Por Eduardo Fracchia - Estamos por cumplir 35 años
de democracia y el balance económico social no es alentador. A pesar de los
avances objetivos que se han conseguido, la democracia no ha sido hasta ahora
un pasaporte hacia la prosperidad material. En particular, desde el pico de la
expansión económica de la convertibilidad (1998) se ha avanzado relativamente
poco en los años del kirchnerismo y de Cambiemos en cuanto a nivel de actividad
y hemos retrocedido en un punto clave, la inflación, que está instalada en
25%/30%. Pensando a largo plazo, Argentina enfrenta un escenario favorable dado
el contexto internacional en recuperación, la dinámica vigorosa del área
Asia-Pacífico, la racionalidad de las políticas públicas de la región y el
esperable mejor precio de commodities. Para salir de la discusión de corto
plazo y mirar a largo, se presentan a continuación un conjunto de factores
importantes para impulsar el desarrollo. No pretenden ni mucho menos completar
la agenda pendiente, sino que constituyen problemas sobre diagnosticados para
impulsar el desarrollo. El primer punto es organizar una macroeconomía sólida
en sus fundamentos que debería revertir la situación de distorsión de precios
relativos, inflación, subsidios, déficit fiscal y déficit de cuenta corriente,
entre otras cuestiones. En esta dimensión macro, es clave un Banco Central independiente
y con firme vocación estabilizadora. Otro tema relevante a mejorar es la
apertura económica. El país está cerrado, le falta una mayor inserción en el
comercio internacional. Argentina exporta sólo el 0,4% del total del mundo y
debería aspirar en 2030 a un 1%. Esto supone crecer en otros complejos
exportadores que complementan los de mayor participación (oleaginosas,
automotriz, turismo). La Argentina tiene en Vaca Muerta una oportunidad única
de convertirse en un exportador neto de energía. El proyecto de shale oil y
shale gas de la provincia neuquina es ambicioso y requiere mucho capital
privado para su desarrollo. Hasta ahora está en fase preliminar. En cuanto a la
estructura productiva, pareciera que los grupos económicos locales deberían tener
un mayor protagonismo. En lo que va del siglo 21, ha habido poco crecimiento de
los grupos tradicionales, con contadas excepciones. Tampoco han surgido grupos
nuevos relevantes y los que aparecieron no tienen mayor inserción externa. De
los 30 grupos presentes al final de la convertibilidad, 10 han dejado de
actuar. Es clave, como señala Hausmann de la escuela de Gobierno de Harvard,
que los conglomerados nacionales funcionen mejor.
Entre las propuestas claves del desarrollo hay que revitalizar el Mercosur que
está transitando hace años un período de debilidad institucional con
reconocidas asimetrías macroeconómicas. Es un espacio estratégico para avanzar
en la integración de otros países de la región. El desempeño mediocre de
Brasil, líder indiscutido de Latinoamérica, demora la concreción de avances que
profundicen la unión aduanera.
Para que la economía se consolide en mayores niveles de competitividad es
crucial una reforma tributaria integral. La de 2017 es insuficiente. Existen
múltiples impuestos distorsivos dentro de un régimen general regresivo. La
principal asignatura pendiente en el área fiscal es plantear una nueva ley de
coparticipación con genuino espíritu federal que impulse las economías
regionales. Este tema está muy lejano.
Quizás donde la evaluación de tres décadas y media de democracia sea más
crítica es en el tema de la pobreza, donde tenemos un 30% de los hogares en
esta situación, un verdadero "escándalo" en la visión de Benedicto
XVI. La distribución del ingreso, por otra parte, se ha latinoamericanizado y
podría mejorar si la educación asegurase mayor empleabilidad. Es sabido que la
prueba PISA (test universal muy reconocido en educación) presenta resultados
pobres para nuestro país en las últimas mediciones. Este punto es clave en la
sociedad del conocimiento. Nuestro país, líder en educación hasta los años 60,
ha visto deteriorar su calidad de modo significativo.
El problema principal del país es político. La economía se subordina a esta
dimensión. Es clave que el sistema de partidos se normalice y que mejoren las
instituciones, tal como plantea de modo crítico hacia nuestro país el último
informe de competitividad del WEF. Podemos dejar de ser un país emergente en
2030 si mejoramos la competitividad. Es la meta que se ha puesto Chile. Hoy
estamos en la posición 92 de 148 países que integran el panel.
Las reformas de los 90 fueron inconclusas. Desde la salida de la
convertibilidad hasta 2015, el modelo apostó al mercado interno y rentístico
con una visión más afín a lo instrumentado en el primer peronismo. A partir de
2016 se pretendió encarar reformas de fondo, pero con resultados hasta ahora
magros.
En línea con lo que plantea el profesor Acemoglu del MIT, debería instalarse en
nuestro país una agenda favorable a instituciones inclusivas. En la actualidad
estamos en una dinámica institucional donde la clase política se ha
caracterizado por buscar atajos sin encarar los problemas de fondo. Es clave
recuperar un ambiente que genere reglas de juego claras. Es deseable un mayor
protagonismo del mercado en un ambiente de búsqueda sistemática del consenso
por parte de los diversos actores del sistema productivo.
(*) Director del Área de Economía del IAE Business School de la Universidad
Austral.
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