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Por Felipe Frydman - La
retórica del presidente Donald Trump contra la Organización Mundial del
Comercio (OMC), los Acuerdos de Libre Comercio y la imposición de tarifas
adicionales fue interpretada como la vuelta al proteccionismo y el final de la
globalización. La utilización de la sección 232 del Acta de Comercio de 1962
que permite al presidente elevar aranceles sin la aprobación del Congreso por
motivos de seguridad fortaleció la imagen proteccionista. En estos dos años,
los Estados Unidos redoblaron sus críticas a la OMC y otros organismos
multilaterales para embarcarse en negociaciones bilaterales donde ejercen su
poder económico.
En ese lapso, el presidente
Trump renegoció y firmó tres acuerdos de libre comercio: México, Canadá y Corea
del Sur, igualando a los acuerdos concluidos por el presidente Barack Obama en
2011 con Colombia, Panamá y el ahora renegociado con Corea. El inicio enfrentó
a las partes con posiciones rígidas incluyendo referencias a la construcción
del muro en la frontera con México. Con el correr de los meses y a pesar
de las descalificaciones, hubo flexibilidad y entendimiento de la importancia
de los intereses creados durante la vigencia de los acuerdos. La
delegación de México incluyó un representante del equipo del presidente electo
Manuel López Obrador para garantizar el respaldo del próximo gobierno.
El comercio entre los tres
países reunidos en el USMCA, nueva denominación del NAFTA, totaliza 1288 mil
millones y Estados Unidos-Corea, 145 mil millones de dólares. Las cantidades
muestran la eficiencia para cerrar los acuerdos si se compara con otras
negociaciones. El USTR solicitará al Congreso autorización para iniciar
negociaciones con Japón, Reino Unidos y Unión Europea que representan 825.668
millones.
La Unión Europea concluyó este
año el Acuerdo de Asociación Económica con Japón y el Acuerdo de Comercio e
Inversiones con Singapur, e inició las negociaciones con Nueva Zelanda y
Australia. Estos dos países son miembros del Acuerdo Progresivo de Asociación
Transpacífico (CPTPP). En abril la Unión Europea cerró la revisión del acuerdo
con México y en septiembre se cumplió un año del Acuerdo Integral Económico
(CETA) y Comercio con Canadá. En este contexto, resulta difícil entender
la reticencia de la Unión Europea de concluir las negociaciones con el Mercosur
que llevan 18 años. Las exportaciones y las importaciones del Mercosur
representan el 0,9% y 0,8% del total de la Unión Europea.
Las negociaciones bilaterales
han tomado un nuevo impulso. El objetivo del presidente Trump es mejorar el
acceso para las empresas norteamericanas sin necesidad de extender concesiones
a otros países con base en la cláusula de nación más favorecida, y en especial
a China. El "comercio justo" significa condiciones de acceso
equivalentes y evitar la relocalización de inversiones para sortear los
aranceles de importación. La amenaza de elevar los aranceles para los autos
europeos forzó a Alemania a reconsiderar su política de protección y acceder a
una negociación donde los aranceles de ese sector terminarán iguales. La paridad
no corregirá los desequilibrios de la balanza comercial que dependen de
variables macroeconómicas pero acentuará la competencia.
China representa la otra
visión. El premier chino, Li Keqiang, sostuvo en Bruselas que los países deben
ampliar el multilateralismo para promover una división del trabajo inclusivo y
equilibrado que tome en cuenta los intereses de los países en desarrollo. El
premier Li efectuó un llamado para promover el crecimiento económico global y
reducir la brecha norte-sur. En respuesta a las posiciones de la UE, Estados
Unidos y Japón recordó que China es aún un país en desarrollo con un progreso
insuficiente y desequilibrado.
La preferencia por las
negociaciones bilaterales menoscaba los esfuerzos del Mercosur para abrir su
economía porque tanto la Unión Europea como los Estados Unidos son exportadores
agroindustriales. En las negociaciones el Mercosur debería al menos empatar las
concesiones otorgadas por México, Canadá, Corea, Japón y las que eventualmente
obtengan Nueva Zelanda y Australia para no perder acceso a esos mercados;
mejorar las condiciones pareciera difícil. La política de negociaciones
bilaterales siempre ha beneficiado a los países con mayor potencial económico,
no dejando muchas alternativas a los países de menor desarrollo.
El autor es diplomático.
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