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Por Julián Marino - Si durante la administración
kirchnerista uno de los planes que alimentó el vademécum económico se
fundamentó en la política aplicada en Corea del Sur (proteccionismo,
industrialización, sustitución de importaciones, restricciones al comercio,
etc.), en la actualidad en Gobierno de Cambiemos parece inspirarse en la
tradición israelí.
Son pocos los paralelismos que Argentina e Israel pueden ofrecer desde su
historia. Sin embargo, en los años 80, ambos países enfrentaban una coyuntura
parecida: alto déficit fiscal, endeudamiento y creciente gasto público. También
tenían alta inflación. Si se lo piensa, los problemas eran parecidos a los que
hoy reviste la economía, excepto por un detalle: en las últimas décadas, y con
la aplicación de un ambicioso plan, Israel ya no sufre esas limitantes.
En el Palacio de Hacienda argento piensan que tienen un conflicto entre la
"estabilización" y el nivel de gasto público, dada la composición del
mismo y la forma en que éste responde a la inflación pasada. Sostienen que se
requiere coordinación entre la política monetaria y fiscal, pero a partir deuna
hipótesis no negociable: dicen que ningún país logró bajar la inflación de
manera sostenida sin eliminar su déficit fiscal estructural.
Ahí es donde entran los casos de Argentina e Israel en los años 80. Entonces,
ambos países lanzaron planes de estabilización inicialmente exitosos, pero sólo
Israel logró su cometido, pues eliminó el déficit fiscal. Argentina no lo hizo
y siguió un camino errático. Israel enfrentaba un grave problema de inflación
en la primera mitad de los 80, donde los aumentos interanuales superaban el
300% para luego pasar a inflaciones del 150%.
Con deuda pública por encima del 160% del PBI y gasto público en 60% del
Producto, Israel echó mano al economista Michael Bruno, que diseñó el
"Plan de Estabilización Económica de 1985", que contó con el respaldo
del Gobierno, el banco central, los empresarios y los sindicatos. ¿El
resultado? Dos años después, el aumento de los precios ya había caído por
debajo del 20% anual.
El Gobierno argentino quisiera a Michael Bruno, pero el economista murió hace
más de 10 años. Sin embargo, le hizo un regalo a la Argentina: la fórmula
aplicada por él es la que copian los ministros argentinos: reducción del gasto
público, freno al aumento continuo de los salarios, fin de la monetización de
deuda pública, reorientación de la política cambiaria, flexibilización laboral.
Entre 2000 y 2015, Israel bajó su presión fiscal del 44% del PBI al 37% (redujo
el Impuesto de Sociedades del 36% al 18% y bajó todos los tramos del Impuesto
sobre la Renta). En la Argentina, y según números del IARAF, la carga
tributaria para 2017 está estimada en un 33% del PBI. Si se crece por debajo
del 4% anual, la carga aumenta; si se crece por encima, disminuye.
Algo similar ha ocurrido con el peso del gasto público sobre el PBI. Hace 15
años, en el 2000, los desembolsos del Estado israelí alcanzaban el 47,5% del
PBI, aunque en 2002 ya habían superado la barrera del 50% del PBI. Sin embargo,
las decisiones de ese Gobierno aplicadas desde entonces para la contención del
gasto han reducido el peso de los presupuestos públicos hasta el 40% del PBI.
Para la Argentina, el gasto público hoy corre por encima de 42% del PBI, pero
viene creciendo fuerte, ya que en 2007, por ejemplo, era de 28,7% y en 2009 del
34%.
La deuda pública israelí también tuvo un camino descendente, ya que pasó de 90%
del PBI (2004) a menos del 65% (2015). En el caso de la Argentina, a fines de
2016 era de 54,2% (sin contar los cupones PBI por hasta u$s13.000 millones).
Con todo, el gran secreto de Israel parece ser que, a la par que reducía su
déficit, puso en valor su sector emprendedor, quitándole trabas, al tiempo que
colocó al consumo en un segundo plano, más como una consecuencia del
crecimiento económico y no como una causa, lo que le permitió administrar la
presión inflacionaria. Desde los años 80 hasta hoy, la tasa media de expansión
de la economía ha sido del 4%, lo que se ha traducido en una espectacular
multiplicación del PBI per cápita real, que pasó de u$s6.000 en 1980 a
u$s37.000 en 2010. La de Argentina ha sido mucho menor.
Con todo, en el Gobierno creen que la clave es lograr un gran pacto donde el
Gobierno, el Banco Central (autárquico), los empresarios y los sindicatos se
pongan de acuerdo. Creen en la Casa Rosada que las próximas elecciones -y un
resultado positivo podrían acelerar los tiempos de ese amplio acuerdo.
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