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Por
Jorge G. Herrera - Tal como se preveía las cuentas nacionales dieron cuenta del
primer impacto de la recesión de la mano de la sequía en el segundo trimestre
del año donde el PBI acusa una caída del 4,2% interanual (del -4% trimestral y
más del -15% trimestral anualizado). De modo que el primer semestre arroja una
baja del 0,5%. Se interrumpe así un ciclo expansivo, de crecimiento sostenido
de cinco trimestres consecutivos. Fueron los trimestres de bonanza gracias al
ingreso de capitales, producto de la estrategia de endeudamiento público para
financiar el déficit fiscal, y al boom de crédito al sector privado. Claro que
todo ello se dio en medio de un año electoral donde la expansión del gasto en
obra pública fue determinante.
Ahora tras un buen primer trimestre donde el PBI creció 3,9% interanual, el
segundo trimestre acusa el inicio de la recesión donde el puntapié inicial lo
dio la sequía que afectó al agro y por ende al sector exportador y los demás
sectores vinculados como el transporte. Claro que también comenzó a impactar el
deterioro de las condiciones financieras internacionales. A partir de ahora, se
verá mensualmente el impacto de la devaluación, de la super tasa de interés, de
la creciente inflación y del derrumbe del poder adquisitivo de la población con
su correlato sobre el consumo doméstico. A esto se suma además el ajuste del
gasto público, que por más modesto que sea (dado que todo recae sobre los
subsidios económicos -más tarifas- y en menor medida la obra pública) que
impactará en el nivel de absorción doméstica. De modo que la dinámica recesiva
continuará, seguramente, a lo largo del tercer trimestre. El arrastre
estadístico del año ahora está en -1%, es decir, el PBI se contraería un 1% en
2018 si se mantuviera constante en el nivel del segundo trimestre durante el
resto del año.
Ahora las estimaciones de los bancos de inversión internacionales apunta a una
caída del PBI este año de entre el 2% y 3%. Pero lo peor es ver cómo se
desplomó el PBI per cápita que según proyecciones privadas estaría a niveles
del 2011 y terminaría el año más o menos como estaba en 2007. Es la prueba más
elocuente de la pobreza y de los sucesivos años perdidos de crecimiento y
desarrollo. O sea, la riqueza perdida a los largos de los últimos años, que
reflejan el nivel de estancamiento de la economía desde hace más de 7 décadas.
A continuación los datos más relevantes de las cuentas nacionales del segundo
semestre.
Por el lado de la demanda, se destaca la
fuerte desaceleración del consumo privado (0,3% interanual desde 4,3%
interanual en el I trimestre) y el gasto bruto de inversión fija (3,1%
interanual del 15,7% interanual en el I trimestre) y la caída del consumo del
gobierno (-2,1% desde -1,2% anual en el I trimestre).
La contribución del sector externo al
crecimiento anual fue muy negativa ya que las importaciones crecieron un 2,7%
interanual pero las exportaciones disminuyeron (-7,5% interanual, frente al
6,4% interanual en el I trimestre). La disminución de las exportaciones refleja
en gran medida el impacto del clima adverso sobre los cultivos de granos.
La fuerte desaceleración del gasto de
inversión fue impulsada por la contracción de la inversión en equipos de
transporte (-11,6% interanual desde 9,1% interanual) y la moderación de las
tasas de crecimiento de la inversión en construcción ( 5,4% interanual desde
12,4% interanual), y maquinaria y equipo (a 5,4% anual desde 21,1% anual).
Del lado de la oferta, se destaca que el PBI
se vio negativamente afectado por grandes descensos en la agricultura (-31,6%
interanual) y la pesca (-13,7%), la contracción de la industria (-1,8%
interanual), comercio mayorista / minorista (-1,6% interanual desde 6.0%
anual en el I trimestre), y transporte y comunicaciones (-3,8% interanual desde
1%), y desaceleración de la actividad de la construcción (5,5% anual versus el
10,7% del I trimestre). Lo mejor pasó por la intermediación financiera ( 8,7%
interanual desde 5.8% del I trimestre) y electricidad, gas y agua ( 2%
interanual desde -0.1%).
Los analistas esperan, más allá del ciclo de producción agrícola impulsado por
el clima, que la economía siga débil en los próximos trimestres dado el
deterioro de los indicadores de sentimiento de mercado, a pesar de las
políticas fiscales, monetarias y crediticias más estrictas, sobre todo por la
aceleración de la inflación que erosiona el poder adquisitivo y el
endurecimiento de las condiciones crediticias y la cautela en la toma de
decisiones de inversión y de gasto en virtud de la incertidumbre política. A
esto se suma el efecto del lento rebote cíclico de la economía brasileña que
debería limitar las oportunidades de exportación a dicho mercado.
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