|
Por Guillermo Oliveto - En nuestro país el pesimismo fluye mucho mejor
que el optimismo. La cultura popular ha sabido expresarlo reiteradas veces.
Juan Carlos Calabró supo crear un entrañable personaje que lo sintetizaba a la
perfección: "el contra". Un pesimista crónico que todo lo negaba.
Basta repasar la historia para comprender las razones. Una y otra vez ante el
comienzo de un nuevo ciclo político y económico la sociedad confió y creyó,
para finalmente terminar decepcionada.
Los números no hacen otra cosa que darles crédito a los escépticos. A
comienzos del siglo XX llegamos a estar entre las diez principales potencias
del mundo. Hoy ocupamos el puesto 21° en PBI y mucho más bajo en múltiples
variables que hacen a la calidad de vida. Hace muchos años que estamos
estancados en el estándar de los países de ingresos medios - entre los 10.000 y
los 15.000 dólares de PBI per cápita- y tenemos una inequidad propia de
sociedades fragmentadas (un coeficiente de Gini que oscila entre 0,40 y 0,45
puntos). A mediados de los años 70, la clase media representaba más del 70% de
la población, hoy es el 45%. En 1980 teníamos pleno empleo y la pobreza no
llegaba al 10%. Hoy el desempleo es del 8,7% y la pobreza llega al 28,6%.
Tenemos el mismo mercado de consumo masivo que en 2010, y si lo medimos per
cápita, igual que el de 1998.
Sin embargo, aun contrariando todas las evidencias del pasado, vale la
pena desafiar al futuro y hacerse la pregunta: ¿qué pasaría si esta vez saliera
bien? Peter Drucker, considerado padre intelectual del management, afirmaba
que "la cultura se come a la estrategia en el desayuno". No hay
estrategia que se pueda llevar a cabo si no se la apropian quienes la tienen
que ejecutar. En el deporte, los jugadores. En una empresa, los equipos de
trabajo. En un país, la gente. Por lo tanto, es clave saber si los ciudadanos
creen en esta posibilidad de éxito.
Sobre la base del relevamiento de Contexto y Clima Social que realizamos
en Consultora W, podemos afirmar que hoy los argentinos sí creen. El 70% opina
que nuestro país tiene una buena oportunidad de desarrollo de aquí a 2030. El
76% quiere que al Gobierno le vaya bien. Y frente al anuncio del presidente
Macri luego del resultado positivo de las elecciones PASO del 13 de agosto,
diciendo que comenzaba un período de crecimiento sostenido de 20 años, el 11%
opina que es muy probable que suceda y el 59% piensa que si se hacen las cosas
bien hay chances de lograrlo. Lo que los americanos llaman el good
willing, que se traduce como buena voluntad, está. Que estén las ganas de
que suceda es fundamental para que los esfuerzos y las energías individuales y
colectivas se orienten en ese sentido.
Los mercados coinciden con lo que piensa la gente. De acuerdo con los
datos de Latinfocus Consensus Forecast, que aglutina las proyecciones de analistas
económicos, bancos y fondos de inversión, se prevé que la Argentina crezca a
tasas promedio del 3% anual de aquí a 2022, con una inflación que se reduzca
del 23% actual al 5,4% al final del período y un PBI per cápita anual que pase
de los 14.000 dólares actuales a los 17.500 en aquel año. El desempleo sería la
variable más desafiante, reduciéndose sólo un punto en los próximos 5 años. El
"círculo rojo" también tiene una visión optimista sobre el futuro. El
70% de 200 referentes del país lo acaban de confirmar en una reciente encuesta
de Poliarquía que publicó LA NACION.
Un mundo incierto
No soy ingenuo. Vivimos en un mundo VUCA (volátil, incierto, complejo y
ambiguo, la sigla corresponde al idioma inglés). Son muchos los que piensan que
en ese entorno es un sinsentido pensar el futuro. Y en la Argentina,
directamente un delirio. Siempre habrá "cisnes negros" globales o
locales que lo demuestren. Desafíos sobran.
Desde el déficit fiscal y el nivel de endeudamiento, reiteradamente
señalado por muchos analistas, hasta múltiples conflictividades latentes
sociales, políticas y económicas. Creo que, justamente por eso, hay que prever
los escenarios posibles y planificar más que nunca. Una planificación flexible
y siempre sujeta a revisión, pero que defina el rumbo. Sin plan es mucho más
difícil.
La política parecería haberse alineado en el mismo sentido. La oposición
acordó con el oficialismo enviar al Congreso reformas graduales que se
terminarían de ejecutar en 2023. De manera casi inédita, el país logra pensarse
a cinco años o más.
Si extendemos la proyección de un ciclo expansivo hasta 2025, no ya a la
China -como sucedió en los primeros años del kirchnerismo-, pero sí a la
chilena (3% anual), nuestra economía podría crecer un 32% acumulado. Ese
crecimiento, de acuerdo con los planes presentados y en ejecución, vendría
acompañado de una revolución de la infraestructura -cloacas, agua potable,
asfalto, viviendas, urbanización de barrios vulnerables, trenes, rutas,
aviones, aeropuertos, energías renovables, shale gas y shale
oil-, un upgrade tecnológico -celulares, Internet,
computadoras, software-, desburocratización del comercio e impulso
al desarrollo empresario, tanto para el mercado interno como para las
exportaciones.
En caso de verificarse esa hipótesis, podría darse un proceso de
movilidad ascendente, no exponencial, pero sí relevante. El Gobierno se ha
puesto dos objetivos centrales como parámetros de su gestión: bajar la pobreza
y crear empleo de calidad. Ambos compatibles con un sendero de progresiva
mejora social que explica, junto con las condiciones de gobernabilidad y la
fragilidad de millones de argentinos, los motivos del gradualismo.
La clase media, que a pesar de haber caído tanto continúa siendo en
términos relativos de las más importantes de la región, podría pasar del 45%
actual al 53%. No parece mucho. Sin embargo, son casi cinco millones más de
habitantes con alto potencial de consumo. Algo que naturalmente les interesa a
muchos inversores que han vuelto a poner al país en su mapa. La Argentina es,
por tamaño de su población, su historia, su economía y su mercado de consumo,
el tercer país de la región. En 2014 se ubicó, según la Cepal, en el sexto
lugar para atraer inversiones, detrás no sólo de Brasil y México, sino también
de Chile, Colombia y Perú. Con sólo regresar a su lugar natural, la llegada de
fondos destinados a la economía real se vería facilitada.
En el mercado de consumo masivo no se repetiría ninguna fiesta, pero sí
habría tocado piso este año y podría ampliarse entre un 10 y un 15%, tomando un
parámetro conservador de 0,3 a 0,5 puntos de crecimiento por cada punto del PBI
(en el período anterior esa correlación fue de 1 a 1). El merado de bienes
durables, y algunos servicios como el turismo y el sector financiero, tienen
todo dado para romper sus récords históricos, impulsados tanto por el acceso al
crédito como por la ampliación y facilitación de la oferta.
Borges, para quien el éxito y el fracaso no eran más que dos impostores,
decía que "nada está construido en la piedra. Todo está construido en la
arena. Pero debemos construirlo como si la arena fuese piedra". Quizás
esta vez valga la pena creer. La oportunidad, si sale bien, luce atractiva.
(*) El autor es especialista en sociedad y consumo y presidente de
Consultora W
|