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Por Matías Carugati (Economista
Jefe M&F Consultora) - La economía empieza a mostrar los fuertes daños que
dejó el paso de la tormenta. Si bien es prematuro decir que lo peor ya
pasó (de hecho, hubo varios amagos en menos de doce meses), pareciera que el
BCRA finalmente está recuperando el control de la situación. Y mientras el
dólar flota dentro de la zona de no intervención, comienzan a publicarse
estadísticas que muestran una realidad debilitada, tal como era de esperar.
Inflación elevada, actividad en baja e indicadores socio-económicos más
deteriorados. A medida que transcurran los meses, el diagnóstico de esta
coyuntura será más preciso en cifras pero, al menos cualitativamente, ya
sabemos qué esperar de 2018.
El 2019 será un año “menos
malo” que el actual. Si el clima acompaña, el agro nuevamente será el
tractor que sacará a la economía de la recesión. Y la demanda externa aportaría
algo de empuje al resto de las exportaciones, aunque con riesgos evidentes
(guerras comerciales desatadas por Donald Trump y el destino de Brasil
poselecciones). La actividad también sería ayudada por una recomposición
(parcial) del poder adquisitivo de los hogares. De inversiones mejor no hablar,
ya que las decisiones estarán afectadas por la incertidumbre política. En
materia de inflación, si no hay sorpresas, el recorrido debería ir de mayor a
menor, devolviéndonos más o menos a la misma situación que había antes de las
corridas cambiarias. En suma, una economía que se recupera (algo) y una
inflación que cede (pero no más allá de lo que estábamos acostumbrados).
Para llegar a fines del 2019
todavía hay que recorrer un largo camino. Los riesgos externos no dependen
del Gobierno, aunque los daños pueden minimizarse, ya sea mediante un
diagnóstico acertado y/o planes de contingencia para eventualidades. Los
riesgos internos sí son responsabilidad exclusiva del Gobierno. Más que
estabilizar a corto plazo, morigerar los daños ocasionados y evitar problemas
en 2019 no hay. ¿Parece poco? En el medio hay unas elecciones que parecían
definidas de antemano y cuyo resultado hoy está en discusión. Que la economía
“no haga olas” sería todo un avance.
¿Una película de terror? Si
pensamos la gestión completa de Mauricio Macri al frente del Gobierno, vemos
que el cuadro no parece del todo agradable. Mucha inflación, poco crecimiento,
menos riqueza (PIB per cápita), pobreza (en el mejor de los casos) estancada,
distribución del ingreso igual o más regresiva que cuando asumió. Y el FMI
dentro del país, examinando y auditando la situación. No hace falta consultar a
un economista. Basta con salir a la calle y preguntarle a cualquier persona si
vive mejor que hace unos años. La mayoría de las respuestas no lo sorprenderá.
A pesar de todo, el vaso tiene
algo de agua. El que se siente en el sillón presidencial a fines del 2019
va a tener cierto beneficio de inventario, resultado de las crisis que vivimos,
pero también de las decisiones del Gobierno actual. Un repaso rápido pero no
exhaustivo arroja: a) colchón cambiario “aceptable”; b) tarifas prácticamente
corregidas; c) finanzas públicas ordenadas; d) cuentas externas más cerca del
equilibrio; e) reinserción del país en el mundo; f) marco regulatorio algo más
renovado, y g) normalidad institucional (Macri sería el primer Presidente no
peronista en finalizar su mandato desde Marcelo T. Alvear). La crisis moldea
nuestras percepciones, pero esto no es poca cosa. El próximo Presidente tendrá
que resolver muchos problemas, algunos más nuevos que otros. Sobre todo en
materia social. Pero también contará con ciertas cosas más encaminadas que lo
que estaban cuatro años atrás.
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