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Por Carlos Burgueño - El Gobierno
no tratará este año el mecanismo de
ajuste por inflación en la presentación de los balances. Sólo está dispuesto a
discutirlo dentro de un debate general en el Poder Legislativo dentro de una
ley de reforma tributaria que debería darse con la conformación del Congreso
que surja de las próximos elecciones legislativas. Esto sería recién bien
entrado el 2018, con aplicación desde el 2019 e, inevitablemente, por una nueva
ley. La idea es que si se vuelve a aplicar el esquema de ajuste, se vuelva a
legalizar cuando, teóricamente, ya no sea importante e influyente en la
recaudación porque, precisamente, ya no habría inflación para corregir; ya que
el Gobierno espera que para el próximo año el alza de los precios sea de
aproximadamente 10% y de un dígito en 2019. Hasta ese momento, seguirá siendo
implacable, por la negativa, cada vez que algún privado intente aplicar el
ajuste en sus balances, repitiendo la experiencia del BBVA de junio pasado. El
banco había intentado aplicar el ajuste sin consultas previas ni a la
Administración Federal de Ingresos Públicos (AFIP) de Alberto Abad, ni al Banco
Central de Federico Sturzenegger y recibió un doble golpe. Una integral del
organismo recaudador y una prohibición lisa y llana de la entidad financiera,
que además dejó al banco fuera de la carrera por una eventual compra del Banco
Patagonia, camino que quedó así liberado para el Banco Macro. En otras
palabras, el decreto 664 del Poder Ejecutivo, publicado en el Boletín Oficial
el 25 de marzo de 2003 vigente desde abril de ese año, seguirá prohibido hasta
la próxima reforma impositiva o, en su defecto, hasta que no haya inflación y
su aceptación o rechazo ya no traiga polémicas.
La decisión oficial sobre la actitud a tomar en la aceptación, o no, del ajuste
por inflación, fue decidida por el Ejecutivo, luego de evaluar las
consecuencias que podría tener en la recaudación la aceptación del esquema,
vigente hasta comienzos de la década del 90 y prohibido por la ley de
Convertibilidad al considerarselo "indexatorio" y de por sí,
inflacionario. Habría sido Carlos Tachi, recordado secretario de Ingresos
Públicos de la gestión de Domingo Cavallo, que había recomendado su prohibición
al enviarse al Congreso la ley que reglamentaría el uno a uno. No hubo
discusiones en la medida, hasta que en enero de 2002, el Gobierno de Eduardo
Duhalde resolvió salir de la convertibilidad, aplicar una feroz devaluación
manteniendo la prohibición del ajuste en la ley de salida del esquema cambiario
vigente durante los 90. Luego, durante todo el 2003, hubo presiones para que se
aplique el ajuste, a partir de la inflación de 41% registrada en 2002; sin que
los reclamos hayan sido tenidos en cuenta. La decisión había sido tomada por el
entonces secretario de Hacienda, Jorge Sarghini, y Alberto Abad durante su
primera gestión en la AFIP; manteniéndose hasta hoy, y pese a la presión de
muchas grandes empresas del país con gran cantidad de activos revaluados.
Las presiones volvieron este año, luego que el primer año de gestión de
Mauricio Macri registrara una inflación acumulada de aproximadamente 39% y que
ya no esté el kirchnerismo en el poder. Se consideró en muchos sectores
privados casi como un derecho adquirido la necesidad de insistir por la
aplicación de este esquema de reactualización de balances bajo el argumento
que, en algunos casos, la alícuota del pago del Impuesto a las Ganancias podría
incrementarse hasta un artificial 35% al aplicarse la alícuota máxima sobre
ganancias ficticias producto de la revalorización de activos por el incremento
de los precios. Desde la AFIP, el Central y el palacio de Hacienda, tanto en la
gestión de Alfonso Prat Gay como la actual de Nicolás Dujovne, se negó la
posibilidad de trabajar sobre la alternativa de una restitución del mecanismo
de ajuste por inflación; pese a los pedidos de los colegios profesionales de
ciencias económicas que aseguraban que el esquema termina siendo válido cada
vez que el alza del IPC supere el 10%. Se calcula que desde abril de 2003, la
inflación acumulada superaría el 800% (incluyendo los años de intervención de Guillermo
Moreno) sin que se les permita a los privados realizar algún tipo de adecuación
y liquidando año tras año ganancias ficticias. Para el Ejecutivo, a partir de
los datos mensuales de la recaudación que aporta la AFIP, hablar de una
adecuación de semejantes dimensiones resultaría una utopía fiscal, en tiempos
de desequilibrios entre ingresos y gastos de más de 6% del PBI.
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