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Por Roberto Cachanosky - Diputados del oficialismo y de la
oposición se pusieron de acuerdo para aumentar los impuestos
La situación económica llegó a
un punto en el cual la dirigencia política está dando un espectáculo patético.
El Gobierno relatando la
crisis como si hubiese caído del cielo. Como si fuesen simples relatores
de un partido de fútbol. Encima, ofrecen escasas propuestas de soluciones con
ciencia e insisten con una postura de buena onda que, a esta altura del
partido, luce casi irresponsable.
Por el lado de la oposición
tenemos al peronismo tradicional que solo parece decir que es una
barbaridad lo que está pasando, pero no se les cae una idea para ofrecer una
salida consistente. Se limitan a decir que de esta crisis se sale con
crecimiento, no bajando el gasto público, baja del gasto público, que brilla
por su ausencia, baja que ellos entienden que eso es el ajuste. Propuesta
absurda que no tiene en cuenta que la economía argentina no puede arrancar
empujando el pesado vagón del Estado. No hay suficientes caballos de
fuerza en el escuálido motor del sector privado para mover semejante aparato
estatal a nivel nacional, provincial y municipal.
Finalmente, el papel más
deplorable lo hace, como de costumbre, el kirchnerismo que es el
responsable de habernos metido en este campo minado del cual se puede salir
pero con mucha ciencia y abundante docencia económica para que la gente
comprenda el sentido de las medidas que hay que adoptar, que por cierto, no son
las que está adoptando el gobierno, que se empecina en ofrecer, como toda
propuesta económica, discursos de optimismo y entusiasmo.
Obviamente, ni que hablar
del sindicalismo, en gran medida corrupto y oportunista, con un Hugo Moyano que
primero estuvo aliado con Néstor Kirchner, luego se pasó a la oposición, se
juntó con el macrismo y ahora está diciendo que en la época del kirchnerismo
las cosas estaban mejor. El grado de cinismo del sindicalismo llega a los
niveles que estamos acostumbrados a ver en esa dirigencia pero incluso ya
supera la media histórica.
Lo concreto es que casi nadie
de la dirigencia política argentina se anima a contar la realidad. Que venimos
de una larga decadencia económica que fue potenciada por el kirchnerismo hasta
niveles insólitos con un nivel de gasto público récord histórico y de
deplorable calidad. Un país que ha sido devastado en su infraestructura por el
kirchenerismo, destruyendo el sistema energético, las rutas, los puertos, el
stock de gas, el transporte público, doce millones de cabezas de ganado y el
listado sigue.
El peso del gasto público es
infinanciable
Si uno tiene en claro que este
nivel de gasto público es infinanciable por el sector privado y que la carga
tributaria que dejó doce años de gobierno K destruye al sector privado y
desestimula cualquier proyecto de inversión, es evidente que recuperarnos
va a llevar muchos años y sacrificios importantes.
Porque los países pueden
recuperarse de una guerra, pero es mucho más complicado recuperar un país
que destrozó el respeto a la propiedad privada; un Estado que incumplió con sus
contratos; que es defaulteador serial y confiscador de activos (corralito,
corralón, default con festejo de los políticos incluido, confiscación de los
depósitos, de los ahorros en las AFJP y pesificación asimétrica).
En fin, es más fácil recuperar
un país que viene de una guerra que un país que destrozó sus instituciones.
Las casas, los caminos, las
cañerías se reconstruyen con plata. Reconstruir la confianza en las
instituciones de un país ya son palabras mayores. Para reconstruir las
instituciones de un país, se requiere, en primer lugar, de una dirigencia
política que esté dispuesta a dejar de lado el populismo y cambiar su discurso.
Un discurso que no aporta
soluciones concretas
La realidad es que hoy ese
discurso no se ve ni en la oposición ni en el gobierno. Entre ellos hay una
competencia por ver quien otorgó más planes sociales.
El Gobierno muestra como un
logro destinar más del 60% del Presupuesto en programas sociales, cuando
debería ser la muestra cabal del fracaso de la política económica. Es más,
el principal argumento que parece tener para no cambiar se limita a decir es
que es esto o vuelve el kirchnerismo, es un discurso extorsivo que no
formula una propuesta superadora hacia el futuro. El problema es que la
gente está haciendo un enorme sacrificio para sostener los planes sociales, la
burocracia estatal, los jubilados que nunca aportaron y demás gastos estatales,
sin ver una luz al final del túnel.
Atención, no vaya a ser cosa
que, cansada de no ver un camino de salida, el gobierno, por jugar con la
extorsión de la vuelta del kirchnerismo, termine cansando a la gente que no le
encuentra sentido al sacrificio que está haciendo.
Desde el punto de vista
electoral, la cuenta es muy fácil. Entre gente que recibe planes sociales,
jubilados y empleados públicos a nivel nacional, provincial y municipal,
tenemos 21 millones de personas. Los que pagamos ese fiesta populista somos
solo 7 millones.
Para el político que está
pensando únicamente en las próximas elecciones, es más fácil apostar al
populismo redistributivo argumentando que es para frenar una crisis social con
derivaciones imprevisibles, que ponerse a desarmar ese monumental Estado
financiador de la vagancia y el clientelismo político.
Competencia populista
La democracia en Argentina,
definitivamente se ha transformado en una competencia populista para ver quién
ofrece más planes sociales, explotando, como es costumbre, al sector privado.
Así, gobierno y oposición se han puesto de acuerdo para postergar rebajas de
impuestos, aumentar impuestos a las exportaciones y bienes personales,
entre otros. Prefieren exprimiendo con impuestos a 7 millones de votantes y
repartirlo entre 21 millones que les asegura un importante caudal de votos,
aunque en el caso de Cambiemos, nada le asegura que la plata que gasta en
clientelismo político, se traduzca en mayor caudal electoral para el
oficialismo.
Pero atención, que lo que
hoy parece imposible para los políticos puede dejar de serlo, que es decirle a
los que viven de planes sociales que tienen que ir a trabajar y que hay
empleados públicos de sobra. Algo está cambiando en América Latina. Lo
políticamente incorrecto puede estar transformándose en la forma de conseguir
el voto de millones de personas que se esfuerzan todos los días sin tener un
futuro de prosperidad a la vista.
La gente de Cambiemos parece
no advertir que la gente trabajadora que se levanta a las 5 de la mañana para
ir a su trabajo, gente humilde, tiene que soportar la burla de planeros que a
su regreso se les ríen en la cara porque van a trabajar. Esto no es relato, es
algo que pasa realmente en los barrios humildes. Sus timbreos no parecen estar
llegando a las puertas de las casas de la gente que soporta esta humillación.
El camino equivocado
Todos sabemos, incluido el
Gobierno, que esta política económica no es la correcta para salir de décadas
de populismo. Y todos sabemos que si no hay un golpe de timón, enfrentaremos
otra crisis. No es cierto que ya chocamos y ahora comienza la
recuperación. Ningún país se ha recuperado aumentando el gasto público y los
impuestos.
Porque eso es lo que está
haciendo el Gobierno. Enfrentando la herencia K con más impuestos, más gasto
público, endeudamiento y altísimas tasas de interés. Que el mercado cambiario
esté un tiempo en calma no quiere decir que ya hayamos superado la crisis. Por
el contrario, puede ser la calma que precede a una nueva tormenta.
Esto no se arregla con más
planes sociales. Ni siquiera sirven como parches. Esto se arregla cambiando el
discurso voluntarista por un discurso realista, que describa con crudeza la
realidad que vive el país. No se arregla comentando la crisis como si
hubiese caído del cielo en forma inesperada. Se arregla diciendo dónde estamos
parados, qué medidas hay que tomar para salir de la decadencia y por qué esas
medidas nos llevarán a buen puerto.
No es tan difícil comunicar
que de la decadencia se sale trabajando y que la función del estado se limita a
crear las condiciones para estimular el trabajo productivo y no creando las
condiciones para estimular la vagancia planera del clientelismo político.
Hay que achicar el ministerio
de la felicidad que maneja Carolina Stanley, que reparte miles de millones de
pesos del sufrido contribuyente y agrandar las condiciones para que sean
premiadas la capacidad de innovación y la cultura del trabajo y no
castigados, como lo son actualmente por un Estado voraz que no logra que recursos
algunos le alcance para financiar un populismo con el que nadie se anima
a terminar.
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