El último
informe sobre la evolución de la economía de M&F es lapidario. Según el
"Reporte Económico Semanal" de la consultora, los primeros meses de
2018 fueron los peores en 6 años. En el trabajo se menciona que pasados los
efectos de la sequía, resta aún contabilizar las consecuencias en la economía
de la crisis cambiaria y los efectos de la devaluación en el mercado interno.
Las principales definiciones del último informe presentado el fin de semana son
las siguientes.
Los primeros meses de 2018 fueron los de peor desempeño en 6 años. Golpeado por
la sequía, el nivel de actividad se contrajo en mayo por segundo mes
consecutivo, transformando completamente el panorama de un año que había
arrancado de forma promisoria. Concretamente, el EMAE registró una contracción
de 1,4% sin estacionalidad, tras el -2,8% de abril. En términos anuales, la
caída de 5,8% fue peor que lo anticipado, teniendo que retroceder hasta agosto de
2014 para encontrar una baja de similar magnitud. A medida que los efectos de
la sequía vayan disipándose, la economía empezará a sentir los coletazos de la
corrida cambiaria y las reacciones de política. Las dudas siguen alrededor de
la magnitud y duración de la caída, con implicancias directas sobre el panorama
político del crucial 2019.
Si bien el EMAE registra con claridad el efecto de la sequía, tampoco es que el
resto de los sectores muestra excelente performance (el EMAE excluyendo al agro
se desacelera), lo que será más notorio en las próximas publicaciones. Los
primeros indicios de junio confirman la "baja temperatura" económica.
El estimador de actividad de Ferreres (que correlaciona muy bien con el EMAE)
anotó una baja de 4,5% anual en junio, descendiendo en términos
desestacionalizados por tercer mes consecutivo. Los sectores que venían
empujando en la fase de crecimiento empezaron a mostrar signos de fatiga. Por
el lado de la construcción, el índice Construya (estimación de la actividad
sectorial sobre la base de datos de las principales empresas) venía mostrando
una desaceleración y en junio directamente anotó una caída (-5,4% anual), la
primera en 15 meses. En cuanto a la industria, tanto Ferreres (- 5,0% anual)
como FIEL (-5,4%) registraron una contracción, que se explica en gran medida
por la caída de la producción automotriz y el derrame hacia sectores conexos,
pero también por el efecto de la sequía en la molienda, la menor demanda de
bienes de consumo y de materiales para la construcción.
Por el lado del comercio, las promociones relacionadas con la Copa del Mundo y
el relanzamiento de créditos apalancaron al rubro de electrodomésticos, al
punto tal de convertirse en el principal factor detrás de las buenas ventas en
supermercados y shopping. Sin embargo, los datos minoristas (CAME) siguen
mostrándose en rojo (-4,2% anual). Pronostican "tormenta" para lo que
resta del año. Con un segundo trimestre acaso peor a lo anticipado (a mayo
acumula una baja de 3,5%, cuando el mínimo del REM esperaba -2,6%), las
proyecciones de un 2018 con crecimiento están luciendo cada día más optimistas.
Suponiendo que la economía en junio se mantiene al mismo nivel que en mayo, el
segundo trimestre cerraría con una caída de 3,5% sin estacionalidad. Si tomamos
la mediana del REM para los trimestres que quedan (-0,7% y 0,1%,
respectivamente), el año promediaría una caída de 0,5%. Dado que la visión de
consenso ha probado tener un sesgo optimista, podemos tomar el percentil 25 de
las respuestas del REM como una postura más conservadora. En ese caso, la baja
del PBI sería de 0,9% anual. Estaríamos frente a 2 o 3 trimestres de
contracción, que además dejarían un pobre arrastre estadístico para 2019 (-1,2%
o -1,9%). Esta visión contrasta con las estimaciones oficiales, que se refieren
a una recesión de 1-2 trimestres y que llevarían, no obstante, a crecimiento
del 0,4% para todo el año.
Desde el sector privado se ven nítidas razones para una proyección más
descarnada. Pasada la sequía, la devaluación pegará de lleno y la política
económica no podrá cumplir un rol amortiguador. Sin mucho margen para políticas
contracíclicas, un escenario más positivo depende de una rápida y duradera
estabilización cambiaria, acompañada por una baja en la percepción de riesgo y
una minimización en la caída del salario real. Ello posibilitaría el reingreso
de capitales del exterior, removería el freno sobre decisiones de inversión y
amortiguaría la baja del consumo. Las diferencias de visión asignan, en el
fondo, distintas probabilidades a la dinámica de las variables centrales, lo
cual repercute también en el escenario futuro. Cómo quede la economía tras la
tormenta será clave para pensar 2019, sobre todo por las implicancias políticas
de arrancar el ciclo electoral con una macro más débil o más fuerte.
La depreciación tuvo correlato sobre la balanza comercial. El desequilibrio
externo, que venía agrandándose en los últimos meses, el mes pasado cerró con
un déficit de u$s382 millones, la mitad del registrado un año atrás. Con las
exportaciones todavía afectadas por la sequía (-1% anual, 5,5% acumulado), la
mejora del saldo se debió a la compresión de importaciones (-7,5% anual, 13%
acumulado) ocasionada por el menor nivel de actividad.
A pesar de que el mercado cambiario está dando señales de tranquilidad, los
efectos del cimbronazo sufrido desde abril comienzan a sentirse sobre la
economía real. Hacia delante, esperamos que esta dinámica de exportaciones
continúe, que debería reaccionar con la nueva campaña agrícola y un Brasil más
estable. Las exportaciones siguen afectadas por el agro. El volumen de las
ventas al exterior cayó 10,2% en junio, acumulando una caída de 2,7% en el
primer semestre.
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