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Por Daniel Funes de
Rioja -La Copal ha venido sosteniendo las que dio en llamar "reformas de
segunda generación" para alinear carga tributaria, costo logístico, costos
laborales no salariales, reducción de la burocracia y acceso al crédito,
especialmente para las pymes y las economías regionales.
Las empresas que
componen la industria de alimentos y bebidas (IAB) deben hacer frente a una
carga administrativa abrumadora y encarar exigencias de información al fisco
que son inéditas en el mundo. Éstas se transforman en costos muy difíciles de
afrontar, en especial para las pymes, que no cuentan con grandes estructuras
administrativas para llevar adelante esos trámites, y para las economías
regionales que, además, tienen graves problemas de conectividad y transporte
desde donde están afincadas hacia los organismos correspondientes.
Por otra parte, la
pesada burocracia no sólo implica costos empresariales ocultos que dañan la
competitividad, sino que puede dar lugar a abusos y corruptelas por parte de
organismos oficiales intervinientes, a nivel nacional, provincial o municipal.
Las exigencias son
sumamente variadas y los tiempos para cumplimentarlas, realmente desmedidos. Si
hablamos de inscribir un nuevo producto, el trámite puede tardar entre tres y
nueve meses, según la jurisdicción.
Los documentos
necesarios para el transporte de los alimentos son un capítulo aparte:
transportar alimentos frescos (fiambres, etc.) de CABA al Gran Buenos Aires -un
trayecto de no más de uno o dos kilómetros- requiere de 21 documentos. Esto,
inevitablemente, genera una exclusión para quienes no pueden cumplir con tales
requisitos administrativos; a los que se deben sumar otras tantas normas que
esos documentos imponen.
Necesitamos crear
mecanismos para asegurarnos de que todas las empresas operen en la formalidad,
tal como trabajan las empresas adheridas a Copal, que ofrecen productos inocuos
y saludables.
En especial, la
informalidad fiscal y laboral merecen estar entre los principales temas de
agenda como política de Estado, pues la problemática aludida genera una
dramática situación social respecto de los productos que se fabrican y
comercializan de manera informal, lo que perjudica a todos y produce también
una injusta y falsa competitividad.
Sólo a modo de
ejemplo, se estima que en la industria molinera la venta informal de 750.000
toneladas de harina, en el mercado interno, genera un perjuicio fiscal de al
menos $ 572 millones anuales, considerando IVA, Ganancias, Débitos y Créditos
Bancarios (impuestos nacionales) e Ingresos Brutos (provinciales).
Asimismo, el
salario neto informal es un 35% menor al formal, afectando negativamente a los
trabajadores en aquella condición, que no tendrán sus correspondientes aportes
laborales y que verán disminuida su capacidad de consumo en su conjunto en unos
$ 200 millones anuales. Esto significa, además, una competencia desleal para la
industria, ya que la diferencia por los menores costos derivados de la
informalidad se calcula en $ 400 millones al año.
En tales
condiciones, nuestro sector necesita que a la par que se promuevan esas
reformas efectivas, se generen instrumentos para la eliminación de la
informalidad tanto en los aspectos fiscales y laborales como en las normas de
higiene y sanidad y facilitación de los trámites y registros, con especial
énfasis al respecto en el caso de las pymes y las economías regionales.
En definitiva, si
queremos que la Argentina sea realmente el supermercado del mundo y que se
cumplan las regulaciones y las obligaciones fiscales y laborales, es necesario
que se atiendan estos aspectos para promover la formalidad, la competencia leal
y el respeto a las normativas técnicas vigentes. Sólo así la industria será
eficiente y competitiva porque se encontrará el marco razonable para que todos
cumplan.
El autor es
presidente de la Copal y vicepresidente de la UIA
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