| Por Diego Falcone - A días del comienzo del Mundial, la crisis se
resiste a quedar atrás. Lucen viejas ya aquellas imágenes captadas por la
militancia Nac&Pop en Ezeiza cuando una larga fila de camiones de caudales
esperaban en la plataforma del aeropuerto. “¡Fuga de capitales!” se leyó en las
redes aunque la realidad fuera más simple: lo que un día vino hacer carry
trade, al otro se tuvo que ir porque las comodidades que brindaba la bóveda del
BCRA no justificaban el riesgo asumido (el viejo juego entre codicia y miedo).
Pensemos que a $20,25 (precio de cierre del 25/4) el dólar era un regalo y los
inversores, en un contexto en el cual todas la monedas emergentes devaluaban,
no lo dudaron: nos vamos para casa y si es en un Boeing 777-300ER de American
Airlines, mejor.
Para no “regalar” más reservas, Federico Sturzenegger subió la tasa de
27,25% a 40% en tres oportunidades (27/4, 3/5 y 4/5), pero el dólar no cedió y
superó la barrera de $23 (precio que muchos estimábamos que recién se
alcanzaría en diciembre).
La suba de la tasa de interés y la flotación (hacia arriba) del dólar
fue como una “doble Nelson” para los inversores minoristas: por un lado, veían
como sus fondos de inversión de Lebac acumulaban varios días de rendimientos
negativos mientras que, por el otro, el dólar seguía su escalada. Fue demasiado
para el que recién se iniciaba en el mundo de las inversiones en pesos. Por eso
entre el 25/4 y el 16/5 tuvimos una salida de más de $92.000 millones de los
fondos comunes. Fue un “sálvese quien pueda”.
El climax se alcanzó el viernes 11/5 (el viernes negro) cuando, sin la
presencia del BCRA en las pantallas, las Lebac se llegaron a operar a tasas del
100% anual y el dólar superar $24 (aunque cerró abajo). El resultado del “dejar
hacer” de la autoridad monetaria fue de manual: pánico.
Pánico a la euforia
El lunes siguiente (14/5) y por razones que nunca sabremos (usted elije:
hubo un retiro espiritual con lectura obligada de Osho o bien llovieron
mensajitos de WhatsApp de varios banqueros del estilo “nos vamos a la B, ¡hagan
algo!”), los funcionarios del BCRA decidieron jugar fuerte: pusieron a
disposición del público US$ 5.000 millones a $25. Una respuesta sensata.
El resto es historia. Vino el súager de Cohen permartes y Luis Caputo,
patrono de la deuda argentina, se coronó como héroe al colocar casi US$ 3.000
millones de bonos en pesos entre viejos conocidos de la casa. ¿Qué tal? Un
cierre a toda orquesta, diría, de euforia.
No hay verdes
El acuerdo por US$ 50.000 millones con el FMI (7/6), gran logro de
Nicolás Dujovne, trajo otra vez la eterna discusión a la mesa de
los argentinos (desde la de los bares hasta las de dinero). ¿Debe flotar
el dólar? No importa cuál sea su postura, luego dos días de flotación, el lunes
el billete cerró en $26 y, por eso, ayer, el BCRA tuvo que salir a ponerle el
pecho. ¿Qué es lo que pasa? No hay vendedores. El campo cree que deber esperar
una nueva suba para vender mientras, cada mes que pasa, se ahorra 0,5% (por la
baja de las retenciones). Pura lógica. Los inversores internacionales que
venían a hacer carry trade, ahora pasan de largo porque todavía hay mucho miedo
hacia los mercados emergentes (por una guerra comercial, el superdólar o bien
una tasa de interés por las nubes). La inversión real que llega a Vaca Muerta
no alcanza y a las empresas argentinas que venían tomando deuda en dólares para
invertir también se les complica. En definitiva, no hay verdes salvo por los
que pueda aportar el Tesoro o el BCRA.
Del otro lado del mostrador
Visto el panorama de la oferta de dólares, la bala de plata que le queda
al Gobierno es como administre Caputo los US$ 15.000 millones que nos va a dar
el FMI en breve. Estamos hablando de alguien que en menos de dos años pasó de
ser un ignoto para la gran mayoría, al Lionel Messi de las finanzas. ¿A qué
precio venderá los verdes del FMI? ¿A $27, $28 o a $30? Quién sabe. La cuestión
es que no podrían estar en manos más expertas.
La conclusión luego de un mes de pánico y euforia es que el Gobierno ya
jugó todas sus cartas. Si bien resta mejorar la comunicación, no hay mucho más
por hacer, porque para salir de esta situación dependemos de que el mundo nos
tire un centro. Pero se viene el Mundial y todo es posible: hasta que el
“Chiqui” Tapia termine poniéndole la medalla dorada en el pecho al mejor
jugador del mundo: Maxi Meza. ¡Vamos Independiente! No vamos a traer la copa si
no hay un gol rojo en la final.
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