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Por Nicolás Cassese
- En esta megaobra, las estrellas son todas mujeres. Están Beatriz, una máquina
tunelera de 220 metros y alrededor de 15 millones de dólares, y Elisa, la otra
tunelera, de similares características.
Pero la gran
celebridad es Marcela Álvarez, la gerenta de obras del Sistema Riachuelo, una
planta de tratamiento cloacal que tiene un costo de 1200 millones de dólares y
beneficiará a 4,3 millones de personas. Es una de las tres obras más ambiciosas
encaradas por el Poder Ejecutivo, explicó una fuente del Gobierno.
"Semejante
obra y le toca a una mujer tan chiquita; creo que no llego a 1,50 metros de
altura", se ríe Álvarez mientras recorre el predio de 20 hectáreas en Dock
Sud y saluda con un beso a los operarios y empleados con los que se va
cruzando, hombres que, por lo general, son mucho más altos que ella.
El año próximo, en
su pico de actividad, la obra empleará a 1500 personas sólo como mano de obra
directa, a las que hay que sumarles otro tanto de contratistas. Todos estarán
bajo el mando de Álvarez, una ingeniera de 52 años y triple especialidad
(civil, laboral y ambiental) que estudió en la UTN y vive en Villa Urquiza.
Viejas
supersticiones
"Dicen que me
tienen miedo, pero no sé por qué, si soy divina, aunque es cierto que un poco
exigente", aclara. Álvarez entró en AySA, la empresa pública dependiente
del Ministerio del Interior que da servicio de agua potable y está a cargo de
la obra, en 2010, y desde hace tres años dirige el proyecto, el más grande de
todos los que financia el Banco Mundial en América latina, que comprometió 718
millones de dólares en la obra.
"Los trabajos
de saneamiento integral en la zona Matanza-Riachuelo tienen un impacto directo
en la reducción de pobreza y la mejora de la calidad de vida. La experiencia
puede servir como ejemplo para otros países sobre gestión integral de cuencas
en un área socialmente vulnerable", explicó Jesko Hentschel, director del
Banco Mundial para la Argentina, Paraguay y Uruguay.
"Pensá que por
superstición las mujeres no podíamos bajar a los túneles", se sorprende
Álvarez, que va por la obra en jeans, pelo rubio y ojos delineados. La
tradición que vedaba el ingreso de mujeres indicaba, sin embargo, que las
tuneleras, que son inmensas máquinas que construyen túneles por debajo de la
tierra, llevasen nombres de mujeres.
La primera opción
fue la más obvia: le querían poner Marcela, el nombre de pila de Álvarez, pero
ella se opuso. Al final quedaron dos nombres muy simbólicos. Uno es un homenaje
a Elisa Bachofen, la primera mujer que se recibió de ingeniera en la Argentina,
en 1917. El otro es por Beatriz Mendoza, una psicóloga social que, junto a
otros vecinos, presentó la demanda que terminó en el fallo histórico de la
Corte Suprema de Justicia intimando a los gobiernos nacionales y de la ciudad y
la provincia de Buenos Aires a presentar un plan de saneamiento del Riachuelo.
Esta obra es parte de ese plan.
"Marcela es
una profesional de trayectoria. Es una persona que sabe liderar, que sabe de
ingeniería, tiene buena fe profesional y cuenta con toda la confianza de AySA
para estar al frente de una de las obras más grandes que está llevando a cabo
la empresa", consideró Martín Heinrich, director general de la empresa.
Cuando esté listo,
se calcula que en 2021, el Sistema Riachuelo transportará y tratará desechos
cloacales de la ciudad de Buenos Aires y parte del conurbano. En la actualidad,
esos desechos van hasta una planta de tratamiento en Berazategui, que está
colapsada.
Nombres icónicos
La obra incluye
tres partes: una planta de tratamiento, una nueva cloaca de 11 km y un conducto
emisario que irá 12 km por debajo del lecho del Río de la Plata para liberar
allí los efluentes cloacales ya tratados. Para este último trabajo se utilizará
la tunelera Beatriz.
Los beneficios de
la obra son múltiples, e incluyen brindar servicio de cloacas a barrios que
ahora no lo tienen, evitando así que estos desechos terminen en los desagües
pluviales. También contribuirá al saneamiento del Riachuelo ordenado por la
Corte Suprema, ya que se interceptarán los desperdicios que, por fallas en la
red o conexiones clandestinas, llegan al río sin tratamiento.
"En la planta
eliminamos aquello que el río no puede tratar de manera natural", explica
Álvarez mientras recorre el predio de Dock Sud.
A metros de la
costa, y en medio de un paisaje de desolación industrial -la zona está
atravesada por los caños y las chimeneas de las refinerías del Polo
Petroquímico y en el medio sobrevive Villa Inflamable, uno de los asentamientos
más precarios de la ciudad-, la obra es un hervidero de actividad. La recorren
hombres con mamelucos de la Uocra y está poblada de silos de cemento, grúas,
camiones y todo tipo de ruidos.
El epicentro de la
actividad es un inmenso pozo. En su base, 42 metros bajo tierra y al borde de
donde comienza el río, descansa Beatriz, la tunelera que tendrá que excavar el
túnel que irá por debajo del lecho del río para depositar los efluentes
cloacales ya tratados.
Hoy es una especie
de tren cruzado de cables y coronado por una pieza en forma de diamante que
hará la excavación. Pero pronto, calculan que en alrededor de un mes, cuando se
encienda, avanzará unos 20 metros por día hasta completar el túnel, que quedará
revestido de hormigón armado.
"Esto es la
Disneylandia de cualquier ingeniero", se entusiasma Álvarez, que dice que
ya tiene un proyecto para cuando termine la obra del Sistema Riachuelo.
"Voy a escribir mis memorias -se ríe-. Se llamarán: «Lo que la tunelera se
llevó»."
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