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| Metas de inflación: la crónica de una muerte anunciada |
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20/02 - 08:40 Ambito Financiero |
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Por
Aldo Abram - Luego del "recalibrado" de las metas, pasando de un
techo de 12% para 2018 a un objetivo de 15% que se acercaba al consenso
proyectado por los analistas, éstos automáticamente elevaron sus estimaciones un
par de puntos porcentuales entendiendo que significaba una señal de mayor
relajamiento monetario. En el segundo semestre del año pasado, el Banco Central
había desacelerado el ritmo de emisión a un 27%, comparado con el mismo período
de 2016, contra un excesivo 37% del primer semestre de 2017, ante la realidad
de una inflación más alta de lo esperado.
En enero, el BCRA les dio la razón a las expectativas del mercado y aumentó el
ritmo de emisión para bajar la tasa de interés. Esta decisión coincidió con una
merma de la demanda real de pesos, que arrancó a mediados de diciembre con los
hechos de violencia y dificultades que enfrentó la sanción de los proyectos
oficiales de reforma, y la desconfianza que despertó el recalibrado de las
metas de inflación. Si cae la preferencia por tener moneda nacional, también lo
hace su valor y, si encima el BCRA aumenta su "producción", la merma
se potencia. Así que rondó una baja de 20% hasta finales de enero, enterrando
las metas recalibradas.
Gravedad
El alza del tipo de cambio de febrero fue de otra naturaleza. Las turbulencias
internacionales motivaron un posicionamiento en dólares y un alza de su valor a
nivel mundial. Por supuesto, esto repercutió en el mercado local; pero no tenía
la gravedad de generar inflación, ya que el peso no estaba perdiendo valor.
Sólo implicaba que los bienes, cuyo valor depende del tipo de cambio,
aumentarán más rápido y los servicios privados, debido a la menor demanda que
implicará tener que gastar más en los primeros, más despacio. De todas formas,
desde el 8 de febrero la historia cambió y tanto el dólar como nuestra moneda
empezaron a bajar y marchan en busca de sus mínimos anteriores. Por lo tanto,
tal cual van las cosas, en el primer cuatrimestre la suba de precios domésticos
habrá superado la mitad del alza "recalibrada" para todo el año, y el
anualizado de este primer semestre tendría un piso de alrededor de 24%. El BCRA
podría argumentar que la depreciación del peso de diciembre-enero no impactará
en la inflación. Este argumento fue el mismo que usó para quitarle relevancia a
la minicorrida de mayo-agosto de 2017. El resultado fue una inflación acumulada
en el segundo semestre de 2017 de más de 24%, contra una de 18,5% del mismo
período de 2016. O sea, la suba de precios no disminuyó, sino que creció el año
pasado. Esto lo anticipamos cuando le requeríamos al BCRA que saliera a
defender el valor del peso que se despeñaba, generando más temor entre sus
tenedores y reduciendo aún más su demanda y precio. La realidad demostró que el
achicamiento de la unidad de medida que usamos para valuar todo en nuestra
economía se refleja rápidamente en el mercado cambiario, por su liquidez, pero
poco después ese mismo metro más chico es el que se usa para valuar los bienes
en las góndolas y, con algo más de paciencia, los servicios, por lo que
aumentarán. Ante lo evidente, los funcionarios se escudan en la inflación
Núcleo, que tampoco anda muy bien, pero va mejor que la total. Es a la que se
le quitan los precios regulados por el Estado. Sin embargo, no debería
sorprender que sea más baja. El ingreso de la gente es finito. O sea, cuando
las tarifas de servicios públicos se incrementan, gastamos más en ellos y por
ende podemos erogar menos en todo el resto de las cosas. Como el precio de los
bienes depende del valor del dólar y de su precio afuera (porque se pueden importar
o exportar), el ajuste lo hacemos en los servicios privados, que pueden
aumentar sus precios mucho menos que la inflación; para que no se caiga aún más
su demanda. Esta misma explicación sirve para demostrar que el aumento de la
variación del IPC por la suba de tarifas de servicios públicos sólo impacta en
el indicador del mes en que se produce. Luego, la gente tiene que reducir otros
gastos y el menor incremento de estos últimos determinará que en pocos meses se
tienda a la inflación que determina el BCRA con su emisión o dejando que una
caída de la demanda de pesos lo deprecie.
En definitiva, si partimos del 18,5% anualizado de la inflación del segundo
semestre de 2016, no era para nada imposible cumplir con la meta de 17% o menos
en 2017. Si no se lo hizo fue porque el BCRA priorizó emitir pesos para
financiar al Gobierno, bajar la tasa de interés y aumentar el crédito interno
que se chupa casi todo el Estado, sostener el tipo de cambio que baja por el
alto endeudamiento del sector público en el exterior y acumular reservas, que
luego no usa para defender el valor de su propia moneda. Por eso, las metas de
inflación no existen ni se van a cumplir. Sólo es esperable que, dadas sus
otras prioridades, el BCRA trate de ir bajando lo posible la inflación, a costa
de seguir perdiendo credibilidad, que es el principal capital de un banco
central y que ya le queda poca.
(*) Fundación Libertad y Progreso.
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