Por Mariano Fernández - Sin
duda, el nuevo acuerdo con el FMI ha tranquilizado a los mercados, al menos por
un tiempo, puesto que en el corto plazo despeja las dudas sobre la renovación
del stock de deuda del próximo año.
Más allá de la calma actual, subsisten problemas centrales, dejando en
evidencia que el nuevo acuerdo es más una compra de tiempo, para que finalmente
se puedan arreglar los desequilibrios fiscales. Dejando de lado el problema
fiscal, íntimamente ligado con el elevado peso del Estado en la economía, la
excesiva carga tributaria y la complicada maraña de regulaciones, entre otras
cosas, no queda del todo claro si el Gobierno tendrá éxito en el cumplimiento
de las metas fiscales para el próximo año. Sin duda, persisten los
interrogantes, desde el punto de vista de la solvencia fiscal, debido a la
profundidad de la recesión y a que una parte del gasto se indexa acorde con la
evolución de los precios.
Desde el punto de vista monetario, las nuevas autoridades del BCRA han
inaugurado una nueva regla monetaria que entierra definitivamente al uso de la
tasa como herramienta de estabilización.
Las nuevas autoridades avanzarán hacia un esquema de flotación con bandas
cambiarias tratando de encorsetar la cotización del dólar entre los $34 y $44
con un esquema donde se fijaría la tasa de devaluación en forma preanticipada.
De esta manera la tasa de devaluación nominal se fijaría en 42,6% anual (3%
mensual), llevando teóricamente la cotización del dólar en un año hacia un
valor de banda de entre 48,5 y 62,7 pesos por dólar.
Aclaremos un poco esto. Los sistemas monetarios desde el punto de vista teórico
deben cumplir con requisitos que garanticen la unicidad y estabilidad del
equilibrio.
Si elegimos un sistema de tipo de cambio predeterminado, donde el valor del
dólar oscila en una banda cambiaria fijada por la autoridad monetaria, tal como
fue anunciado, el funcionamiento de éste responde a que la variable de control
de la autoridad monetaria es la tasa de devaluación. Desde el punto de vista
efectivo, poco importa el valor inferior y superior de la banda.
Al fijarse la tasa de devaluación y asumiendo constante el tipo de cambio real,
queda determinado el sendero de los precios (inflación) y la tasa de interés
nominal. Por otro lado, al usarse la tasa de devaluación como instrumento de
política monetaria la cantidad de dinero y su tasa de crecimiento se
transforman en endógenas, no pudiendo la autoridad monetaria alterar
arbitrariamente la misma sin generar una inconsistencia que destruya el sistema
monetario elegido. En este sentido, el objetivo anunciado de fijar en cero,
hasta junio de 2019, la tasa de expansión de la base monetaria choca con la
decisión de devaluar un 3% todos los meses.
Ahora bien, como la brecha cambiaria es amplia, $10 por dólar, el BCRA puede
actuar determinando la tasa de expansión monetaria hasta los límites de la
banda, generando en dicho intervalo una dinámica distinta. Es decir, fijar la
tasa de expansión monetaria dentro de la banda, como herramienta de política
(control de agregados monetarios) condiciona, en ella, el desvío de la tasa de
devaluación y la tasa de interés de su valor de tendencia impuesto por la regla
de política monetaria. En dicha banda el Central no debería intervenir.
Hasta aquí explicamos cómo se comportaría el sistema monetario de acuerdo con
lo expuesto por las autoridades, señalando una inconsistencia entre la tasa de
devaluación y el crecimiento cero de la base monetaria. Al elegir este tipo de
estabilización surgen algunas dudas. En caso de que el tipo real de cambio no
esté en su valor de equilibrio -por ejemplo, debido a la rigidez de contratos,
o al hecho de que los precios todavía no se ajustaron a los desequilibrios del
tipo de cambio nominal de los últimos meses-, aparecería un fenómeno de persistencia
en la tasa de inflación que determinaría el inicio de una nueva etapa de atraso
cambiario haciendo que la "tablita" o su equivalente, la banda de
flotación, inicie un ciclo de inflación en dólares. Bajo este supuesto, la
apreciación del peso desajustaría en el futuro al sector externo generando un
nuevo riesgo de crisis de balanza de pagos.
En caso de que el tipo de cambio real esté en equilibrio, la tasa de
devaluación del 3% mensual determinaría el sendero máximo de inflación y la
tasa de crecimiento endógena de la cantidad de dinero. Si el Central decide
querer controlar la tasa de expansión de la base y fijarla en cero, generaría
una brutal recesión que haría peligrar la meta de ajuste fiscal pactado con el
FMI generando incertidumbre sobre la solvencia de la autoridad fiscal.
El BCRA debe elegir, o fija la tasa de devaluación o controla agregados
monetarios; optar por controlar ambos a la vez nos llevará por mal camino.
(*) Profesor UCEMA
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