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| No hay excusas con la crisis; es toda nuestra |
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06/09 - 08:41 Ambito Financiero |
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Por Jorge G. Herrera - Hay
momentos en los que hay que hacerse cargo. Y este es uno de ellos. Culpar de la
actual crisis a un desencadenante externo es mirar para otro lado. Es cierto
que en el medio de la debacle factores externos influyeron, pero en realidad no
hicieron más que desnudar una realidad que parecía querer soslayarse. La
economía argentina no estaba preparada ni para el optimismo con el que el
Gobierno de Cambiemos quiso avanzar gradualmente, ni para el salto sin red. Sin
duda, el excesivo optimismo con el que los principales técnicos de la Fundación
Pensar, think tank de Cambiemos, abordaron los problemas estructurales
confirmaron serios errores de diagnóstico. Que hoy se están pagando.
Todo el mundo esperaba el repliegue de las políticas monetarias expansivas de
los principales bancos centrales del mundo, que dieron lugar al mayor ciclo
alcista de los mercados internacionales. De modo que no podía desconocerse ese
escenario (de subas de tasas de interés internacionales) en el diseño de la
política económica. Sin embargo, a los ojos del presente es como que alguien
pecó de muy optimista, o demasiado ingenuo o era un febril amante al riesgo.
El idilio argentino tuvo su punto de inflexión a fines de abril pasado. En
pocas semanas el riesgo soberano pasó de apenas por encima de 400 puntos
básicos a más de 600 puntos. En el ínterin sobrevino el acuerdo con el FMI y
cayó al territorio de los 560 puntos. Pero luego un segundo round al
embarullarse el caso turco llevó la prima de riesgo argentina a niveles por
encima de los 780 puntos. En todo este proceso el riesgo de la región
latinoamericana apenas acusó el impacto del ruido emergente deambulando en
torno de los 180 a 230 puntos. Sin embargo, al observar la evolución del spread
o diferencial entre el riesgo argentino y el de la región queda en evidencia
que todo el salto es idiosincrático, o sea, puramente criollo. Este spread que
venía operando en zona de 215 puntos a fines de abril pasado saltó por encima
de los 320 puntos y en el segundo round trepó a niveles de casi 550 puntos. Es
decir que los inversores separaban muy bien la paja del trigo. Esto también
puede verse claramente en el comportamiento del costo de los seguros contra
default (CDS), que en abril apenas superaban los 270 puntos (con un riesgo-país
de 403 puntos básicos) y aumentó a más de 400 puntos en el primer round y en el
segundo llegó a niveles de 840 puntos.
¿Qué fue lo que pasó? El Gobierno decidió básicamente "dejar todo como
estaba" al asumir la gestión y que el crecimiento hiciera el trabajo
sucio. Para ello, era necesario construir un puente de financiamiento y ello
precisaba no tener ni cepo ni seguir en default. Vencidas estas restricciones,
volvió el acceso a los mercados internacionales. De esta manera, a pesar de que
el sector privado comenzó a sentir los coletazos del gradualismo vía el ajuste
"tarifario", el somnífero del tipo de cambio apreciado fue un bálsamo
principalmente para los sectores medios de la sociedad. Fue así que con el fin
de mantener el déficit fiscal más o menos estable (en realidad fue peor porque
creció) se recurrió al financiamiento externo. Esto derivó en que, de los más
de u$s116.000 millones que ingresaron en la era Macri hasta el I trimestre de
2018 (vía deuda soberana, provincial y privada, más capitales golondrinas) más
de u$s37.000 millones permitieron financiar el déficit de la cuenta corriente
donde se gastaron u$s23.000 millones en turismo y otros u$s22.000 millones en
el pago de intereses. Otros u$s45.000 millones se fueron por atesoramiento de
residentes y el resto, u$s35.000 millones a engrosar las reservas del BCRA.
Es decir que en este período los capitales que entraron a financiar el déficit
fiscal terminaron también financiando el explosivo gasto en turismo en el
exterior y la fuga de capitales de los argentinos. La contracara de esto fue
que el país alcanzó niveles de déficits gemelos (fiscal y de cuenta corriente)
similares a los récords de 1975 (Rodrigazo) y 1982 (Malvinas) en torno a los 14
y 12 puntos del PBI respectivamente. Según estimaciones del Estudio Broda, este
año la suma de ambos desequilibrios supera los 11 puntos del PBI.
Dicho todo esto, resulta insoslayable que gran parte de la responsabilidad, por
no decir toda, es propia. El Gobierno eligió el sendero que creyó más
conveniente para no emprender la dura travesía de las reformas estructurales
que permitan sacar al país del estancamiento decadente en el que está inmerso
desde hace 70 años. No se aprovechó ni la luna de miel de los 100 días, ni el
espaldarazo electoral del 2017 y ahora el mercado imprimió el clásico castigo
sobre los activos domésticos mientras la corrida cambiaria hacía el resto.
Una serie de desaciertos internos conspiraron en acelerar el desenlace. Y si
bien el país es del club emergente, el resto de los socios no tuvieron que ver
en nuestra debacle. Son errores propios. Las manadas de inversores están
entrenadas y huyen por las dudas, total, siempre hay revancha. Ahora en el
mercado internacional temen que la crisis argentina escale sobre otros miembros
del club. El peor escenario sería una crisis sistémica, algo de lo que todavía
no hay señales. De ahí la cautela.
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