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Por Martín Burdbridge - El economista José Luis Espert suele decir que
"en Economía se puede hacer cualquier cosa, lo que no se puede es evitar
las consecuencias". ¿Podrá evitarlas el presidente estadounidense Donald
Trump, tras tomar una de sus medidas más impopulares a nivel global de los
últimos meses, como ser la suba de los aranceles a las importaciones de acero y
aluminio?
Ya hay analistas que advierten del riesgo de que esta decisión no desate
únicamente una guerra comercial, sino que el fuego llegue incluso hasta el
sector financiero, a través de un encarecimiento en el costo de la deuda
soberana de EE.UU.
Queda claro que, con el poder que le confiere ser el presidente de la
primera potencia económica mundial, Trump tiene un margen de acción bastante
amplio, y sobre todo si la medida puede ser aplicada a través de una orden
ejecutiva (decreto), sin tener que negociarla con el Congreso. Así que la
promesa de campaña de proteger a las empresas nacionales con más
proteccionismo, como vía para recuperar la grandeza industrial perdida, ya
empezó a hacerse efectiva. El problema es el "efecto Caja de Pandora"
que esta decisión genera.
Porque más allá del riesgo de que se desate una guerra comercial que
termine perjudicando al crecimiento económico mundial, ahora los expertos
también están observando que el gobierno estadounidense podría tener mayores
dificultades para financiarse en los próximos meses.
Con un déficit fiscal que supera los u$s 729.000 millones y que crece a
razón de u$s 150.000 por minuto, hace rato que la deuda pública (casi u$s 21
billones) se parece a un barco a la deriva del que nadie puede sujetar el
timón. En ese sentido, vale la pena hacer la experiencia de ver cómo se
incrementan la deuda y el déficit en tiempo real, gracias al "Reloj de la
Deuda Pública" (www.usdebtclock.org).
El problema con la deuda estadounidense es que el Congreso fija un
límite de endeudamiento público (conocido como "techo de la deuda"),
que si se alcanza y no se logra ampliar (porque los legisladores no aprueban su
extensión), implica un ajuste inmediato en el gasto del gobierno, que obliga a
cerrar las oficinas públicas menos importantes por falta de fondos.
Desde hace siete años que cada tanto se viene dando esta situación, pero
nunca tan grave como la crisis que se vivió en 2011, cuando el gobierno de
Barack Obama y el Congreso discutieron durante varios días sobre el incremento
de este techo. Finalmente, los congresistas aprobaron el aumento del
endeudamiento, pero la incertidumbre provocó que la calificadora Standard &
Poors rebajara por primera vez en la historia la máxima nota otorgada a los
Bonos del Tesoro, que hasta ese momento habían sido libres de riesgo.
Un boomerang
financiero
Visto desde este punto de vista, la fortaleza económica de EE.UU. se
asienta sobre unos pies de barro tan débiles como esta significativa
restricción para financiar el déficit. Y eso es algo que saben tanto China como
Japón, los mayores tenedores de deuda soberana estadounidense del mundo, ahora
que se sienten perjudicados por el creciente proteccionismo de Trump.
Además, tras la reforma impositiva de fines de 2017, que se estima que
va a costar unos u$s 1,5 billones extra, y la suba del techo de la deuda en u$s
300.000 millones votada por el Congreso recientemente, la necesidad de
financiamiento va a ser aún mayor.
Un estudio de la compañía financiera BMO Capital Markets lo ubica en u$s
1,27 billones anuales para los próximos cinco años, es decir casi el doble que
el nivel medio requerido entre 2012 y 2017.
La pregunta del billón es quién se va a hacer cargo de comprar los
nuevos títulos de deuda que emita el gobierno de Trump para financiar el mayor
déficit fiscal. Si en la última década fue la Reserva Federal la que se
convirtió en bombero adquiriendo masivamente Bonos del Tesoro para sostener la
actividad económica tras la crisis subprime, hoy se encuentra en el ciclo
contrario, es decir disminuyendo su cartera de títulos públicos (se comprometió
a reducirla en u$s 496.000 millones durante los próximos dos años).
Los grandes bancos, que en el pasado también han sido activos
compradores de Treasuries, hoy tampoco están tan necesitados de adquirirlos:
las modificaciones que se prevén en las regulaciones bancarias ampliarían el
abanico de activos líquidos de alta calidad que pueden comprar, lo que le quita
atractivo a los Bonos del Tesoro.
Quedan los inversores extranjeros para captar la deuda que EE.UU. emita
en los próximos meses. Con más del 38% del stock (el mayor acreedor), el resto
del mundo empieza a mirar con menos indulgencia las medidas que toma Trump y
que lo afecta. En la primera fila se encuentran China y Japón, pero también
otros países que podrían utilizar el arma financiera para tomar represalias o
para presionar y conseguir un trato preferencial.
"La perspectiva de una guerra comercial mundial tal vez encendió la
chispa de una diversificación en las reservas de cambio, con los principales
socios comerciales de EE.UU. saliendo de la deuda estadounidense a un ritmo más
rápido que el previsto", sostuvo un informe del banco ING.
Que nadie se sorprenda entonces si los países exportadores de acero y
aluminio boicotean las próximas emisiones de Bonos del Tesoro. Además, un dólar
más débil hace que automáticamente la deuda estadounidense se vuelva menos
atractiva. Tarde o temprano, Trump deberá afrontar las consecuencias de sus
actos.
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