Por Francisco Jueguen - "Estoy horrorizado", se indignó el director del Instituto Mexicano para la Competitividad (IMCO), Manuel Molano. "No puede ser que una camisa en la Argentina cueste lo que hoy cuesta", se quejó. El ambiente se tensó en el auditorio de la Unión Industrial Argentina (UIA), donde minutos antes el especialista había advertido que no había margen para que el país se cerrase al mundo. Molano, que participaba de un seminario sobre competitividad en la entidad fabril, recibió la respuesta que en los últimos meses ensayan los industriales cuando surge un reclamo por el nivel de los precios en momentos en que el Gobierno empuja una apertura gradual al mundo que "acople" valores internos con los del exterior: el Estado es el primer enemigo de la competitividad. En ese contexto, la UIA reclamó una reforma impositiva -que el Gobierno ya analiza- y mejor acceso al financiamiento empresarial en todo el país con "tasas más competitivas". "Hay que repensar la estructura tributaria en la Argentina y bajar el costo laboral. Es necesaria una reforma fiscal y mejorar el acceso al financiamiento real, sobre todo para las pymes", afirmó Diego Coatz, director ejecutivo de la UIA. A su lado, el subsecretario de Industria, Fernando Grasso, avaló su reclamo. "Sólo el 17% de esos precios son costos industriales", afirmó. En rigor, el mismo Plan Productivo Argentino que el ministro de Producción, Francisco Cabrera, presentó en la UIA la semana pasada ya advierte sobre el impacto impositivo: de acuerdo con ese proyecto, la presión tributaria llega al 137,4% de las ganancias comerciales. Esto significa que las compañías privadas locales pagan por impuestos una cifra que más que duplica lo que efectivamente ganan. "Con respecto a la competitividad, reconocemos que hay cuestiones que corresponden resolver al Gobierno", señaló Grasso, que además reconfirmó que habrá "unidades productivas" que deberán transformarse. No habló de sectores específicos, pero sí indicó que habrá "ayuda y recursos". Ésta no fue la única discusión en el seminario de la entidad fabril. Se debatió sobre Australia, China y el tipo de cambio, y sobre la vieja polémica entre protección y apertura. "El dólar se atrasó en los últimos meses. Sí. ¿Hay que devaluar? No", agregó Coatz. "Hay que trabajar sobre el tipo de cambio a largo plazo; sobre un horizonte de costos de los productos no transables", señaló, y enumeró: costos logísticos, laborales, financieros y energéticos. "Por cada peso que se presta en el norte del país se prestan $ 35 en Buenos Aires. Hay que federalizar el crédito con tasas competitivas", pidió. "Es una variable relevante, pero se puede analizar de distintas maneras en términos reales. Está dentro de los parámetros históricos, aunque tampoco es el mejor tipo de cambio", reconoció Grasso. Molano consideró esta variable una "clave", pero no por su nivel, sino por la volatilidad o no que adquiera a la hora de atraer nuevas inversiones. "Hay que trabajar mucho sobre los subsidios y las cargas tributarias y sobre la misma productividad del Estado para mejorar la competitividad", agregó Grasso sobre los procesos de facilitación y desburocratización que impulsó el Gobierno. Coatz también pidió pensar qué va a pasar con la inversión pública. "Esto no sólo baja los costos de la logística, sino que también empuja el nivel de actividad con compras estatales a los privados. Sobre China, tanto Molano como Coatz recomendaron no tenerlo de socio. El primero, porque "no es confiable". El segundo cuestionó su "competencia desleal". El tema adquiere importancia porque los países miembros de la OMC pueden reconocer o no a ese país como economía de mercado desde diciembre. Grasso no opinó. ¿Australia? "Es una referencia más. La Argentina tiene que construir su propio camino", minimizó Grasso sobre el lugar preferencial que ocupa ese país en el plan productivo oficial como ejemplo sobre su transformación y apertura gradual. Coatz pidió antes escuchar a Perón y trabajar sobre la productividad. Antes de abrirse al mundo, Molano pidió eliminar "los altos costos" de la regulación oficial. "Si se abren al mundo así, van a quedar de rodillas. ¿Vale la pena?", preguntó. |