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Por Claudio Zlotnik - “Invertir
en la Argentina es como participar del 'juego de las sillas', pero en el
momento en el que todos vemos que el DJ se dispone a parar la música. Sabemos
que es cuestión de segundos y que, inexorablemente, sucederá. Y nadie quiere
arriesgar a quedarse parado, sin nada”.
Este ejemplo, que un analista le mandó a un cliente, sirve para resumir
la visión que tienen en uno de los bancos de inversión referentes de Wall Street sobre la actualidad económica
y financiera de la Argentina. Y es compartida por muchas entidades.
Este año, hubo grandes fondos de inversión con fuertes quebrantos por la
crisis. Muchos quedaron traumados. Y a pesar del último acuerdo con el
Fondo Monetario, que garantiza los pagos de los vencimientos de la deuda hasta
finales del próximo año, no se atreven a volver a apostar.
Este “sentimiento” mayoritario de precaución se evidencia en los precios
de los papeles de la deuda argentinos, que aún hoy muestran rendimientos por
arriba del 9% anual. Claramente, por encima de lo que ocurre con bonos
similares en países emergentes.
Después del porrazo que sufrió la economía argentina y tras las medidas
anunciadas por el BCRA y el acuerdo con el FMI, los inversores siguen
desconfiando. Eso parece claro. ¿Cuál sería el temor si el repago de la deuda
está asegurado?
Más aún: los títulos públicos que cotizan en Wall Street fueron emitidos en dólares y
bajo la legislación estadounidense, que ya demostró su eficacia para devolverle
sus divisas a los financistas. ¡Y entonces! ¿Cuál es el inconveniente?
Dudas políticas y económicas
Al día de hoy conviven dos respuestas para esa misma inquietud. Una, si
se quiere, de origen técnico. La otra, refiere al horizonte político del país.
Sobre esta última cuestión, las dudas lucen completamente justificadas:
desde el peronismo, dos de sus máximos referentes, tanto Cristina Kirchner
como Sergio Massa, ya anunciaron su disposición a revisar la deuda tomada por
Mauricio Macri en caso de llegar al poder.
Lo estrictamente económico y financiero se relaciona con lo que, para
ciertos inversores, luce como una inconsistencia más del “modelo” argentino.
Una imputación que se analiza desde distintos ángulos. Hoy en día, la
variable clave que monitorean en Wall Street ya no es el tipo de cambio.
Con un dólar bordeando los $40, nadie discute que la economía ya recuperó la
competitividad que le faltó en los últimos años.
La variable que ahora se observa es la tasa de interés de referencia. La
suba por encima del 70% anual le permitió al Banco Central cortar la ola
devaluatoria. Junto con un apretón monetario sin precedentes, y el respaldo de
los dólares del Fondo Monetario, se convirtieron en el trípode que logró
contener al dólar.
Pero ahora la cuestión es que esa tasa de interés ahoga la
actividad económica y pone en riesgo los balances de las empresas y de los
bancos. El costo del dinero en esos niveles se ha convertido en un
verdadero costo para las compañías.
Las fabricantes líderes -sobre todo en el sector de la alimentación-
están trasladando ese costo más elevado a los precios de los productos que
venden, una tendencia que profundiza la recesión.
¿El diagnóstico errado?
En Wall Street, los bancos internacionales toman
recaudos. Básicamente porque, antes de volver a tomar apuestas por los activos
argentinos, los inversores quieren saber si el Gobierno, esta vez, tiene el
diagnóstico correcto. Muchos dudan.
El macrismo ya planteó que, ahora que logró estabilizar el mercado
cambiario, la economía saldrá -inexorablemente- del ciclo recesivo. Que pasará
a terreno positivo gracias al mejor tipo de cambio relativo, a las inversiones
cada vez más relevantes en “Vaca Muerta”, y gracias a que la próxima campaña
agrícola volverá a ser potente, y dejará los dólares necesarios para volver a
crecer.
¿Círculo virtuoso o círculo vicioso? En, definitiva, ésa es la gran
cuestión que formulan los financistas.
Es decir, si el Banco Central podrá iniciar una baja de las tasas
de interés en el corto plazo. El costo del dinero en valores (reales)
históricos no sólo hunde la actividad económica y lesiona la cadena de pagos.
En Wall Street, donde tienen emitida deuda algunas
de las principales compañías argentinas, golpea a los balances de esas
empresas. Y también de los bancos.
El incremento de los costos que implica una tasa en los niveles
actuales, sobre todo a mediano plazo, y el mar de Leliqs que ya comenzó a
inundar los activos de las entidades financieras son observados con lupa por
los analistas de Nueva York.
La expectativa de esos operadores es que el tándem
Dujovne-Sandleris tendrá serias dificultades para bajar la tasa de interés.
Al contrario, lo que se observa es que antes del último fin de semana,
algunos de los bancos líderes elevaron aun más el costo que les cobran a las
empresas para operar en descubierto.
El error de diagnóstico del Gobierno, de acuerdo con la visión de
algunos bancos, radica en que la inflación no se desacelerará rápidamente.
Consideran que los funcionarios subestiman la potencia a la inflación inercial. La
experiencia reciente de la historia económica -donde dicha inflación inercial
no se sosegó ni siquiera en los momentos de calma cambiaria-, por el contrario,
debería adjudicarle relevancia a ese escenario pesimista.
En este contexto, la prima de riesgo paìs se convirtió, nuevamente, en
el mejor indicador de la crisis. El índice aumentó ocho puntos la última
semana, y cerró en 663 puntos. En teoría, debería ocurrir lo contrario: el
riesgo argentina tendría que ser cada día más bajo.
Si el último acuerdo con el FMI garantiza el repago de la deuda y la
cotización del dólar va para abajo (en la semana cayó 7
centavos, a $37,53), las excusas para no invertir en la Argentina deberían
licuarse.
Pero el “mercado” no se detiene en la foto sino que proyecta la
película hacia adelante.
El factor político
La postal política resulta determinante a la hora de explicar el
escenario financiero actual. Para Wall Street, las elecciones son la pared que
está por delante, y que se acerca de manera inevitable.
En la Argentina, el año electoral, históricamente, se convirtió en un
período de fuerte fuga de capitales. Sucedió cuando Carlos Menem era
presidente. Cuando Fernando de la Rúa era el candidato preferido y no se dudaba
de su triunfo. Y también cuando Cristina Kirchner iba por su reelección, y
hasta cuando Mauricio Macri (en 2017) intentaba revalidarse en las elecciones
de medio término.
Siempre fue así: el año electoral está marcado por las tensiones
cambiarias. ¿Por qué sería diferente el año que viene? No hay ninguna
razón para ilusionarse. Un rápido punteo de lo que -hasta el día de hoy- se
vendría:
Una “moneda al aire” en la competencia entre CFK y Macri. La grieta
juega en contra de empujar a las expectativas. No hace falta ahondar demasiado
en lo que para el mercado significaría un triunfo del kirchnerismo en 2019.
El peronismo promete la revisión de la deuda y del acuerdo con el FMI. Ya
lo instalaron tanto CFK como Massa, en representación de la “alternativa
peronista”.
¿Podrá Macri ser reelecto en medio de la recesión? Sólo Carlos Menem lo
logró en un contexto de pavura colectiva ante la salida del uno a uno de la
convertibilidad. Lo que en aquel entonces se conoció como el “voto cuota”.
¿Y entonces? Mientras avanza la cuenta regresiva rumbo a las elecciones,
los financistas no le sacan los ojos de encima a los pasos que da el Gobierno
para salir de la crisis. Está claro que el veredicto es que el acuerdo con el
Fondo no alcanza para volver a confiar.
Los inversores creen que la mejor fórmula para que gane Macri será si la
actividad económica muestra alguna reanimación. Y sobre eso, se sabe, no hay
nada a la vista. Ni siquiera un plan de cortísimo plazo que, aunque sea, sirva
para frenar el alza de los productos de la canasta básica, que ayude a
morigerar la caída del consumo masivo.
Y ahí es donde aparecen las críticas a la ausencia de gestión del
Ejecutivo. Algo que es compartido entre los financistas, más allá de las
diferentes miradas sobre las medidas que podrían adoptarse para morigerar los
efectos de la crisis.
Mientras sea así, en el juego de las sillas todos se aferran al asiento
que tienen más cerca. Nadie arriesga. Y el juego pierde su esencia.
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