Por
José Siaba Serrate - Octubre termina como empezó, lejos, lejísimo de aquel octubre negro de 30
años atrás, cuando el Dow Jones pagaba muy caro la osadía de traspasar el
umbral de los 2 mil puntos. Comenzó como una tromba de récords y continúa así,
voraz y desatado. Electrizante, el mismo Dow se encaramó por encima de los 23
mil. Se diría que el cielo no puede esperar. El S&P 500 trepó el 15% desde
principios de año, y el Dow Jones, el 18%. A caballo de estupendos balances
-los de Amazon, Microsoft y Alphabet- el viernes el Nasdaq 100 escaló el 1,7% y
suma el 27,75% en 2017. Es un frenesí de vértigo, pero nadie desensilla. No
hace falta aclararlo: este año no hubo "Sell in May". Sin embargo,
cuando la maldición opera, su influjo negativo cesa después de Halloween. Es
decir, el viernes último. ¿Piedra libre para todos? ¿Acaso el cielo es el
límite? No. Para el mundillo que invierte en el nicho de los bitcoin y las
criptomonedas, una galaxia pequeña pero en tremenda expansión, la frontera es
la estratósfera. Para el negocio establecido, el que atiende en Wall Street, lo
es el destino de la reforma tributaria. Hay que aceptarlo: la baja de impuestos
es el sueño del pibe, y asoma al alcance de la mano, a fin de año o a comienzos
del próximo. Para los bonos, en cambio, el infierno ya empezó. Extrañamente,
porque su peso en los portafolios no permite ignorarlos, no se oyen sus
lamentos.
Burbujea, y el manual lo dice clarito: en la cresta de una avalancha de
récords, y con todos los signos de un creciente estado febril, se aconseja dar
las gracias y tomar ganancias. Nadie se fundió por levantarse de la mesa
temprano, con la presa bien segura en el bolsillo aunque quedasen otras
volando, susceptibles todavía de ser atrapadas. Es error de novato cebarse y
permanecer hasta el final soñado persiguiéndolas a todas con la red de cazar
mariposas (para terminar, las más de las veces, como el cazador cazado). Sin
embargo, más de un mánager profesional quedó sin trabajo por retirarse antes de
tiempo, y perder el tren en la carrera contra su benchmark, o índice de
referencia. Allí entonces conviene bucear. ¿Qué hacen los administradores
activos de portafolios en los EE.UU.? Escribimos a comienzos de octubre que el
más pesimista (de los que participan en una encuesta semanal regular) cerró
septiembre 90% invertido en acciones. Y el promedio arrojaba una cifra de 96%.
¿Qué cambió? Los profesionales achicaron su posicionamiento extremo, semana
tras semana, a contramano del boom de las cotizaciones. El más negativo hoy
está 100% vendido en corto. No obstante, el promedio permanece el 71% largo en
Bolsa, un nivel altísimo. Son gente del oficio, no desconocen el manual y han
sido escaldados por más de una mala experiencia, pero su olfato -y las reglas
particulares de su juego- los mantienen con las posturas de riesgo sobre el
paño. Sufrirán la piña si viene.
La buena noticia es que los fundamentos mejoran. La economía pisa firme. En el
tercer trimestre creció el 3%, a pesar de los sucesivos huracanes (María,
Harvey, Irma y si se quiere, Trump), y rebasó todos los pronósticos. Van dos trimestres
consecutivos a un ritmo que supera el 3%, lo que no ocurría desde 2014. Y las
tareas de reconstrucción prometen un dinamismo sostenido en lo que resta del
año. Los balances empresarios, sin brillar, suman y no restan. Cuando aportan
números soberbios, la recompensa es rutilante (que lo diga Jeff Bezos, el
fundador de Amazon, convertido gracias a la vorágine del viernes en el hombre
más rico del planeta). Si decepcionan -como GE-, se pasa la valuación a
degüello, en el acto. La mala noticia es que los precios suben más deprisa aún
que los fundamentos. Hay valor, sí. Pero la espuma es lo que más crece. Si
Trump tiene éxito en avanzar la rebaja de impuestos por el Congreso, parte de
la espuma se convertirá en metálico; son dólares contantes y sonantes que las
compañías ya están ganando (y se los lleva el fisco). Ni el presidente ni el
partido republicano -visiblemente unidos por el espanto como lo demostró el
pasaje del presupuesto- pueden fracasar en esta materia crítica sin arruinarse.
De ahí la firmísima convicción de Wall Street. Ya se restablecerá después la
vigencia de la ley de la gravedad y tiempos más normales.
|