Por Juan J. Llach El Mercosur está estancado y sin perspectivas ciertas, pero en ese escenario, con un tipo de cambio que se ha ido diferenciando, la Argentina tiene más para perder. Es urgente dar más empuje al comercio exterior Como quien no quiere la cosa, los tipos de cambio nominales de la Argentina y Brasil respecto del dólar se han ido distanciando y el peso está ya más de un 15% por debajo del real. Es curioso que a pesar de esto haya aflorado nuevamente, por enésima vez, el conflicto entre los dos mayores socios del Mercosur. Sus ingredientes son ahora más variados, e incluyen la aspiración de Brasil de ser miembro permanente del Consejo de Seguridad de la ONU y otras actitudes solitarias de su política exterior. Es un hecho que Brasil busca afirmarse aún más explícitamente como líder de Sudamérica y proyectarse así como futura potencia mundial. La Argentina debe aceptar esta realidad y negociar desde allí eventuales contraprestaciones.
Más modestamente, nos encontramos con la realidad de un Mercosur que continúa estancado y sin perspectivas ciertas. A pesar de cierta recuperación en los últimos años, el comercio entre Argentina y Brasil en 2005 alcanzará a 13.500 millones de dólares, por debajo del de récord de u$s 15.000 millones de 1997. Lamentablemente, la principal causa de esta decadencia se encuentra en la caída de las exportaciones argentinas, que este año llegarán a unos u$s 5.500 millones, un 35% por debajo del récord de 1997. Curiosamente, las exportaciones de Brasil se ubicarán este año sólo un 20% por encima de su récord de 1998.
El saldo comercial positivo para Argentina de u$s 1.217 millones en 1997 será este año deficitario en 2.800 Mu$s y dos tercios de esta reversión de 4.000 Mu$s se explican por la caída de las exportaciones argentinas. Otra realidad a tener muy en cuenta es que la Argentina es un cliente cada vez menos importante para Brasil, al que compra sólo el 8% de sus ventas, mientras que Brasil le compra a la Argentina el 23% de sus exportaciones.
Muchos pensaron que estas tendencias se corregirían con la devaluación argentina, pero el cuadro adjunto muestra que no ha sido así. Aunque era esperable una caída del comercio recíproco por la devaluación de Brasil en 1999 y la crisis argentina, lo llamativo es que desde 2002 aquella se origina en una caída de nuestras exportaciones. No puede dudarse que, como consecuencia del inexplicable abandono del desarrollo institucional del Mercosur, subsisten asimetrías inaceptables en una unión aduanera, muchas originadas en Brasil, y con impactos negativos en diversos sectores productivos de la Argentina.
Estos serán objeto principal del encuentro presidencial, ministerial y empresarial que se inicia hoy en Brasil y han sido muy bien analizados por el Ieral en su último informe de coyuntura. Más allá de lo sectorial hay dos asimetrías generales y de gran peso, que son los opacos incentivos fiscales otorgados por Brasil a diestra y siniestra –y que la Argentina está imitando aceleradamente– y los abundantes créditos subsidiados del Bndes.
En un trabajo que realizamos en 2002 con Darío Braun para la Cámara de Exportadores mostramos la necesidad de contar con un banco mixto especializado en el comercio exterior, que ahora parece despuntar.
No obstante la importancia de los puntos anteriores, la Argentina debería concentrarse en analizar a fondo las raíces de su morosidad exportadora, a pesar de la fuerte devaluación, y a actuar en consecuencia. Parte de ella se resolverá sola, porque el despegue exportador siempre es lento. En Brasil demoró cuatro años y los datos argentinos del 2005 son alentadores al respecto. Sería un error, sin embargo, sentarse a esperar.
Como lo muestra también el caso de Brasil, una revaluación adicional del peso luce inevitable. La política actual de cambio nominal fijo acaba de recibir la bendición nada menos que de Robert Mundell, con quien coincido en tanto la inflación se mantenga en un dígito anual. La devaluación argentina fue muy mal hecha y tuvo grandes costos. Pero ya son muchos los precios que se han ajustado a ella y, aunque en definitiva se llegará al mismo tipo de cambio real, una trayectoria de revaluación nominal hoy resultaría más contractiva.
El alto precio ya pagado por nuestro país debería ser ciudadosamente invertido desplegando una agenda de competitividad sistémica hasta ahora muy limitada. Se trata de llegar cuanto antes a ser un país normal, como gusta decir al Gobierno, en el sistema impositivo, en el sistema de aranceles, reintegros y retenciones a las exportaciones, en la financiación del comercio exterior y en la promoción comercial externa. Cuanto antes, mejor, porque hay que dar señales claras y urgentes a la inversión, motor último de la capacidad exportadora. |