Las últimas rondas de negociaciones entre los dos bloque se habían concretado
el mes pasado en la sede del bloque sudamericano en Montevideo. Allí, el
canciller uruguayo y anfitrión de la reunión Rodolfo Nin Novoa, había
reconocido que el potencial acuerdo se encontraba trabado en muchos capítulos
fundamentales; comenzando por las diferentes cuotas de alimentos (carne,
azúcar, derivados de las harinas) que la UE le concedería a los países
sudamericanos. En ese momento, de los 14 capítulos generales en discusión,
había acuerdo en 10, mientras que en otros 4 continuaban las negociaciones
abiertas, con mayor o menor cercanía de un cierre final; pero con discusiones
que sólo podrían haberse solucionado con decisiones políticas de los jefes de
Estado involucrados.
Si bien desde Uruguay y la UE se consideraba en la reunión de Montevideo que el
acuerdo estaba en una especie de limbo y que se debería esperar hasta el 2019
para anunciar avances serios; aseguraban los negociadores argentinos que al
llegar a uno o dos capítulos sin cerrar, cabía la posibilidad de un
pronunciamiento "político" en la cumbre del G-20 de Buenos Aires.
Para que esto hubiera sido posible, desde la UE se reclamaba que también Brasil
expusiera un criterio negociador tan fuerte como el de la Argentina; incluyendo
algún tipo de compromiso para que se cierren las negociaciones con límites para
diciembre del año próximo. Desde el gobierno de Temer se le prometió siempre a
Macri apoyo y "buena fe", pero se respetaba que la decisión final
debía tomarla su sucesor.
El triunfador del domingo es un enemigo declarado, al menos en campaña, de los
acuerdos de apertura económica; al punto de prometer a sus votantes una era de
proteccionismo moderno para la economía industrial de su país. Entre los
sectores que prometió proteger se incluyen los electrodomésticos, los alimentos
con valor agregado, los farmacéuticos, las autopartes, plásticos, químicos e
insumos industriales, entre otros rubros. Todos estos se encuentran dentro de
los sectores en los que ya había acuerdo con la UE, con lo que de aplicar
Bolsonaro sus promesas industriales de protección expresadas en campaña; el
acuerdo entre el Mercosur y la UE entrará en un cono de sombras.
Nada que sorprenda. De hecho sería el mismo status quo que venían sosteniendo
las negociaciones durante 20 años. Sería simplemente mantener la situación
actual sin mayores modificaciones. La mala noticia sería para el Gobierno
argentino, principal impulsor de un acuerdo de este tipo desde que Mauricio
Macri llegó a la presidencia. Tendrá el jefe de Estado argentino que
resignarse.
Pero hay un peligro superior. Se cree que Uruguay, cansado de las trabas para
avanzar en el pacto final, podría reclamar su independencia para discutir
unilateralmente un acuerdo independiente, lo que según el estatuto del
Mercosur, equivaldría a su teórico fin.

