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| Enfrenta una disyuntiva cruel el Gobierno en los mercados |
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| Texto informativo:
07/05 - 09:21 Ambito Financiero |
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Por Walter Graciano - "La
culpa es de la Jefatura de Gabinete que el 28 de diciembre cambió las metas de
inflación", siguen repitiendo cansinamente algunos. "La culpa es de
quienes pusieron el impuesto a la renta financiera a los capitales del
exterior", contestan otros. Estamos en presencia de dos dichos que a
fuerza de repetirse pueden parecer verdad, pero la realidad es que no lo son.
Ocurre que quienes piensan de esta manera soslayan una pregunta básica: ¿tiene
sentido financiar déficit de cuenta corriente de balanza de pagos hasta el
altísimo nivel del 5,5% del PBI con capitales golondrina? ¿Cuál es la lógica de
haberlo hecho? ¿Puede creerse acaso que eso no va a tener consecuencias? ¿Alguien
piensa que los capitales golondrina con el tiempo pueden experimentar una
especie de "reconversión religiosa", dejar de buscar rápidos retornos
y sólo fijarse en el potencial de largo plazo de un país? ¿Qué clase de
capitales están dispuestos a financiar a un país que tiene un déficit estatal
que supera el 9% del PBI?
No, señores. Puede haber sido errónea la forma de anunciar un cambio en las
metas de inflación del BCRA de Federico Sturzenegger que nunca se han cumplido
con este Gobierno de todas maneras. Y puede haber sido inoportuno poner un
impuesto a las ganancias de residentes en el exterior, lo que no luce
descabellado ante lo que parecían desmesurados rendimientos. Pero esos errores
no pasan de ser detalles. El problema es que mientras se prometía que la tasa
de inflación -y por lo tanto la de devaluación también- no iba a superar los
doce puntos anuales en 2018, simultáneamente se estaban ofreciendo, incentivado
por el Banco Central, rendimientos superiores al 27% anual. ¿Qué país serio del
mundo anda prometiendo rendimientos del orden del 15% anual en dólares?
Ninguno. Absolutamente ninguno. Visto desde este punto de vista, la decisión de
aumentar las tasas de interés al 40% anual tomada el viernes pasado es pan para
hoy y hambre para mañana. Puede ayudar a comprar tiempo, pero por muy pocos
días, a lo sumo, semanas en el mejor de los casos. Poner las tasas en 40% para
convencer a los capitales golondrina que se queden en el país es como tratar a
un alcohólico con inyecciones de vodka. ¿Aumentamos el premio rápido a los
capitales golondrina con tasas mayores? No, el diagnóstico está equivocado. Y
como el diagnóstico está equivocado, el tratamiento y el pronóstico también lo
están.
Atención: los capitales golondrina ya están adentro. El Gobierno les facilitó
la entrada para que ayuden a producir atraso cambiario, principal y equivocada
arma con la que se combatió falsamente la inflación. Apenas una pequeña parte
de estos emigró desde inicios de marzo pasado. El grueso de lo ingresado -y lo
además devengado- está adentro. Y la forma de curar ese mal no pasa por dar más
droga al adicto vía tasa de interés ni actuar exclusivamente con rigor fiscal
prometiendo recortes en partidas presupuestarias que nada tienen que ver con la
dinámica financiera de los capitales golondrina, en el intento de antemano
fracasado de que sigan financiando ese atraso cambiario.
Hemos basado el andamiaje económico y financiero de la Argentina en arenas
movedizas. Como muchas otras veces. Eso no puede curarse con recortes fiscales
aleatorios de último momento ni con tasas de interés en alza. Las medidas
aisladas van a servir de poco y nada frente a la gran tormenta financiera que
Argentina enfrenta.
Aquí hay dos caminos básicos que pueden seguirse: el primero es aplicar un plan
de shock que incluya medidas de recorte fiscal, pero que no se base
exclusivamente en eso, sino que pulverice el déficit estatal comenzando por el
muy pernicioso déficit cuasifiscal del Banco Central que acaba de aumentar nada
menos que un 20% con la sola suba de las tasas de interés al 40%, sobrepasando
con creces el presunto ahorro fiscal anunciado por el ministro Dujovne. Además
un real plan de shock debe abarcar componentes vitales de política monetaria,
financiera y cambiaria que cambien por completo el marco de la realidad. Nos
referimos a un plan global. La alternativa a ello es dejar que el ajuste que
han iniciado los capitales golondrina siga su propia dinámica convirtiendo la
economía argentina en una transitoria montaña rusa cuya duración puede perdurar
durante todo 2018. O sea, seguir a los tumbos en los mercados, pero con más
inflación y además, recesión.
En síntesis entonces, son horas de decisiones. Y no de decisiones gratas, pero
de decisiones que hay que tomar: o bien se decide un verdadero plan de shock
para bajar la tasa de inflación realmente a un dígito anual -y nos referimos a
un dígito bajo- o mejor no andar haciendo anuncios transitorios, espasmódicos y
esporádicos como los del viernes y soportar estoicamente las presiones que los
capitales golondrina van a producir en el intento de salir y llevarse lo que no
se van a poder llevar: irreales ganancias devengadas imposibles de realizar.
Vale la pena tenerlo muy en cuenta: seguir con quejas acerca de lo que se
anunció el 28 de diciembre pasado o protestar airadamente por una lógica ley
que grava las ganancias de los capitales extranjeros ante la exorbitancia
aparente de esos rendimientos no ayuda a solucionar nada. Es regodearse en la
queja. Y la queja es una absoluta pérdida de tiempo. Tratar de echar la culpa a
esos dos acontecimientos de las raíces de nuestros males equivale a no tomar en
cuenta que desde diciembre de 2015 se incentivó como nadie lo hace, a que los
capitales golondrina ingresaran en manada al país para que financien atraso
cambiario. El error ya está hecho. Y ha sido, enorme, gigantesco. No se puede
llevar el tiempo atrás. O se toma el toro por las astas y se elabora un plan de
shock que solucione tanto el déficit fiscal como el externo y normalice al
sector monetario y financiero, lo que sin dudas no es gratuito, o se sigue el
derrotero gradualista iniciado con la ayuda, y ahora con la partida del dinero
caliente. Y sabido es que los movimientos del dinero caliente suelen ser
ingobernables, y sobre todo, a la hora de la salida, indeseables. El camino
gradualista es, a nuestro juicio, inviable, perjudicial y lleno de peligros.
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