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Por José Siaba Serrate - El presidente Trump
despidió al titular del FBI, James Comey, y desató una convulsión política.
Wall Street no se inmutó. Un ciberataque a escala global, el viernes, con
malware robado a la propia Agencia Nacional de Seguridad (NSA) de los EE.UU.,
tampoco produjo daño visible. El rally se tomó descanso en paz, sin
estridencias. Tras cuatro semanas consecutivas en alza, el S&P 500 reculó
el 0,3% (la distancia que lo separa de los récords). Los indicadores económicos
no brillaron para nada, y no importó. O sí. Después de corroborar un aumento de
las ventas minoristas por debajo de lo esperado, la Bolsa desdeñó la noticia y
los bonos le sacaron partido. La tasa de 30 años volvió a hundirse con un rinde
inferior al 3%. Que las lecturas de inflación dijeran presente, con registros
sobre el umbral del 2%, no quita el sueño. Una paloma de la Fed, Charles Evans,
de Chicago, planteó la posibilidad de que una única suba de tasas alcance en lo
que resta de 2017 y alentó la brisa favorable. Que después un halcón, Patrick
Harker, de la Fed de Filadelfia, ratificara la prédica de los dos retoques no
empañó la jornada. En suma, promedia el mes y no hay evidencia de un "sell
in May".
Antes de asumir, Donald Trump vino cargado con su propio Watergate a cuestas.
Es su destino: el Rusia-gate lo acompañará toda su presidencia, dure lo que
dure, como un perro fiel. Y Trump es de pocas pulgas. Despedir a James Comey,
el número uno del FBI, y principal encargado de la investigación, lo corrobora.
Pocas pulgas y mucha adrenalina. Al día siguiente, Trump recibió al canciller
ruso, Serguei Lavrov, en otro de sus mensajes cifrados que tanto disfruta. Pero
la foto con Henry Kissinger, el secretario de Estado del difunto Richard Nixon,
es mejor símbolo. Cómo disociar estas tempranas vicisitudes con los tropiezos
del Nixon final al tratar de ocultar con torpeza los meandros non sanctos del
Watergate. ¿A Wall Street no le preocupa un destino de impeachment? No.
Mientras Trump tenga el apoyo de su partido lo considerará una posibilidad
remota.
¿Vender en mayo? No, todo el año. Esa es la realidad: las posiciones vendidas
del VIX, el llamado índice del miedo, crecen de manera exponencial desde
mediados de 2016. La volatilidad accionaria esperada se desplomó a su valor más
bajo en 24 años, según la cotización del VIX. Nadie lo diría después de
escuchar el torrente de críticas sobre el Trump rally. O si viera el drenaje de
recursos que emigra sin pausa desde los fondos comunes de acciones. ¿Por qué
huyen si avizoran un futuro con menos y menos volatilidad? ¿Estimará bien el
VIX lo que se supone que mide? Porque miedo hay a raudales, y no lo registra.
Si los inversores se montan en masa a la bicicleta de vender el índice con la
expectativa de disfrutar un almuerzo gratis, el VIX no tiene más remedio que
caer. Y basta ver los números: las posiciones cortas se duplicaron en lo que va
del año (y se multiplicaron por seis desde mediados de 2016) si se toma como
proxy el stock de notas VXX, el instrumento más popular para la tarea. Si hoy
existe una burbuja es allí. ¿Un piso tan bajo del VIX no es una señal ominosa,
la contracara de un techo inminente en la Bolsa? Es tentador pensarlo. La
historia indica, empero, que no siempre es así; y que cuando es signo de fin de
fiesta no suele ser urgente.
El Trump rally se preserva intacto. Soportó los vaivenes del PBI y del FBI. No
obstante, desde que comenzó el mercado bull en 2009, no hay año en el que no se
haya producido al menos una minicorrección del 5%, suficiente para cortar la
digestión aunque después no tuerza la tendencia de fondo. Que todo le resbale
hasta el presente no significa que no pueda surgir un disparador. Basta leer el
tuit en el que Trump le aconseja a Comey que no produzca ninguna filtración.
Wikileaks, trascartón, ofreció 100 mil dólares para quien aporte una grabación
de las conversaciones. Ya lo dice el refrán, tanto va el cántaro a la fuente,
que al final se rompe.
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