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Martín
Burbridge-"Diez años después del inicio de la Gran Recesión, una sensación
de bienestar generalizado comenzará a percibirse en la economía mundial. Para
muchos, podría parecer que 2018 es solo el comienzo de la recuperación real,
pero de hecho podría estar llegando al final: la economía mundial tiende a caer
en una misma recesión cada ocho o diez años, y la última finalizó en 2009.
¿Cuál
sería la causa más probable de la próxima caída? Que los bancos centrales
ajusten demasiado rápido y fuerte sus políticas monetarias". El
tradicional informe anual de la revista The Economist ("The World in
2018"), presenta este panorama resumido para el capítulo financiero, y se
hace eco de una preocupación general en los mercados de todo el mundo: ¿qué va
a pasar cuando se termine el efecto del dinero barato, que impulsó la
recuperación en buena parte de las economías desarrolladas?
La
pregunta no es ociosa, porque 2018 podría ser el punto de inflexión para los
mercados financieros internacionales. Todos los inversores saben que una era de
tasas súper bajas está llegando a su fin, pero el tema es en qué momento saltar
del tren sin quedar atrapado en su ciclo descendente. ¿Sería conveniente
deshacer posiciones durante el primer trimestre, o esperar a que pase la mitad
del año? A imagen de la fenomenal suba que tuvo el bitcoin durante casi todo el
año pasado, nadie se quiere perder el rally alcista de la renta variable (Wall
Street cerró el año 2017 con una suba superior al 24%, casi un milagro para un
mercado desarrollado). Pero también existe el reverso de esta moneda, que
indica que, con las expectativas actuales, una corrida financiera podría generar
grandes pérdidas en muy poco tiempo.
Por
lo pronto, queda claro que el índice VIX, que mide la volatilidad en los
mercados y que hoy se encuentra en su nivel más bajo desde 1990, tiene un
camino por recorrer durante el año que se inicia, y no precisamente en
dirección descendente. Y esto por más que la recientemente aprobada reforma
impositiva de EE.UU. se convierta en un shot de hormonas para el valor de las
acciones. Nadie duda que en 2018 crecerá la volatilidad, de la mano de una
mayor política monetaria contractiva por parte de los principales bancos
centrales.
En
ese sentido, el primero en dar la campanada de largada fue la Reserva Federal,
cuando hace tres años atrás anunció el fin de su programa de recompra de
activos ("Quantitative Easing", o QE), creado para evitar el colapso
del sistema financiero tras el estallido de la crisis subprime. Y al mismo
tiempo, empezó a realizar subas graduales de su tasa de interés de referencia
(la primera fue a fines de 2015, con un techo del 0,5%, mientras que la última
se dio en diciembre pasado, llevándola a un tope del 1,5%). Incluso en la
última reunión del Comité de Política Monetaria de la Fed se deslizó la
posibilidad de que durante 2018 se den tres subas más, algo que los analistas
ponen en duda, ya que va a depender mucho respecto de cómo evolucione la
inflación.
Por
el lado del Banco Central Europeo (BCE), la música que hoy suena entre sus
funcionarios es más o menos la misma: 2018 marcará el fin del programa de
recompra de activos (para los especialistas, este final será gradual durante
todo el año, hasta llegar a su cierre definitivo en diciembre próximo), sumado
a una suba progresiva de su tasa de referencia.
¿Cuál
es la consecuencia directa de esta coordinación de políticas monetarias? Que
los inversores empiecen a mirar el futuro cercano con mayor prudencia,
conscientes de que el final de la fiesta puede estar a la vuelta de la esquina.
Justamente, una encuesta realizada entre grandes inversores por el Bank of
America Merrill Lynch dio como resultado que el 83% de los consultados estimaba
que los mercados de deuda estaban sobrevaluados. Un nivel de consenso
excesivamente alto como para no tenerlo en cuenta.
Tanto
para los mercados de bonos como los de obligaciones negociables (ON), el cambio
de era llega inexorablemente, después de 35 años de bonanza. Porque ya no
podrán contar como hasta ahora con el impulso de las políticas monetarias
acomodaticias, a través de los enormes programas de recompra de títulos. La
renta fija sea probablemente la mayor perjudicada a partir de 2018.
En
ese sentido, Albert Edwards, analista del banco Société Générale, considera que
la deuda corporativa estadounidense es una verdadera bomba de tiempo a punto de
estallar en caso de que las tasas de interés sigan subiendo. ¿Cómo se llegó a
esta situación? A causa de los sucesivos programas de QE, que impulsaron los
precios de las ON hasta niveles estratosféricos. Edwards, como el equipo de The
Economist, es uno de los muchos especialistas que advierten del riesgo de que
la política monetaria contractiva se exceda con la dosis correcta y termine
convirtiéndose en un remedio peor que la enfermedad.
Vuelve
la inflación
Este
panorama podría complicarse un poco más si la tasa de inflación regresara con
fuerza al mundo desarrollado. Para los analistas de JP Morgan, "Debería
retomar una tendencia al alza durante 2018, pero sin gran impacto en la tasa de
los Bonos del Tesoro, siempre que no haya sorpresas". Justamente, estas
sorpresas podrían llegar por el lado del recalentamiento económico, lo que
obligaría a todos a acelerar las subas de tasas. De acuerdo con el gurú
financiero Bill Gross, este escenario sería nefasto para la renta fija:
"Sería el principio de un largo período de baja para los mercados de
deuda". Un contexto dentro del cual ningún activo financiero permanecería
inmune. En definitiva, un verdadero cambio de era.
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