Lavagna sabe que controlar los precios puede afectar el nivel de crecimiento. Hay dos hechos que introducen cambios significativos en el panorama económico: la inflación y un nuevo contexto financiero internacional.
El aumento de 1,5% del costo de vida en marzo superó las previsiones y puso en alerta al Gobierno.
Y si bien Lavagna cree que en 60 días logrará doblar el rumbo inflacionario, sabe que esto puede tener, como costo, un enfriamiento de la economía.
El riesgo de la inflación es bien conocido en la Argentina.
La suba constante en el costo de vida desata reclamos salariales que, en determinadas circunstancias, sirven como argumento para explicar nuevas subas de precios.
El Gobierno quiere escapar del, también, conocido método de la indexación y por eso le quedaría un sólo camino: ensayar una política con componentes ortodoxos y heterodoxos.
Esa política ya está en funcionamiento e implica tres pasos:
Acuerdos transitorios de precios para algunos alimentos clave (carne, pollos, lácteos). Se sabe que la efectividad de esos acuerdos va cayendo con el paso del tiempo, pero en el corto plazo pueden ayudar a contener algunas subas especulativas.
El Banco Central deja de comprar dólares. Es para inyectar menos pesos a la plaza, contribuyendo a una suba de la tasa de interés que, de mantenerse, afectará la actividad económica.
La aspiradora fiscal. Comenzará a funcionar en el segundo trimestre del año. Y por medio de la recaudación de Ganancias y Bienes Personales les restará poder de compra a todos lo que pagan esos impuestos.
Basado en ese trípode, Lavagna espera que se atenúe en abril el ritmo de aumento del costo de la vida y así poder tener un respiro, al menos uno en un panorama económico más discutido.
La suba de la tasa de interés en EE.UU., que es la base del cambio de escenario en el contexto financiero internacional, hace que los bonos de los países emergentes deban aumentar sus rendimientos para atraer capitales.
Para la Argentina, implica terminar con ese sueño de que después del éxito del canje de bonos (logró más del 76% de adhesión) vendrían muchos dólares a desembarcar en estas costas.
En este contexto vuelve a primer plano la discusión sobre qué hacer con el precio del dólar.
Lavagna no quiere enfrentar a la inflación con una baja del dólar que modere los precios de los productos que se rigen por el valor de la divisa (todos los alimentos que se exportan).
Descarta esa estrategia por una cuestión obvia: un dólar cercano a los 3 pesos le permite tener elevada la recaudación por las retenciones a las exportaciones.
Y tener buena recaudación por retenciones, a su vez, le asegura a Economía el superávit fiscal y dinero fresco para pagar los servicios de la deuda pública.
Pero, por otro lado, no dejar bajar al dólar mantendría los argumentos para que los alimentos sigan caros y golpeen el bolsillo de los asalariados. Encima, en un año electoral.
Con dólar alto se favorece el superávit fiscal y la captación de reservas para normalizar la situación financiera. Pero se dificultaría la lucha para quebrarle el espinazo a la inflación.
Un dólar más bajo contribuiría a moderar los precios de los alimentos pero pondría en riesgo las metas fiscales.
Una vez más, la Argentina está en una encrucijada que demandará algunas señales del Gobierno para poder alargar el horizonte de crecimiento. Y teniendo en cuenta que para este año el consenso de los expertos prevé que la economía avanzará un nada despreciable 7%.
Estos temas empiezan a reclamar definiciones. Algunas podrían surgir de la reunión que el FMI realizará la semana próxima en Washington y en la cual Lavagna emitiría algunas señales sobre adónde piensa ir. |