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Por Héctor Rubini - El debut de la banda
cambiaria está siendo exitosa, en su inicio, para hacer retroceder el tipo de
cambio. A diferencia de lo esperado la semana pasada, la elección ha sido la de
elevar la tasa de interés de las Leliq a 7 días hasta 74% anual, para que el
tipo de cambio descienda a $38,71. Ubicar el tipo de cambio en torno del centro
de la banda es lo deseable para un régimen de bandas creíble. De sostenerse en
esa zona, hasta podría pensarse en el mejor escenario posible: en abandonar la
banda cambiaria y optar en el futuro por la libre flotación. El problema es
cómo llegar a un escenario de tipo de cambio fluctuante sin impacto en la
inflación ni efectos negativos en la competitividad.
Hasta ahora los variados esquemas con tipo de
cambio prefijado (“tablita”) de la última Dictadura, como los subsiguientes con
tipo de cambio múltiple e intervención del BCRA hasta la Convertibilidad
fueron, con sus más y sus menos, una sucesión de fracasos. La inflación se fue
acelerando y tornándose cada vez más volátil, forzando en varias oportunidades
a políticas monetarias en extremo restrictivas que llevaron a tasas de interés
fuertemente altas que no pudieron sostenerse en el tiempo. El efecto negativo
sobre la intermediación formal y la economía real ha sido inequívoco, dejando
en el camino no pocos proyectos de inversión y junto a una incipiente -y
riesgosa- dinámica de quiebra de empresas, destrucción de vacantes laborales, y
pérdidas para el sector financiero formal.
El dólar en el corto plazo podría seguir
controlado, pero a costa de dificultades de las empresas no financieras para
sostener su capital de trabajo y evitar escenarios de estrés financiero agudo,
concursos preventivos o quiebras.
Forzar un movimiento del tipo de cambio hacia
niveles en torno del centro de la banda cambiaria o a valores inferiores, exige
tasas de interés de las Leliq al 74% anual. Esto permite reducir la expectativa
de nuevas devaluaciones, pero no necesariamente supone un efectivo control de
la base monetaria. El dato publicado al 1° de octubre por el BCRA muestra para
el primer día del nuevo régimen una expansión de la base monetaria por nada
menos que $36.550 M (en todo septiembre la base monetaria registró un aumento
de $ 41.381 M). Cabe esperar que con estas subas de tasas se habría iniciado
una fuerte contracción de base que para eliminar el “overhang” del bimestre
agosto-septiembre por nada menos que $182.848 M.
El 2 de octubre, la tasa de call entre bancos
privados llegó a 75,6% y la de adelantos en cuenta corriente en pesos por $ 10
millones o más a 7 días a empresas no financieras ya estaba a 76,4%. A su vez
el promedio de las tasas de préstamos personales promedio a más de 180 días
registrado por el BCRA era de 60,9%, aunque con una elevada dispersión por
entidades. Y no son pocas las entidades que están cobrando tasas superiores al
130%. Una de ellas, por caso, publica para préstamos a 12 meses para un cliente
clasificado como de alta capacidad de repago una tasa de 127,4%, mientras que
para los que califican de mayor riesgo, tasas entre 213,6% y 288,9%. A 48
meses, el rango de tasas por tipo de clientes va, en el caso de esa entidad, de
121,13% a 259,1% anual.
Para las micro y pequeñas empresas el costo
financiero es un componente de sus costos que en un contexto inflacionario se
termina trasladando a los precios, pero a nivel agregado también conduce a la
contracción de la producción.
En la literatura económica esto conduce al
llamado efecto Cavallo-Patman: la suba de tasas de interés, junto al
racionamiento de crédito bancario formal conduce no sólo a la desintermediación
financiera y a costos más altos, sino a un sesgo estanflacionario que es
justamente lo que en definitiva se trata de evitar.
El inicio del nuevo régimen pareciera ajustarse
a esa caracterización. La menor liquidez reduce la demanda de dólares y se
enmarca en un programa que reduciría a cero la probabilidad default de la
deuda. Pero la conexión entre costo de crédito y capital de trabajo de las
empresas hace que el impacto estanflacionario sea inevitablemente más rápido y
agudo que la baja de la inflación asociable al enfriamiento de la demanda
agregada. Lo más inmediato será la contracción de la inversión,
la producción y el empleo, y no la baja de la inflación. Máxime cuando se
mantiene sin cambios la indexación de contratos y precios regulados, y las
subas persistentes de combustibles y tarifas públicas. A esto se sumará también
la fuerte presión de los gremios para recomponer salarios reales y lograr
también la revisión mensual de las paritarias laborales.
Sin inflación en rápido descenso, la meta de
crecimiento cero de la base monetaria sustituye, como advirtiera Guillermo
Calvo el pasado fin de semana, el “sudden stop” externo por uno interno. Si
dicha política no desacelera la inflación con una suba de precios en 12 meses
de un 42%, y crecimiento cero de la base monetaria, la cantidad real de dinero
en el bolsillo de todos los argentinos se destruye nada menos que en 30%.
Consecuencia inevitable de una estrategia que se basa en la renuncia a
políticas anticíclicas en respuesta a perturbaciones reales.
Sin embargo, frente a una inevitable y
persistente volatilidad de precios relativos, no es fácil creer que una regla
incondicional de crecimiento cero de la base monetaria se pueda mantener en el
tiempo ante cambios en precios relativos. Menos aun cuando no se observa un
giro claro y decidido hacia una efectiva reducción de la suma de pasivos
fiscales y cuasifiscales del sector público consolidado (incluyendo el BCRA).
Cabe preguntarse, por ejemplo, ¿cuáles son las tasas de interés de equilibrio
bajo el nuevo régimen? ¿Cuál sería la -deseable- menor inflación sostenible en
el largo plazo? Y no son los únicos interrogantes sin respuesta inmediata.
Resultado inevitable de un cambio de régimen que debería mostrar algunos
progresos adicionales para facilitar y simplificar la formación de
expectativas, y sugerir alguna vía de salida de un período de estanflación por
ahora de final incierto.
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