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Por Juan Guarino - Mientras los preocupados
industriales argentinos piensan que la llegada de Trump a la presidencia de los
Estados Unidos fue lo mejor que les pasó en los últimos meses, para la City
financiera porteña, el escenario es diametralmente opuesto.
Con cada hora que pasa, cada vez son más los banqueros, empresarios, dirigentes
políticos e industriales que creen que se han activado las obras tendientes a
pavimentar el camino que separa la vieja estación "Consenso de
Washington" y que en su recorrido tendrá una nueva parada, que algunos
proponen llamar "Mandato de Michigan".
Intuyen que en su versión más extrema, la llegada de Trump implicará en Estados
Unidos una significativa expansión fiscal y fuertes restricciones a las
importaciones, que tendría un impacto en el precio de las materias primas a
partir del menor crecimiento global.
No obstante, este pronóstico les hace saldar una posición intermedia entre los
draconianos anuncios de campaña de Trump y la expectativa de un plan
tradicional de medidas al estilo republicano. Por ejemplo en el IERAL
piensan que una eventual suba de tasas de interés sería más moderada y el mayor
impulso fiscal tendría efectos positivos no sólo al interior de la economía
estadounidense sino también en el resto del mundo.
En el medio de la recesión, los industriales argentinos se aprestan para su
nutrido encuentro anual de Parque Norte, que decantará no pocas novedades en
materia de compulsas domésticas -se especula con una queja más consistente al
Gobierno por el terrorífico año de profundas caídas que se va-, mientras que
también se tendrá un intercambio sobre lo que viene.
Para la Argentina, por ejemplo, las exportaciones a EE.UU. representan sólo el
0,7% del PIB, es decir que los efectos comerciales de la nueva política
norteamericana ocurrirían a través de factores indirectos como los precios de
las materias primas o la reacción de China y Rusia a esos planteos.
En esa línea se anotan los industriales, quienes en público eligieron mantener
una posición de cautela, ser conservadores al máximo, y mostrarse incluso
escépticos y hasta pesimistas por los cambios que vendrán desde el norte.
Con cara de preocupación eligieron golpearse el pecho en público por el
"inminente daño" que esto le hará al reciente giro exterior del
gobierno argentino e incluso alguno se animó a poner su foco en los errores no
forzados de la canciller Susana Malcorra y del propio Macri al manifestarse a
favor de Hillary Clinton en campaña.
Sin embargo, casi como si se tratara de la metáfora bipolar del Dr. Jekyll y
Mr. Hide, un infinito alivio se apoderó de sus capas más profundas, al adivinar
con la llegada de Trump a una especie de mesías, que buscará contagiar al mundo
de una nueva doctrina, menos aperturista, más proteccionista, lo que sin duda
podría regresarles algo de sus viejas ventajas.
Es más: en privado, varios de ellos señalaron que el acervo de contrapuntos
pasados y presentes entre Macri y Trump eran una excelente noticia para el
empresariado local, acostumbrado a los escudos protectores de los aranceles e
impuestos internos.
Así, una de las lecturas que parecía desprenderse en los últimos días, era la
de una política estadounidense para la región que perderá presión para
integrarse a improbables bloques comerciales como el del Acuerdo Transpacífico para
la Cooperación Económica (en inglés: Trans-Pacific Partnership, TPP), que
apunta a crear el mayor bloque económico mundial y que bsuca eliminar 18.000
aranceles entre los diferentes países del bloque de los que la Argentina
parecía querer formar parte. Esa lectura significa una buena noticia desde el
punto de vista de quienes temían enfrentarse a un escenario de entrada de
productos importados.
La revolución de la alegría
Las caras largas del mercado financiero, en
cambio, sí podrían manifestar precisamente eso. En medio de una corrida
monetaria que depreció las monedas de la región y dejó al peso argentino
divorciado de ese contexto -pero con mayor presión a devaluar la moneda-,
comenzaron a surgir comentarios y reportes que le bajan la algarabía financiera
a los protagonistas de la City.
Según el IERAL, el programa económico de la Argentina es demasiado dependiente
de la capacidad de endeudamiento, lo que obliga a seguir con atención los
acontecimientos. El Sr. Trump es el nuevo inquilino de 1600 Pennsylvania Ave y
para los brokers de la City porteña, esa "mudanza" genera inquietud.
El descenso gradual
pero profundo de las bolsas en el mundo por la menor perspectiva de crecimiento
global y la suba de la tasa del Tesoro de Estados Unidos (producto de una
fuerte venta de títulos en el mercado a partir de la desconfianza) generó una
suba en los rendimientos de los bonos soberanos locales, es decir, un ajuste
hacia abajo en el precio de esas emisiones.
Esto traería mayores costos de financiamiento para la Argentina, que en lo que
va del año lleva emitidos bonos por más de u$s 40.000 millones y que según el
presupuesto debatido en el Congreso, tiene planes para hacer lo propio el año
próximo. El "adicional" de la tasa que deberá pagar la Argentina son
dólares de endeudamiento que habrá que pagar en los próximos veinte años.
En el Gobierno piensan que hay que esperar y que no basta con diseñar un 2017
con subas marginales en las tasas que pagará la Argentina. Sostienen que con un
nivel de endeudamiento bajo como el que tiene nuestro país, los cambios que se
generen no presentan complicaciones.
En esta línea de optimismo oficialista, conviene incorporar otro factor. La
llegada de Trump a la presidencia podría generar un efecto colateral que
ayudaría a atenuar este escenario de tasas más altas. La Reserva Federal,
principal órgano decisor de política económica, tiene un objetivo dual
(apuntalar el empleo y mantener una inflación acotada) que ejerce con
independencia. El plan de la Fed consiste en subir las tasas lentamente para no
generar efectos adversos en la economía estadounidense.
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