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Por Enrioque Blasco Garma - Los
textos de economía más consultados tratan de sociedades libres y avanzadas. Por
eso los economistas no están educados en la importancia del contexto
particular. Una cosa es la política monetaria en sociedades competitivas, como
EE.UU. y naciones avanzadas, donde existen amplísimos mercados crediticios y
las condiciones macro son menos desestabilizantes. Y otra en Argentina, donde
los gobernantes exigen utilizar una moneda depreciada, el peso, al que ya le
quitaron 13 ceros, desde 1970. Mientras en EE.UU. un déficit del 5% del PBI
eleva ligeramente las tasas de interés, en Argentina causaría el default de la
deuda, la mayor catástrofe financiera e incluso política. Una medida de la
desconfianza: los residentes del país mantienen 75% de sus activos financieros
en divisas. Sobre la hora, el FMI nos rescató.
Ahora, desde el pico del dólar de fin de septiembre, la divisa se estabilizó y
la gente está un poco más tranquila y animada. Pues nuestra moneda preferida es
el dólar, pero nos fuerzan a usar el peso. Cada vez el peso se deprecia, todas
las cuentas se trastocan y la población se siente violentada. En esas
condiciones resulta gracioso escuchar pronósticos, como si el futuro no
dependiera del BCRA y la política.
Por caso, en enero opinaban que este año sería tranquilo. BCRA publicó que las
expectativas (REM) eran 16,5% para la inflación promedio y un dólar de 22 pesos
a fin de 2018. Evidentemente, los hechos se desviaron por completo. Desde el
inicio de la crisis, el 23/4/2018 hasta el 1/10/2018, BCRA expandió en 80% la
base monetaria. ¡Emitió pesos para cancelar Lebac! No puede sorprender la
furibunda devaluación. Peor aún. Si BCRA no hubiese vendido 13.541 millones de
dólares, la cotización actual sería de tres dígitos, empujando al abismo de la
hiperinflación y sus derivaciones políticas y sociales. Para un futuro
tranquilo, necesitamos certidumbre cambiaria.
Desde octubre, BCRA no emite dinero para financiar al Gobierno y otros entes
internos, cumpliendo una condición necesaria para estabilizar el dólar. Y
establece elevadas tasas de interés para desalentar la compra de dólares. No
puede bajarlas por la escasa confianza en su programa. Proponemos una decisiva
inyección de confianza modificando la regla de intervención cambiaria. BCRA
debiera comprometerse a vender y comprar dólares ilimitadamente, a un precio
fijo por largo tiempo, con una mínima diferencia entre la compra y venta. El
FMI lo prohíbe pues no quiere que el crédito otorgado financie la compra de
dólares, en lugar de asegurar los pagos a los acreedores externos. No vincula
la estabilidad cambiaria con la solvencia financiera. Más aún. En la medida en
que el compromiso de no emitir fuese creíble, FMI sabría que cada dólar vendido
contraería la circulación monetaria, de modo que no estaría financiando una
estampida de fondos del país. Es tarea de nuestras autoridades convencer al FMI
de la sustentabilidad de las reglas que proponemos, prácticamente la
convertibilidad que tan bien funcionó durante 10 años continuados. Si FMI no
confiara, ¿qué esperamos de los inversores?
El compromiso verificable diariamente de comprar y vender divisas a una
cotización fija por largo tiempo bajaría la inflación y tasas de interés de
golpe, restableciendo confianza y las actividades. El equilibrio monetario, la
igualdad de la oferta y demanda de base monetaria, estaría asegurado, aún con
la alta volatilidad que la caracteriza. Los momentos en que la oferta excediese
a la demanda, la gente compraría dólares a cambio de pesos, que se restarían de
la circulación. Automáticamente el equilibrio se restablecería. Cuando la
demanda excediese a la oferta, el mercado vendería dólares al BCRA, y la
emisión aumentaría en esa cantidad exacta. La constancia en la cotización del
dólar haría ambas monedas mejores sustitutas.
Esta confianza estimularía las actividades productivas y la gente se sentiría
más satisfecha. Mi nuevo libro Fin de la Pobreza explica las otras condiciones
para hacernos más prósperos.
(*) Miembro del Consejo Académico de la Fundación Libertad y Progreso.
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