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El expresidente del Banco Central se tomó su
tiempo para explicarle a la sociedad el resultado de su experiencia al frente
de la entidad y para contar su verdad sobre las problemas internos que vivió en
el desempeño de su cargo. Lo hizo ayer, en tono académico, aprovechando el
escenario, y reivindicando la contribución de la teoría con la práctica. Estimó
que problemas de comunicación a mediados de 2017 en adelante, derivaron en la
crisis que recién hoy logra estabilizarse. Los que siguen son los puntos
principales del discurso de ayer:
• La actividad académica brinda un marco para pensar el mundo real de
una manera más provocadora, desafiante y, creo yo, correcta. Su ejercicio te
prepara para aceptar tus propios errores, lo cual, a su vez, te permite
corregirlos más rápido.
• Quizás esa sea la lección mas importante que también me llevé de mi
experiencia como presidente en el Banco Central. Allí permanentemente de lo que
se trataba era de cómo interpretar aquello que estaba ocurriendo. Comprábamos
reservas contra Lebac, y el problema era el crecimiento de las Lebac, vendíamos
reservas cancelando Lebac, y le problema era la caída de reservas. Claramente
la comunicación es un aspecto central de una gestión de políticas públicas.
• El Gobierno de Mauricio Macri comenzó su gobierno con dos movidas de alto
impacto. A los pocos días de asumir, aún con reservas netas negativas, desde el
BCRA desactivé el cepo cambiario sin mayores sobresaltos. Pocos meses después
el Ministerio de Hacienda normalizó la situación de pagos de Argentina
resolviendo un default que llevaba más de 15 años. Ambas cosas fueron pasos
trascendentales para normalizar la economía.
• En el tercer trimestre de ese año, la economía ya crecía (0,2%) revirtiendo
la recesión que arrastraba del año anterior, y a partir de ahí comenzó a
hacerlo de manera sostenida a un ritmo de aproximadamente el 1% trimestral,
proceso que continuó durante los 6 trimestres siguientes. Para fines de 2017 la
economía crecía al 4% y el mercado esperaba que el crecimiento siguiera al 3%
al año siguiente y el subsiguiente.
• La inflación durante este período había tomado un sendero decreciente. La
inflación general, aunque afectada por el ajuste en el precio de los servicios,
se había desplomado en la segunda mitad de 2016, donde había finalizado con un
promedio de 1,4% mensual, y había marcado un 21% interanual en julio de 2017,
su menor valor en 7 años, aunque luego se había estancado entre 21% y 24%. El
año terminaría con la inflación algo por debajo de 25%, aunque con un fuerte
impacto de tarifas en el último mes. Pero quizás más sorprendentemente, desde
el anuncio del régimen de metas de inflación, la inflación núcleo interanual
venía cayendo mes tras mes (la única excepción fue septiembre de 2017 donde
subió un 0.1%). Para el último cuatrimestre de 2017 la inflación núcleo ya
viajaba a una velocidad de entre 17% y 18% anual. En ese momento, las
expectativas para el año siguiente, es decir 2018, no validaban las metas del
Central del 10%, pero se ubicaban en alrededor del 17% hacia fines de 2017, muy
por debajo del valor del año anterior y en valores cercanos de un dígito para
2019.
• El régimen de metas de inflación había generado tasas de interés estables y
predecibles, lo que al reducir los riesgos de la actividad de intermediación
había catapultado al sistema financiero a prestar. El 2017 terminó con el mayor
crecimiento en el crédito en 20 años, y con un crecimiento del 25% real hacia
fin de año. 140.000 personas accedieron a su crédito hipotecario, un hecho sin
precedentes en el país.
• Este contexto relativamente benigno se vio reflejado en las elecciones de
octubre que el Gobierno ganó con comodidad. El enfoque moderado del Gobierno
había logrado disociarlo de la histórica imagen de los gobiernos de
centro/centro-derecha como ajustadores crónicos. Ese logro, consolidado en los
primeros dos años de gestión, le daba al Gobierno más margen de acción y no
menos.
• Dicho esto, también vale mencionar que algunos de estos hechos resultaron
difíciles de imponer en la comunicación. Por ejemplo, a pesar que la economía
sumaba trimestres de crecimiento sostenido, había una percepción generalizada
que el crecimiento era escaso o venía lento. Debo decir que esa percepción
también la compartían algunos funcionarios del propio Gobierno. Por otro lado,
a pesar que la inflación núcleo venía en sostenido descenso, había una
percepción que el proceso de desinflación estaba perdiendo fuerza.
• Fue en este contexto auspicioso en lo fáctico, pero no plenamente transmitido
en lo comunicacional, que el Gobierno a fin del año 2017 decidió hacer un giro
abrupto de su política económica, sobre todo la monetaria, subiendo las metas
de inflación para 2018.
• Se había llegado a esa discusión después de una desgastante puja que había
durado 6 meses entre el BCRA y el Ejecutivo. Este necesitaba más inflación para
poder cumplir mejor su meta fiscal, además de buscar una política monetaria más
laxa.
• El BCRA argumentaba que mover la meta era un hecho inédito en la historia
macroeconómica moderna: decirle a la sociedad que se buscaba mas inflación
corría el riesgo de desanclar todo el proceso de expectativas, generando una
espiral de inflación y devaluación, un riesgo que no tenía sentido incurrir.
Ante la imposibilidad de convencer al Central, el Ejecutivo decidió avanzar de manera
unilateral, derivando dicha decisión en la conferencia de prensa del 28-D.
*Lo que ocurrió después es historia conocida. Ante el debilitamiento de la
política monetaria, las consecuencias se sintieron de inmediato: el tipo de
cambio se disparó y se derrumbó el precio de los activos en pesos. Para fin de
enero, el spread de la deuda argentina respecto del de emergentes se había
cuadruplicado y en el primer mes luego del cambio de metas las expectativas de
inflación se deterioran más de lo que lo habían hecho en el conjunto de los 15
meses anteriores.
• ¿Qué fue lo que ocurrió? Ocurrió que la credibilidad del Banco Central había
sido afectada por los eventos de fin de año, con lo que la crisis internacional
encontró al país con una institucionalidad monetaria debilitada, lo cual
explica la magnitud del efecto que dicha crisis tuvo sobre nuestra economía. A
su vez un proceso de desinflación basado en metas de inflación requiere de
efectividad en la coordinación de las expectativas de inflación. Como dijimos,
las expectativas de inflación seguían la trayectoria establecida del Central
con un desvío sistemático de 5 puntos anuales. Muchos leyeron eso como que
dicha coordinación no estaba funcionando y que podían afectarse libremente las
metas sin consecuencia significativa. Visto lo que ocurrió después con las
expectativas, creo que esa hipótesis quedó desmentida.
• Aunque hoy con el diario del lunes podemos concluir que el régimen estaba
trabajando apropiadamente en coordinar expectativas, no se veía así en ese
momento y tampoco se comprendió la cabal necesidad de un Banco Central
independiente, lección que muchos países han aprendido y siguen aprendiendo,
muchas veces, de la manera más difícil.
• Sin ir más lejos, algo similar está ocurriendo hoy en día en la India, donde
hace ya varias semanas que persiste una tensión entre el Ejecutivo y el Banco
Central, parecida a la que vivimos aquí a finales del año pasado. Hace unas
semanas el vicepresidente del Banco Central de India, Viral Acharya, en un
discurso lo puso en estas palabras: "Gobiernos que no respetan la
independencia del Banco Central, tarde o temprano van a sentir la ira de los
mercados financieros, incendiarán su economía, y llegarán a lamentar el día que
debilitaron una institución regulatoria tan importante"
• Lo que ocurrió a la Argentina este año fue que se encontró con la necesidad
de ajustar el gasto agregado ante la imposibilidad de financiarlo. Ese ajuste
tiene dos canales fundamentales, un ajuste del sector público y un ajuste del
gasto privado. El ajuste del sector publico se produce reduciendo su déficit,
proceso hacia el que el Gobierno avanzó muy decididamente. Muchos dirán que
aumentando más los impuestos que bajando el gasto, puede ser, pero la decisión
política de reducir el déficit duele por ambos lados y el Gobierno estuvo
dispuesto a asumir esos costos.
• La buena noticia es que nadie en Argentina se enroló en teorías mesiánicas
pensando que un régimen cambiario diferente proveería mágicamente una solución
(propuestas como volver a la Convertibilidad o la dolarización fueron vistas
como sugerencias casi folclóricas). El régimen de tipo de cambio flotante está
hoy firme, y la sociedad lo ve, afortunadamente, como un mecanismo necesario
para acomodar el ajuste que la nueva situación requiere. Esto es muy sano.
• En el ámbito de la política monetaria también las lecciones aprendidas, en
este caso del 28-D, parecen haber sido la correctas. Hoy se entiende que la
política monetaria tiene que ser lo dura que deba ser para combatir la inflación.
Se entiende mejor que la inflación es un fenómeno monetario, y con ello se han
desterrado del debate muchas de las ideas un tanto alocadas que asignaban la
culpa de la inflación a fenómenos no monetarios como las pujas distributivas,
los empresarios, los ajustes de precios relativos, o la acumulación de reservas
esterilizadas con Lebac.
• Es en este contexto en el que me gustaría enfatizar que qué tan rápido el
BCRA gane credibilidad va a depender de sus propias acciones, pero también del
apoyo que reciba del Gobierno. Si hay coincidencia en que el Banco Central va a
poder sostener su política, muy rápido, mucho más rápido de lo pensado las
expectativas de inflación comenzarán a caer, y a posteriori podrán hacerlo las
tasas de interés. En este círculo virtuoso, la economía comenzará a
recuperarse. En menos tiempo del que pensamos la situación mejorará
radicalmente.
• Gran parte del trabajo está hecho: hoy el BCRA no tiene que emitir para darle
dinero al Tesoro. En un contexto de creciente credibilidad, la inflación podría
literalmente derrumbarse en el primer trimestre del año que viene.
• Sin embargo, en el tránsito de ese camino se alzarán innumerables voces
indicando que el costo de ese camino es demasiado alto. Serán voces que le
dirán que se tiene que aflojar, de la misma manera que hablaron durante la
segunda mitad de 2017, cuando señalaban que la política monetaria era
excesivamente dura. Si el Ejecutivo da cualquier señal de ceder a estas
presiones, el proceso de normalización se abortará inmediatamente, y lo
descrito en el párrafo anterior no sucederá. Por el contrario, se emitirá en
una señal parecida a la que ocurrió luego del 28-D del año pasado con
resultados idénticos: deterioro de expectativas, necesidad de subir aun más las
tasas, aceleración inflacionaria y más recesión.
• Si Argentina, por una vez en su historia, se decide a combatir la inflación,
y asume los costos de hacerlo, la posibilidad de un país más desarrollado y más
justo habrá dado su paso más importante en décadas. Los costos, creo yo,
resultarán tanto menores que los beneficios, que esperemos que el canto de las
sirenas no nos confunda una vez más. Cuando hayamos transitado ese camino, sólo
nos quedará reflexionar sobre por qué nos llevó tanto tiempo encarar esa solución.
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