusters, deberían elaborar sus propios sueños. El nuestro no pide nada, no necesita de subsidios: ofrecemos la experiencia de los últimos años.
La agroindustria del siglo XXI de ninguna manera debe ser el modelo agroexportador basado en la renta de la tierra. Debería potenciar y desarrollar el modelo que incipientemente se inició a fines del siglo XX: el campo incorporando información genética, digital y relacional, consumiendo servicios, agregando valor a través de la incorporación de conocimientos. Un campo de la cuarta ola.
Pudimos construir una agricultura competitiva y sustentable. De no ser así, el costo tarde o temprano lo pagan los consumidores o la sociedad toda. Para ello hay que aumentar la productividad incorporando innovaciones tecnológicas y disminuyendo los costos de transacción con innovaciones organizacionales. De esto ya escribieron mucho los últimos Premios Nobel.
El campo argentino se dio cuenta de esto y de allí su impresionante crecimiento y desarrollo de la última década. Pero el proceso no fue todo feliz. Muchos agricultores se fundieron o se endeudaron al límite de la supervivencia; el proceso de cambio fue doloroso.
No pensemos que los cambios serán neutros y sin turbulencias. Debemos prepararnos como sociedad para transitarlos con coraje, decisión y solidaridad. Pero no la solidaridad que condena a la exclusión, la del asistencialismo. Debemos generar una solidaridad basada en la educación, la alfabetización para el desarrollo, el empowerment, el otorgamiento de libertad y confianza a las personas para que hagan sus emprendimientos. Hay que nivelar para arriba, agrandar la torta. Mayor productividad, mayores precios, mayores salarios, más consumo de productos y servicios.
Si queremos que nuestros salarios aumenten en forma sustentable, debemos aumentar la productividad de la mano de obra y lograr que haya más tecnología y más trabajadores del conocimiento.
Estoy hablando de la Argentina de los alimentos para el mundo, la del interior próspero que convoca a los sectores urbanos a una mejor calidad de vida, la que revierte el sentido de la emigración, la que es sostenida por cientos de miles de pymes criollas, la que lidera el mercado mundial de proteínas, la que necesita y expande los científicos de la biotecnología, la que da valor a sus granos con conocimientos y transformación de productos y procesos, la que es el sustento de las industrias del crushing, la metalmecánica, la química, el transporte; en fin, la Argentina soberana, la de la inmensa clase media, la de todos los que desafíen, no importa desde dónde, el nuevo mundo con pasión, inteligencia y generosidad. ¡Allá vamos! |