Por Mariano Fernández - El recambio de autoridades
del Banco Central no determinó un giro novedoso en su política monetaria.
Las nuevas autoridades sólo han reaccionado para frenar la corrida cambiaria
que, con la llegada del dinero del Fondo, se hubiera apaciguado de todas
formas. En los temas de fondo se ha ratificado el uso de la tasa de interés
como herramienta para combatir la inflación en un esquema nuevo y plagado de
incertidumbre.
Las herramientas utilizadas por la nueva administración no difieren en mucho de
lo que se hacía durante la presidencia de Federico Sturzenegger. Sí queda claro
que la anterior administración carecía de la credibilidad necesaria para jugar
fuerte contra la corrida en curso.
El abandono de la meta para 2018 y el anuncio de una meta para 2019 no hacen
más que aumentar el grado de incertidumbre sobre la estrategia de
estabilización elegida. Esto determina un escenario cuasi indeterminado para el
segundo semestre donde la tasa de inflación se acelerará para ubicarse en
valores cercanos a los registrados en 2016, cuando se produjo una devaluación
similar pero, de alguna manera, controlada. Si tomamos la devaluación punta a
punta medida desde diciembre de 2017 a junio de este año, el tipo de cambio
nominal subió un 56% registrándose la mayor suba en los meses de mayo y junio.
Sin duda esta suba del tipo de cambio impactará sobre precios al haber sido
convalidada por la política monetaria, dado que la base monetaria interanual
continúa creciendo levemente por encima del 30% anual.
Pese al impacto de la ayuda financiera del Fondo, el cambio de signo en el
flujo de capitales observado a partir de diciembre del año pasado debería
convalidar un tipo de cambio real un poco más alto, por lo que la devaluación
no se volcará totalmente sobre el cambio del nivel de precios. Teniendo en
cuenta el valor del tipo de cambio futuro a diciembre de este año, la inflación
al finalizar 2018 no podrá ubicarse por debajo del 40% anual.
Las nuevas medidas implementadas, como la suba de encajes, la licitación de
reservas con un cronograma preanunciado, la reducción de la tenencia de dólares
por parte de los bancos y la autorización para integrar encajes y posición neta
en dólares en Bonos públicos determinan una solución de corto plazo para
estabilizar el sistema cambiario pero que trae aparejado un debilitamiento de
la solvencia del sistema financiero y pospone la aproximación integral al
problema monetario y su contracara fiscal.
El inicio del segundo semestre estará signado por el aumento de la tasa de
inflación y la contracción del nivel de actividad. Pese al arribo de los fondos
del exterior no queda claro el impacto de la devaluación sobre los números
fiscales, puesto que por un lado licúa parte del gasto (salarios,
transferencias) y por otro indexa jubilaciones que, al estar estas atadas a la
evolución del índice de inflación, podrían desdibujar la licuación. Por otro
lado, la contracción del nivel de actividad se traducirá en una menor
recaudación real de ganancias, ingresos brutos e IVA. De profundizarse la
recesión no sería sorpresa que el Gobierno no pueda cumplir con la meta de
déficit primario acordada con el FMI, debiendo revisarse el acuerdo dentro de
muy pocos meses.
El panorama de hoy vuelve a mostrarse tranquilo, solo porque la crisis
cambiaria ha sido superada temporalmente. Nuevamente hemos comprado tiempo,
pero no olvidemos que el precio del tiempo será cada vez más caro y que, de no
afrontar los problemas con una visión integral, en breve nos enfrentaremos a
una nueva crisis.
(*) Economista UCEMA
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