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El Brexit continúa
creando sorpresas. Ahora, la cuestión de una unión aduanera con la Unión
Europea (UE) se colocó en el centro de la escena. Sin embargo, esta cuestión
que suena técnica apenas fue mencionada en el referéndum por el Brexit y pocos
votantes o incluso parlamentarios entienden realmente de qué se trata. El
concepto es antiguo. El Zollverein, que abolió los aranceles entre los estados
alemanes en la década de 1830, es un ejemplo famoso. La unión aduanera de la UE
data de sus inicios en 1956, aunque no se completó hasta 1968. Como un área de
libre comercio, una unión aduanera elimina aranceles y cuotas internas, pero
agrega aranceles externos comunes. Por definición, dejar la UE significa salir
de su unión aduanera. Pero no impide formar una nueva unión aduanera con la UE,
como lo han hecho Andorra, Mónaco y a mayor escala Turquía.
Al eliminar aranceles y cuotas la unión aduanera facilita el comercio.
La unión aduanera de la UE es esencial para cadenas de provisión en todo
Europa, con autopartes y repollos cruzando fronteras libremente de aquí para
allá. A diferencia de un área de libre comercio, no hay costosas reglas
respecto del origen de los productos a determinar el origen de las mercaderías.
Pero una unión aduanera tiene sus aspectos negativos. Como descubrió Turquía,
ser parte de la misma imposibilita hacer acuerdos de libre comercio de
productos con otros países. Pero, significa que los acuerdos que la UE hace
automáticamente abren el mercado turco sin dar a Turquía derechos recíprocos
(las importaciones baratas de México, por ejemplo, pueden entrar a Turquía
aunque no tiene ningún acuerdo de libre comercio con México). La unión aduanera
de Turquía es parcial, excluyendo productos agropecuarios y no cubre servicios.
Hay prolongados controles en la frontera turca con la UE.
Hace un mes, Corbyn trató de encontrarles la vuelta a estos problemas
exigiendo no solo una unión aduanera general sino también el derecho de hacer
acuerdos comerciales y tener voz en las futuras negociaciones de libre comercio
de la UE. Es improbable que Bruselas acuerde esto formalmente; y la Corte de
Justicia Europea se negaría a permitirlo. Pero Gran Bretaña, con más peso que
Turquía, podría asegurarse un derecho informal de consulta en cuanto a acuerdos
comerciales de la UE.
El gobierno sigue descartando cualquier unión aduanera. El 27 de febrero
Liam Fox, el secretario de Comercio Exterior, sostuvo que la mera noción de
ellos significa "vender" los intereses de Gran Bretaña. Pero una
unión aduanera que solo cubriera bienes permitiría acuerdos de libre comercio
en servicios, lo que Fox promueve enérgicamente. Y los beneficios de posibles
acuerdos futuros son más pequeños y más distantes que las pérdidas inmediatas
por abandonar la UE y sus acuerdos de libre comercio con terceros países. Este
argumento lo esgrimió el exsecretario de Fox, sir Martin Donelly, que asemejó
la posición de su antiguo jefe a rechazar una comida de tres platos ahora en
favor de un paquete de papas fritas después. El Tesoro también teme que los
beneficios futuros son demasiado remotos como para compensar las pérdidas del
presente. Lo mismo piensa la Confederación de la Industria Británica, que quiere
"una unión aduanera por ahora", es decir hasta que se materialicen
acuerdos futuros. Otro lobby empresario, el Instituto de Directores, sugiere
una unión aduanera que excluya la mayoría de los productos agropecuarios
procesados y los servicios para que estos puedan estar en acuerdos de libre
comercio.
El asunto aduanero viene unido a otro dolor de cabeza del Brexit: evitar
una frontera dura con Irlanda. La Comisión Europea difundió un texto legal del
acuerdo de retiro del artículo 50 cuyos principios acordó con Gran Bretaña en
diciembre. El escrito define la opción para evitar una frontera, que
consistiría en mantener a Irlanda del Norte en una unión aduanera y plenamente
alineada con las reglas del mercado único. Esto implica que podría haber una
frontera en el Mar de Irlanda, idea rechazada por los Demócratas Unionistas,
que apuntalan al gobierno de Theresa May. Si no puede haber frontera en tierra
o en el mar, aún se le podría imponer a la primer ministra una unión aduanera.
Gran Bretaña subestima el daño a Irlanda del Norte
El campo de batalla más sangriento de Gran Bretaña en el último medio
siglo no fue en Medio Oriente, los Balcanes o el Atlántico Sur. Fue en casa.
Mil soldados británicos y policías fueron asesinados en Irlanda del Norte
durante tres décadas, el doble del número de muertos en Irak y Afganistán
juntos. El número de muertos civiles también fue el doble.
Hace veinte años ese conflicto terminó con el Acuerdo del Viernes Santo,
también llamado Acuerdo de Belfast. A medida que Gran Bretaña e Irlanda
suavizaban cada vez más su reclamo por la provincia, protestantes y católicos
acordaron compartir el poder en Stormont. La pregunta centenaria de a quién
pertenecía Irlanda del Norte fue cuidadosamente enterrada para que las
generaciones futuras la descubrieran cuando estuvieran listas.
Ahora la inminente salida de Gran Bretaña de la Unión Europea, prevista
por nadie en 1998, ha planteado la cuestión nuevamente, mucho antes de que
Irlanda del Norte tenga una respuesta. Los conservadores gobernantes de Gran
Bretaña tratan esto como, en el mejor de los casos, un detalle y, en el peor de
los casos, una irritación en el camino al Brexit. Eso es un error, posiblemente
fatal.
Después de dos décadas de paz, Irlanda del Norte se transforma y no, a
la vez. La violencia ha disminuido hasta el punto en que el índice de
criminalidad es más bajo que el promedio británico. Sin embargo, bajo el
vendaje del Acuerdo del Viernes Santo, la curación ha sido lenta. Los
protestantes y los católicos aún llevan vidas segregadas. Solo el 5,8% de los
niños se encuentran en escuelas primarias formalmente integradas. Stormont está
atascado y ha sido suspendido por más de un año.
En Londres algunos dicen que esto muestra que el Acuerdo del Viernes
Santo ha fallado. Eso es malinterpretar su propósito. Los acuerdos de paz
detienen los conflictos; la reconciliación y la integración son tareas
generacionales. Movilizados por los gobiernos británico e irlandés, las partes
de Irlanda del Norte hasta hace poco mantenían la fe. La sociedad está
cambiando muy lentamente, pero avanza poco a poco.
El Brexit ahora amenaza esta situación. Gran Bretaña e Irlanda están
demasiado distraídas para prestar suficiente atención a Belfast, que se parece
al niño en un amargo divorcio. Gran Bretaña desperdició su posición como
árbitro neutral cuando los conservadores formaron una alianza de gobierno con
el principal partido unionista de Irlanda del Norte y la oposición laborista
votó a una republicana como su líder. El gobierno irlandés ha agravado las tensiones
al revivir las conversaciones sobre la unificación. Ambos primeros ministros
ahora deben hacer todo lo posible para demostrar que están comprometidos con la
puesta en marcha de Stormont.
Sobre todo, el Brexit ha revivido las preguntas persistentes sobre la
identidad. El Acuerdo del Viernes Santo y la membresía a la UE de ambos países
permitieron a las personas olvidar si se sentían irlandeses o británicos. Su
opción de doble ciudadanía, la frontera invisible y la creciente cooperación
norte-sur, desde los mercados energéticos hasta la atención de la salud,
atenuaron la distinción. Pero ahora el Brexit la agudiza de nuevo.
Esto es más claro en la frontera. Gran Bretaña dice que dejará el
mercado único y la unión aduanera de la UE, y que nueva tecnología le permitirá
hacerlo sin ninguna infraestructura o inspecciones nuevas en la frontera
irlandesa. La UE (y muchos otros) dudan de que esto sea posible. La UE
argumenta que dicha tecnología aún no existe y dice que si Gran Bretaña no
puede presentar un plan más convincente, Irlanda del Norte debe mantener el
alineamiento aduanero y normativo con la UE. En efecto, eso crearía una
frontera entre Irlanda del Norte y Gran Bretaña.
Por: The Economist
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