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Por Marcelo Zlotogwiazda - El blanqueo de capitales que
impulsó el Gobierno y aprobó el Congreso no hubiera tenido tan
buenos resultados en términos de exteriorización sin las condiciones tan
convenientes para quienes tenían sus fondos en negro. Animados por ese
antecedente, el Gobierno prepara para después de las elecciones un nuevo
blanqueo, que en este caso tendrá como objetivo la formalización de
trabajadores no registrados, y que al igual que el blanqueo anterior será muy
generoso con los empresarios.
El borrador del proyecto de ley que está circulando por despachos
oficiales establece como esquema básico que una vez que empleador y trabajador
acuerden la registración, al primero se le condonará toda la deuda acumulada
con la seguridad social, y al segundo el Estado le reconocerá y computará
determinados años de aportes que le servirán para el cálculo futuro de la
jubilación.
En el Ministerio de Trabajo argumentan que ese diseño
beneficia a cada una de los actores involucrados. El empleado obtiene algún
reconocimiento por el pasado y comienza a tener cobertura social y seguro
previsional. El empresario cancela todo el pasivo contingente. El Estado
recauda nuevos aportes patronales y contribuciones personales. Los sindicatos
elevan su afiliación y el cobro de cuotas.
Si bien ese esquema básico ya fue conversado con algunos
dirigentes sindicales y empresarios, en Gobierno están convencidos de que,
cualquiera sea el resultado electoral, cualquier reforma laboral requiere de un
amplio consenso político para no terminar con un fracaso como el de la llamada
"ley Mucci" de reordenamiento sindical que pretendió el primer
alfonsinismo, y para no tener que recurrir a negociaciones espurias como la
llamada "ley Banelco" que impulsó la Alianza. Y al respecto admiten y
prevén que el principal escollo para lograr ese consenso será la generosa
condonación que beneficiará a los empresarios, que será criticada por
excesivamente concesiva y agitará el estigma del Gobierno para ricos.
De todas maneras, la expectativa que tienen sobre los
resultados de ese blanqueo no es desmesurada. "Si logramos formalizar
300.000 personas será un gran logro", dice uno de los funcionarios que
empuja el tema. Ese número equivale a apenas el 5 por ciento de los 6 millones
de personas que están en negro, o a algo más del 10 por ciento del subgrupo de
2,5 millones de personas en negro condición de asalariadas (el grueso en la
construcción, el servicio doméstico y el comercio). El resto son todo tipo de
cuentapropistas, desde el psicólogo que jamás emitió una factura hasta el
cartonero, pasando por el electricista y el plomero a domicilio.
La mencionada invocación al consenso como requisito es
esgrimida otra vez desde el Gobierno para desmentir que estén pergeñando algún
proyecto de flexibilización que apunte a estimular por la vía de la reducción
de costos la escasísima creación de puestos de trabajo asalariados en el sector
privado que genera la economía en los últimos años, que es el otro gran
problema del mercado laboral junto con la informalidad.
El informe oficial difundido anteayer muestra que la cantidad
de trabajadores asalariados registrados en el sector privado en mayo de este
año (6.183.400) es apenas 2,3 por ciento mayor que hace cinco años. Y en lo que
va de la gestión del actual Gobierno esa cantidad disminuyó en 63.126.
Aunque el oficialismo niega que esté pensando en flexibilizar
las relaciones laborales y atribuye las versiones que circulan a la lógica de
la campaña electoral, no son pocos los que sinceramente desconfían. Más aún,
luego de la salvaje reforma laboral sancionada en Brasil, que tiene como uno de
los puntos claves que habilita que haya convenios por empresa menos favorables
que el de su sector, y que para algunos implica una pérdida de competitividad
relativa para la Argentina.
En ámbitos políticos y académicos opositores se están
pertrechando con argumentos para enfrentar una eventual ofensiva desreguladora.
Por ejemplo, está circulando una presentación de Alfred Kleinknecht, profesor
emérito de la Universidad Tecnológica Delft de Holanda que el mes próximo
disertará en Buenos Aires, que compara los resultados en términos de
crecimiento inclusivo y productividad de los modelos que él denomina de mercado
liberal y de mercado coordinado. El primero refiere a las economías de Estados
Unidos, Reino Unido, Canadá, Australia y Nueva Zelanda, donde hay flexibilidad
laboral y escasa protección al trabajador, y el otro a las de los países
europeos continentales y a Japón, con mayor rigidez laboral y alta protección
al trabajador. Su conclusión es que ambos modelos generan similar crecimiento,
pero el liberal flexible tiene menor productividad del factor trabajo, por lo
tanto salarios menores, más empleo y menor innovación productiva.
Si esas fueran las opciones, da la impresión que Macri optaría
por la primera.
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