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Por Enrique Blasco Garma - Cuando
el estatismo gradualista nos situó al borde del colapso, el FMI nos socorrió
con un crédito sin precedente, otorgado por el apoyo de EE.UU. al Gobierno. Si
bien circunstancias económicas mundiales incidieron en las dificultades, las
principales fueron consecuencia de la insuficiente acción del Gobierno para
equilibrar las cuentas, corregir distorsiones y errores graves. Desde el inicio
de la administración, los más prestigiosos economistas advirtieron lo
insostenible de los déficit fiscales (y, su contracara, externos) tan
pronunciados. La estrategia del Gobierno buscaba desmentir la calificación de
"ajustador", apostando a que el mercado financiaría enormes déficit.
Las salidas del default y liberación cambiaria, resueltas al inicio de la
gestión, generaron la oportunidad de colocar deuda en términos favorables.
¡Hasta un bono a 100 años! Pero el crédito tiene límites, especialmente cuando
no se advertía un sendero al equilibrio. La oposición y parte de la opinión
pública también se resistieron a "ajustes" que nunca
ocurrieron.
El BCRA es clave para las expectativas de la gestión, tan condicionadas por la
suerte del dólar. El vuelco de la fortuna fue increíble. Los especialistas
vaticinaban un 2018 tranquilo. Las expectativas (REM) promediaban 16,5% para la
inflación y un dólar de $22 a fin de 2018, informó BCRA en enero. Evidente, los
hechos se desviaron completamente. A mi entender, el error fue ¡emitir pesos en
cantidad para cancelar Lebac! Desde el inicio de la crisis, el 23/4/2018 hasta
el 1/10/2018, BCRA expandió en 80% la base monetaria para pagar Lebac. No puede
sorprender la furibunda devaluación. Peor aún. Si BCRA no hubiese vendido
u$s13.541 millones, absorbiendo pesos, la cotización actual sería de tres
dígitos. En lugar de los dos dígitos de $36 por dólar. Sin esas ventas de
dólares estaríamos en hiperinflación, con terribles derivaciones políticas y
sociales.
El episodio prueba: para un futuro más tranquilo necesitamos certidumbre
cambiaria. Desde octubre, el BCRA no emite dinero para financiar al Gobierno y
otros destinos internos, cumpliendo una condición necesaria para estabilizar el
dólar. Y establece elevadas tasas de interés para desalentar la compra de
dólares. No puede bajarlas por la escasa confianza en su programa. Para superar
la dificultad, proponemos una decisiva inyección de certidumbre, precisando la
regla de intervención cambiaria. El BCRA debiera comprometerse a vender y
comprar dólares, a cambio de pesos, ilimitadamente, a un precio fijo por largo
tiempo, con una mínima diferencia entre la compra y venta. El FMI lo prohíbe
pues no quiere que el crédito otorgado financie la compra de dólares, en lugar
de asegurar los pagos a los acreedores externos. Como si la estabilidad
cambiaria no condicionara la solvencia financiera. Más aún. En la medida que el
compromiso de no emitir fuese creíble, FMI sabría que cada dólar vendido
contraería la circulación monetaria, de modo que no estaría financiando una
estampida de fondos del país. Es tarea de las autoridades convencer al FMI de la
sustentabilidad de las reglas que proponemos, prácticamente la convertibilidad
que tan bien funcionó durante 10 años. Si FMI no confiara, ¿qué esperamos de
los inversores? Otra dificultad es que FMI parece creer ahora que la flotación
cambiaria es la panacea mundial. No se dan cuenta que la unidad de medida, la
moneda de verdad, es el dólar para los que trabajan en la Argentina. Es fácil
entenderlo. Tuvimos que cambiar 5 veces el nombre del peso para quitarle 13
ceros. El dólar cotizaría ¡360.000.000.000.000! pesos moneda nacional que
circulaban en 1969. Panamá, dolarizado desde 1904, es el país que más creció en
América. Ecuador y El Salvador con casi 20 años de dolarización avanzan
raudamente, superando diversas dificultades políticas. El FMI se fundó para
asegurar tipos de cambio fijos, con prohibiciones de devaluar, un símil del
patrón oro que tanto facilitó el extraordinario aumento de la riqueza mundial
durante los siglos XIX y XX.
El Gobierno de un país que es bimonetario, por la pugna entre el uso forzado de
una moneda impuesta, el peso, y la moneda preferida, el dólar, enfrenta
equilibrios frágiles y bruscas alteraciones cambiarias. ¿Cómo flotar cuando la
suerte de los gobiernos y actividades depende tanto de la cotización del dólar?
El acta de defunción del Gobierno de Alfonsín fue la devaluación del 6/2/1989.
El compromiso verificable diariamente de comprar y vender divisas a una
cotización fija por largo tiempo bajaría la inflación y tasas de interés de
golpe, restableciendo confianza y las actividades. El equilibrio monetario, la
igualdad de la oferta y demanda de base monetaria, estaría asegurado, aún con
la alta volatilidad que la caracteriza. Los momentos en que la oferta excediese
a la demanda, la gente compraría dólares a cambio de pesos, que se restarían de
la circulación. Automáticamente el equilibrio se restablecería. Cuando la
demanda excediese a la oferta, el mercado vendería dólares al BCRA, y la
emisión aumentaría en esa cantidad exacta. La constancia en la cotización del
dólar haría ambas monedas mejores sustitutas.
Esta confianza estimularía las actividades productivas y la gente se sentiría
mas satisfecha. Después de mucho tiempo, podríamos celebrar contratos a mediano
y largo plazo. Los 40 países que más crecen en el mundo cambiaron drásticamente
sus modos para salir de la modorra y pobreza anterior. Ninguno lo hizo con un
tipo de cambio flotante durante décadas.
(*) Miembro del Consejo Académico de la Fundación Libertad y Progreso
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