Por Fernando Gutiérrez -
Juan Diego Wasilevsky - Entre industriales argentinos preocupa la amenaza del
presidente electo sobre bajar aranceles y flexibilizar el bloque. Pero en la
Casa Rosada hay una mirada diferente
No por previsible, la elección de Jair Bolsonaro dejó
de tener un impacto fuerte sobre Argentina.
El primero fue negativo: las
declaraciones del virtual ministro de Hacienda, Paulo Guedes, en el sentido de
que el Mercosur no será una prioridad en la nueva agenda brasileña,
pareció confirmar los peores temores de
los empresarios argentinos, en el sentido de que se podría resentir la relación
con el principal socio comercial y aliado estratégico.
Industrias enteras –como el
caso paradigmático de la automotriz- no sólo tienen al mercado brasileño como
principal destino de exportación sino que hasta son difíciles de concebir sin
una estrecha integración con el vecino.
De hecho, ahora mismo las
terminales argentinas están repuntando en sus niveles de producción aun cuando
el mercado doméstico muestra una caída de las ventas.
En un evento corporativo, el
CEO de Volkswagen para América latina, Pablo Di Si, le puso números a la
situación: “Mientras se proyecta un crecimiento del 14% para el mercado
brasileño, cercano a las 2,5 millones de unidades, más otro salto de 10% en
2019, en Argentina se espera para 2018 un mercado de 770.000 unidades (caída
del 14%) y en 2019 bajaría a 700.000 patentamientos”.
Por cierto
que en ese evento, el tema de las elecciones brasileñas fue central: cuanto más se aleja la industria argentina de su récord de un millón
de autos vendidos, más relevante se torna la ayuda del país vecino.
Y las señales del “día
después” siguieron alimentando inquietudes. El hecho de que el electo
presidente de Brasil haya
elegido Chile como primer país al cual hacer una visita oficial pareció otra
señal sugestiva: no sólo pasó por alto a la
Argentina sino a todo el Mercosur y pareció privilegiar al país más liberal y
“market friendly” de la región, el que más avanzado está en materia de
acuerdos bilaterales de libre comercio en solitario.
Como música de fondo, la
mayoría de los análisis políticos en Argentina focalizaban en la condición de
“anti sistema” que implicaba el voto para el nuevo mandatario brasileño y se
hacían símiles con el “que se vayan todos” del 2002 y el advenimiento de Donald
Trump a la Casa Blanca.
Algo así como el surgimiento
de una corriente de democracia devaluada, autoritarismo creciente y rechazo a
la globalización que sólo podrían contribuir a ahondar la crisis argentina.
Sin embargo, la realidad es que la lectura que se hace en el
gobierno de MauricioMacri dista
de tener una mirada tan pesimista respecto del “efecto Bolsonaro”.
Con los ojos en el real
Para empezar, quedó claro –ya
lo estaba desde la primera vuelta, en realidad- que el mercado de capitales
recibió el triunfo de Bolsonaro como
una buena noticia.
La bolsa paulista, que en el
último mes y medio lleva acumulada una suba de 29%, marcó un nuevo máximo histórico intradiario,
si bien concluyó la jornada del lunes con una toma de ganancias, dado que el
mercado descontaba un triunfo del líder del Partido Social Liberal.
Ahora, se espera un contagio
justo en el momento en que la economía argentina más lo necesita. Los
economistas argentinos suelen recordar que por cada punto del PBI que
crece Brasil,
genera un efecto arrastre de un cuarto de punto para la Argentina.
Pero, acaso más importante en
el corto plazo, el real brasileño, que se
había apreciado un 15% en la previa a la segunda vuelta, también continuó su
escalada alcista frente al dólar y
el resto de las divisas. Este, incluso, es un proceso que podría extenderse en
el tiempo.
Desde Ecolatina postulan que
en 2019 habrá un doble efecto positivo: por un lado, la economía brasileña será
“más pujante”. En segundo lugar, el real
se irá fortaleciendo, dado que “se prevé un importante flujo de capitales” hacia
el país vecino que tenderá a debilitar al billete verde.
Que el principal socio
comercial fortalezca su moneda es sinónimo de una mejor perspectiva de
exportaciones para la Argentina.
Pero, también supone que el
temor a un nuevo retraso cambiario –consecuencia de la aplicación de la nueva
banda cambiaria- pueda quedar relativamente atenuado. Aun cuando el macrismo
cumpla su objetivo de planchar al dólar en
el año electoral, eso no necesariamente implicará una pérdida de competitividad
en el contexto regional.
Desde Delphos Investment
coinciden en el diagnóstico y plantean que “la
apreciación del real implicará una mayor estabilidad para el peso argentino en
el corto plazo”.
El crecimiento de la economía
brasileña es otro motivo que lleva tranquilidad al Gobierno: el año pasado, el
PBI concluyó con una suba del 1% y para este 2018 se encamina a expandirse
1,35%.
Welber Barral, consultor de
empresas y ex secretario de Comercio Exterior en tiempos de Lula, afirmó
a iProfesional que “la perspectiva
para 2019 es la de un crecimiento de al menos 2%. Y, si prosperan las
reformas que plantea Bolsonaro,
entonces se puede aspirar a una mejora de la actividad más importante”.
Como consecuencia del cambio
de tendencia –aunque también por el menor ritmo de actividad en la Argentina,
que hizo caer las importaciones-, el abultado déficit bilateral, que en 2017
fue de u$s8.200 millones, este año podría
caer hasta los u$s4.500 millones, una mejora nada menos que del 45%.
Desde Delphos coinciden en
señalar que “las exportaciones argentinas sentirán el efecto positivo de la
recuperación del país vecino”.
Frente a este panorama,
expertos prevén que, de mantenerse la tendencia, incluso se podría revertir el
rojo comercial, con altas chances de que
el saldo de la balanza vuelva a terreno positivo.
Sin embargo, desde Delphos
Investment alertan que no alcanza con que la Argentina mantenga la velocidad
crucero: “Lo bueno de corto plazo podría no serlo tanto en el mediano término
si nuestro país no sigue el camino en materia de reformas estructurales que
propone actualmente el equipo económico de Bolsonaro”,
advierten.
El dilema del Mercosur
En el plano estrictamente del
relacionamiento bilateral, los empresarios en la Argentina recibieron como un
trago amargo las palabras del futuro “super ministro” Paulo Guedes.
El aliado de Bolsonaro consideró
"demasiado restrictivo" el Mercosur y aseguró: "No seremos prisioneros de relaciones ideológicas.
Haremos comercio con todo el mundo".
Y, ante la consulta sobre cómo
sería la relación bilateral entre la Argentina y Brasil,
Guedes lanzó lo que para algunos fue una bomba: “La
Argentina no es una prioridad y el Mercosur tampoco”.
Para nosotros, la prioridad es
comerciar con todo el mundo", volvió a recalcar.
Frente a estas declaraciones,
la Casa Rosada optó por la cautela. Cuando los periodistas quisieron conocer la
opinión del canciller Jorge Faurie respecto de si había que esperar una pérdida
de protagonismo del Mercosur, éste insinuó que consideraba las frases de las
últimas horas como dichos propios de una campaña electoral, a los que había que
entender en ese contexto.
“Dejemos ahora que los
ministros designados por el presidente los vayamos conociendo por sus
decisiones fuera de la campaña”, apuntó el canciller.
“Brasil es
nuestro principal socio, es el país con el que hemos construido nuestra
historia, nuestras vinculaciones y también hemos construido el Mercosur, y
tenemos que seguir trabajando para adecuarlo en función de los tiempos en que
cada uno vive”, agregó.
Y hasta buscó un punto de
coincidencia con las declaraciones de Guedes, en el sentido de que nadie quiere un bloque de integración regional
en el que el elemento de cohesión sea más ideológico que económico.
“En la Argentina estuvimos
intentando desde hace tres años que los procesos de integración cumplan con los
objetivos para los cuales fueron creados, la integración física, energética,
comercial, y no dejar que esos mecanismos queden connotados por los discursos
ideológicos”, argumentó.
Quienes acostumbran leer las
entrelíneas del lenguaje diplomático ven allí la apertura de una esperanza para
la política exterior macrista.
Después de todo, el Presidente argentino ha fijado como prioridad
estratégica la mirada hacia el Pacífico y la conveniencia de
explorar nuevos tratados de libre comercio. Y el ejemplo de Chile y Perú, que
han avanzado en procesos de integración con potencias asiáticas quedaba
flotando como una alusión y una aspiración obvia.
De hecho, este lunes, en el
marco de la entrega de los Premios Exportar, Macripareció
enviar un mensaje frente a los dichos de Guedes: el mandatario alentó a los
empresarios presentes a pasar “de un
mercado de 44 millones de personas a otro de 7.000 millones de personas”.
“¿Cómo no animarnos?”, disparó
el Presidente, dejando entrever que la Argentina no solo no le teme a la
apertura sino que incluso la alienta.
El ministro de Producción,
Dante Sica, reforzó los dichos del jefe de Estado, cuando adelantó que la
estrategia del Gobierno será la de “incrementar el acceso a nuevos mercados,
reducir los trámites y los costos logísticos para exportar”.
La sociedad con un Brasil
celoso de que los demás socios buscaran integraciones en solitario ponía una
limitante para que Argentina se planteara una agenda exterior “a la chilena”.
Ahora, con Bolsonaro,
temas que antes parecían tabú parecen liberados para poner sobre la mesa de
negociaciones.
De hecho, hasta 2017 avanzaban
las negociaciones entre la Casa Rosada y el gobierno de Peña Nieto en México
para firmar un Tratado de Libre Comercio, un objetivo que no estaba reñido con
el Mercosur porque hay un acuerdo bilateral previo, firmado en el marco de la
ALADI.
Y si bien el triunfo de Andrés
Manuel López Obrador puso la negociación en el freezer, dejó en claro la
vocación del macrismo por ampliar las relaciones comerciales con otros socios.
Sin embargo, el relanzamiento
de una “agenda internacional” por parte del Gobierno, justo en vísperas de la
cumbre del G20 en Buenos Aires, no entusiasma a todos los sectores
industriales por igual.
Las terminales automotrices,
cuyas exportaciones dependen en un 70% de la demanda brasileña, temen que una
flexibilización del bloque incremente los niveles de competencia en ese
mercado.Fabricantes de autopartes y de otras manufacturas industriales, así
como exportadores de economías regionales –comenzando por el sector
frutihortícola- también están expectantes.
Sin embargo, en el Gobierno
ahora piensan en lo inmediato: más allá del futuro debate que se dará al
interior del bloque, ya palpitan más exportaciones y más producción nacional
por el simple hecho de una mejora en las perspectivas económicas del principal
socio comercial.
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