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Por Javier Blanco -
La obstinada decisión oficial de no imprimir billetes de mayor denominación que
los de $ 100, entre los años 2008 y 2015, para evitar reconocer el elevado y
sostenido nivel que mantenía la inflación, obligó al Banco Central (BCRA) a
afrontar un costo adicional de impresión de billetes estimado en $ 11.200
millones, a precios de hoy.
La cifra fue
revelada la semana pasada por el actual presidente del ente monetario, Federico
Sturzenegger, al disertar en las XII Jornadas Nacionales del Sector Público,
organizadas por el Consejo Profesional de Ciencias Económicas de la Ciudad
Autónoma de Buenos Aires, en las que se refirió a los costos que derrama sobre
el conjunto de la sociedad la ineficiencia en el manejo del Estado.
Los funcionarios
que comandaron el BCRA en aquellos años, a pesar de haberlo sugerido en muchos
casos, chocaron con la férrea negativa del Poder Ejecutivo a emitir billetes de
mayor denominación. Algunos se allanaron y otros debieron dejar sus cargos.
La tozudez llegó a
un punto tal que los billetes de $ 100 llegaron a representar el 93% del dinero
en circulación (esa proporción era del 71% a junio de 2016, cuando salió a la
calle el billete de $ 500, iniciando la nueva familia que se caracteriza por
estar ilustrada con imágenes de la fauna autóctona del país).
En aquellos años se
dieron situaciones que partieron de lo insólito (como la importación de
urgencia desde Brasil, a fines de 2010, usando otro color para la tinta de
seguridad y otro diseño y ubicación para la numeración, y la impresión de
billetes con dos letras de serie, en lugar de una, desde 2013), para dar lugar a
una larga lista de negociados, como la maniobra para comprar y luego estatizar
la empresa Ciccone (ante la incapacidad de la Casa de Moneda para dar abasto
con la producción), por la que en poco más de un mes comenzará a ser juzgado el
ex vicepresidente de la Nación Amado Boudou.
Sturzenegger usó
ese ejemplo como prueba del "despilfarro de recursos" y estimó que
durante 2017 el BCRA se habrá ahorrado $ 2230 millones en gastos de impresión,
dada la inserción que van logrando en el mercado los nuevos billetes de $ 200 y
de $ 500 (que hoy ya representan el 35% de la masa total de dinero circulante)
y la que agregará el de $ 1000 (que tendrá al hornero como figura) con su
próxima aparición, con relación a si se hubiese mantenido sesgada la oferta a
billetes nunca mayores de $ 100, como rigió en los hechos desde 1992 (fecha de
la primera aparición de este billete), y hasta hace 14 meses.
"El problema
es que esa ineficiencia trasladó costos al resto de la sociedad y de la
economía, y no sólo referidos a la incomodidad en el manejo de dinero: los
cajeros automáticos no daban abasto, el transporte de caudales se encarecía sin
límites y las ineficiencias se multiplicaban en todos los sectores",
evocó.
El funcionario ya
había explicado meses atrás que al BCRA le costaba $ 1,50 poner un billete
cualquiera en la calle, sumando el costo de impresión y el logístico de ponerlo
en circulación. Ahora recordó además que emitir un billete de 100 pesos, por
ejemplo, "es 10 veces más barato que emitir 10 billetes de 10", para
justificar la decisión de avanzar hacia denominaciones más adecuadas a los
valores que se manejan en la economía y, a la vez, dar mayor impulso a los
pagos electrónicos para ganar en eficiencia y control, incluso en operaciones
pequeñas. "Se imagina que, con estos costos de impresión, andar emitiendo
billetes de $ 2 no es precisamente muy eficiente que digamos", suele
repetir.
Sturzenegger
calculó que la política de encubrimiento de la inflación, con su derivado de
evitar optimizar la familia de billetes (aun cuando no fuera una política
adrede para emitir más billetes y acrecentar contrataciones), "le implicó
al país un costo adicional de impresión de 640 millones de dólares, unos 11.200
millones de pesos a precios de hoy) entre los años 2008 y 2015". Insistió:
"Eso es no cuidar el mango. Porque son muchas las cosas que podrían
hacerse con esos recursos".
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