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Por Diego Dumont - La gran deuda de la Argentina actual es la que tiene
pendiente con las exportaciones. El último crecimiento importante de estas (por
encima del 20%) fue en 2011. Por el contrario, los años sucesivos fueron de
caída, hasta llegar a 2016 y 2017, que tuvieron la principal virtud de poner un
freno al desplome de ventas al exterior sin lograr fortalecerlas
suficientemente (incrementos de apenas 1,9% y 0,9%, respectivamente).
Para quienes creemos
en el valor del trabajo, vender más al exterior es casi un dogma. Cada dólar
embarcado es empleo nacional que se exporta. Es la posibilidad de acceder a los
dólares necesarios para afrontar las importaciones que continúan en aumento (19,6%
en 2017 y 21% en el parcial de 2018). Y no solo eso. Prestigiosos estudios han
demostrado que a medida que los países incrementan sus exportaciones totales y
por habitante mejoran sus índices de bienestar de la población.
El Gobierno así lo
ha entendido y viene impulsando cambios profundos en las reglas de juego del
comercio exterior, con la eliminación del cepo, mejora del tipo de cambio a los
exportadores, simplificación de trámites (Ventanilla Única, plataforma de
trámites a distancia, Exporta Simple), eliminación de derechos de exportación
(que subsisten en el complejo sojero con el compromiso de continuar con una
baja gradual), aumento de reintegros de exportación del sector agroexportador,
flexibilización del mercado único y libre de cambios (que posibilitó el
forfaiting) y la eliminación de aranceles a bienes tecnológicos (que se
incorporan en los procesos productivos), que son apenas algunos ejemplos de las
medidas impulsadas. Sin embargo, no alcanza. Esto preocupa, sobre todo cuando
la balanza comercial fugó más de ocho mil millones de dólares el último año y
continúa negativa en lo que va del año.
¿Qué más podemos
hacer? Desde luego, la Argentina no está aislada. El contexto juega su papel,
con países vecinos que se vuelven más competitivos y han devaluado su moneda en
los últimos tiempos, y con un mundo con tasas de crecimiento positivas, pero no
tanto como algunos años atrás. Pero aun así hay que enfocarse en lo que sí
podemos cambiar puertas adentro. Entre estos aspectos se encuentran:
Continuar lo bueno
que se viene haciendo. Mantener las políticas mencionadas a lo largo del tiempo
para que el exportador cuente con un marco adecuado más allá de los vaivenes de
la economía, y profundizarlas. En consonancia con esto, podemos mencionar la
reciente eliminación de los cargos extras que soportaban los contenedores High
Cube de exportación (resolución AGP 65/2018).
Inserción. Continuar
con la inserción inteligente del país a través de acuerdos de libre comercio
que posibiliten aumentar las exportaciones (y no tanto las importaciones). Al
respecto, un posible tratado de libre comercio entre el Mercosur y la Unión
Europea (UE) debería anticipar el impacto que tendrían sobre la región las
diferentes opciones de negociación. Hay que poner el ojo en aquellas
situaciones que nos hacen perder oportunidades. Por ejemplo, los vinos
argentinos ingresan a Asia con un arancel de importación de 18%, mientras que
los vinos chilenos lo hacen sin arancel.
Incrementar la
exportación de las pymes. Las pequeñas y medianas empresas constituyen
prácticamente el 90% del padrón de exportadores de nuestro país, pero hacen
menos del 10% de las ventas nacionales al exterior. Estas exportaciones son las
de mayor valor agregado y, por lo tanto, generan más empleo a lo largo y a lo
ancho del país, y no solo en grandes conglomerados urbanos, donde se concentran
las grandes empresas.
Revitalizar
legislación específica. La Argentina cuenta con la ley 23.101 de promoción a
las exportaciones, de más de 30 años de antigüedad, que debería ser actualizada
y reglamentada. La ley contiene aspectos novedosos, como la deducción del 10%
del FOB exportado en impuesto a las ganancias, o la creación del Fondo Nacional
de Promoción a las Exportaciones (Fopex), que se financiaría con un gravamen de
hasta el 0,50% sobre las importaciones a consumo.
Bajar costos
logísticos. Hay que favorecer el uso de puertos y aduanas más cercanos a las
zonas de producción. A modo de ejemplo, un flete terrestre de Santa Fe capital
al Puerto de Buenos Aires cuesta hasta mil dólares más que un flete
internacional de Buenos Aires a Turquía. Estas asimetrías son inadmisibles y
nos obligan a replantear la logística actual. Es necesario que la hidrovía se
vuelva una realidad y que el río tenga puertos competitivos, desde San Lorenzo
hacia el norte.
Recuperar mercados.
El caso más emblemático es Brasil, nuestro principal socio comercial. Hacia
2011 le exportábamos por más de 19.000 millones de dólares, mientras que en
2017 lo hicimos tan solo por 9300 millones de dólares (con un déficit comercial
bilateral de 8500 millones de dólares). Quiere decir que perdimos 10.000
millones de dólares de exportación en seis años. Si bien es cierto que una
parte importante de las exportaciones que se cayeron se debió a la coyuntura
económica brasileña, hay aspectos de los que sí nos podemos ocupar. Por
ejemplo, pugnar por la homologación de registros de productos en los organismos
de control que faciliten la importación de nuestros productos en Brasil, o la
armonización de las contribuciones sociales que tributan los productos
importados en ese país -nuestros productos pagan más impuestos federales como el
Programa de Integración Social (Pis) o la Contribución para el Financiamiento
de la Seguridad Social (Cofins) que sus similares brasileños-.
Para vender más hay
que vender mejor, y para vender mejor hay que prepararse. Cuentan que una vez
le preguntaron a Abraham Lincoln si tuviera que talar un árbol en no más de
seis horas cómo lo haría, y este respondió: dame seis horas para cortar un
árbol y pasaré las primeras cuatro afilando el hacha.
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