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Por Rafael Mathus Ruiz - WASHINGTON.- A sabiendas de que tenía el
partido perdido de entrada, el Gobierno salió a jugar a fondo a perder por
poco. Lo consiguió, y por eso terminó celebrando una derrota como si fuera un
triunfo. La Argentina aceptó restringir y ponerles techo a sus exportaciones
de acero y aluminio a Estados Unidos . Pese
a ese retroceso, el canciller Jorge Faurie dijo que
habían quedado "muy conformes" con el acuerdo con el gobierno
de Donald Trump ,
y el ministro de Producción, Francisco Cabrera, festejó el "éxito"
tras las maratónicas negociaciones.
El "cepo" al acero y el aluminio es la segunda tenaza
comercial que aplica Trump bajo su mantra "Estados Unidos primero".
Trump trabó -bajo presión de los productores locales- las compras de biodiésel,
principal producto de exportación del país a Estados Unidos, que redituaban
unos US$1200 millones anuales. Trump también mantiene congeladas las compras de
carne vacuna argentina, mientras que, en medio de esta última negociación,
Mauricio Macri dio luz verde final al ingreso de carne de cerdo de Estados Unidos,
abriéndole un mercado potencial de US$10 millones. Trump, eso sí, habilitó las
compras de limones argentinos y redujo aranceles a productos regionales que ya
se exportaban.
Trump se queja cuando Estados Unidos tiene un déficit comercial con
algunos de sus socios e insiste en que quiere un "comercio libre y
justo" y "recíproco". Pero ha aplicado esas restricciones aun
cuando la Argentina tiene ya un déficit comercial anual de más de US$3000
millones con la primera potencia global, un rojo que este año seguramente
aumentará.
La negociación por el acero y el aluminio arrancó con una derrota. Al
aplicar los nuevos aranceles, Trump desechó una opción, más benévola, que le
llevó su secretario de Comercio, Wilbur Ross, para bajar importaciones y
proteger a la industria: una cuota equivalente al 100% de las importaciones de
2017. Fue un buen año. La Argentina colocó 200.000 toneladas de acero y 260.000
toneladas de aluminio.
Tras conseguir la exención temporal, junto a otros cinco aliados de
Washington, los funcionarios argentinos entendieron que el mejor desenlace era
conseguir la cuota más alta posible. Estados Unidos planteó una fórmula sobre
la base del promedio de las ventas de 2015, 2016 y 2017, una opción que,
también de entrada, perjudicaba al país: las exportaciones de acero de los dos
primeros años habían sido pobres por la crisis petrolera.
Tras decenas de conversaciones, el Gobierno logró una cuota equivalente
al 100% de ese promedio para el aluminio, y al 135% para el acero, lo que
significa que el país podrá colocar, en ambos casos, 180.000 toneladas anuales
libres de los nuevos aranceles.
Corea del Sur, el otro país que ya cerró una cuota, aceptó un volumen
más bajo para sus ventas de acero, del 70%, aunque luego de una revisión
integral de todo el vínculo comercial que buscó recortar su superávit con
Estados Unidos, que ya rozó los US$23.000 millones. Brasil y Australia tienen
que anunciar su cuota. Y Canadá, México y la Unión Europea, los otros socios
que obtuvieron una exención de los aranceles, tienen negociaciones mucho más
duras y complejas. Otros, como Rusia, China, Turquía, Japón, la India o
Vietnam, entre varios más, ni siquiera obtuvieron una exención de los
aranceles.
Por todo esto, el Gobierno destacó la "excelente relación de
trabajo" con el gobierno de Trump. Los funcionarios cerraron el puño y
celebraron el "logro importante", el "éxito", y las
empresas elogiaron las gestiones, una reacción que sugiere que se evitó un
golpe mucho más duro. El acuerdo, remarcó Cabrera, es "una muestra de lo
que es posible lograr" a partir de la estrategia oficial de reinsertar a
la Argentina en el mundo. Ese trabajo, insistió, era "imprescindible para
defender la producción y el empleo argentinos y avanzar así hacia el objetivo
de pobreza cero". Una frase de victoria, aun cuando el resultado final sea
que la Argentina exporte menos que antes.
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