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Por Juan Diego Wasilevsky
- En pocos días, el mundo virtualmente se paralizará y se focalizará en Buenos
Aires. Más precisamente, en el momento justo en el que las manos del presidente
de los Estados Unidos, Donald Trump, estrechen las de su par chino, Xi Jinping.
Estos dos mandatarios, que
participarán de la Cumbre del G20, tienen
en su poder el "botón rojo" que puede activar una guerra comercial de
proporciones históricas.
Tras más de un año de
acusaciones cruzadas sobre supuestas maniobras de competencia desleal y una
contienda cada vez más dura por el futuro de las inversiones y los empleos,
ambos líderes ya impusieron aranceles de
uno y otro lado para castigar la entrada de productos que al año acumulan un
valor de u$s360.000 millones, equivalente a lo que la Argentina exportó
en los últimos seis años.
De ese total, Trump aplicó un
castigo a importaciones chinas por un valor de u$s250.000 millones, mientras
que el mandatario del gigante asiático impuso medidas contra el ingreso de
bienes estadounidenses que al año representan unos u$s110.000 millones.
Mauricio Macri, como anfitrión
de la cumbre del G20 -que para los expertos será el
evento más importante en la historia de la diplomacia argentina-, estará subido
a un ring en el que Trump y Xi Jinping definirán gran parte del futuro del
comercio internacional y también de la economía argentina.
Es que el mano a mano que
mantendrán ambos mandatarios en Buenos Aires podría ser decisivo: es la última
chance que tienen de llegar a un acuerdo, antes de que el líder de la Casa
Blanca apriete su botón rojo y dispare la
"contraofensiva final", una oleada de nuevas medidas arancelarias que
impactarían de lleno en las exportaciones de empresas chinas.
"Les hemos puesto
aranceles por valor de 250.000 millones de dólares. Y tenemos otros 267.000
millones si queremos, pero podríamos no tener que hacerlo. China quiere hacer
un trato", afirmó Trump días atrás en una conferencia de prensa,
rememorando una suerte de "guerra fría" pero esta vez con
restricciones comerciales listas para ser aplicadas, en lugar de bombas
nucleares.
Y, según trascendió, Trump
tendría decidido avanzar con la contraofensiva durante los primeros días de diciembre
si no se llega a un acuerdo en Buenos Aires.
Así, los ojos del mundo se
posarán sobre ambos mandatarios una vez que arriben al país. Y cada gesto y
cada mirada contarán y mucho cuando hay tantos miles de millones de flujos
comerciales en juego.
La preocupación alcanza tal
nivel que desde la OMC vienen pidiendo moderación y diálogo para evitar que la
guerra comercial pase a mayores y termine anulando la recuperación que muestra
la economía mundial.
Y Macri será, no ya el réferi,
pero sí el anfitrión de ese encuentro
histórico, luego de dos mano a mano previos entre Trump y Jinping que no
hicieron más que agitar las aguas.
¿Habrá acuerdo?
A la hora de trazar
proyecciones sobre las posibilidades de que Buenos Aires se convierta en el
escenario de un acuerdo definitivo, las opiniones se reparten.
Para el analista internacional
Jorge Castro, es "un hecho que será un éxito el encuentro entre Trump y Xi
Jinping en el marco del G-20".
"El conflicto entre EE.UU. y China no es de naturaleza comercial, sino
político-estratégico. Por lo tanto, su resolución depende del acuerdo
político entre los líderes de las dos superpotencias", señala.
Para el experto, lo que está
en juego, más que el megadéficit por importaciones del que se queja Washington,
es el futuro manejo de la tecnología a través de la propiedad intelectual de
empresas estadounidenses. Y la Casa Blanca acusa a Beijing de estar
apropiándose de esta información estratégica.
Según un informe de la
consultora DNI, de Marcelo Elizondo, Trump apunta contra China por haber
operado a través de la imposición de restricciones en licencias que considera
arbitrarias, acuerdos de trasferencia de tecnología injustos y abusivos y hasta
intrusión en computadoras estadounidenses por parte de organizaciones
chinas.
Sin embargo, la pregunta más
relevante para el gobierno argentino y las empresas locales no pasa tanto por
si habrá acuerdo o no en Buenos Aires, sino por las
ventajas y desventajas frente a este escenario.
Por lo pronto, Macri se
enfrenta a una dualidad:
-Si ambos mandatarios le ponen
punto final al conflicto, entonces esto le ayudará al Presidente a ganar
capital político a nivel internacional y seguir posicionado como
"vocero" de la región, justo cuando está por entrar en escena
Bolsonaro en Brasil.
-Pero, si no hay acuerdo y los
dos mandatario aprietan el botón rojo y estalla la guerra de aranceles, se podría producir un redireccionamiento del
comercio que, en lo inmediato, podría empujar a las exportaciones argentinas,
especialmente de alimentos, así como también a los precios. Esto no es
para nada despreciable ante las urgencias que se vienen en materia económica
justo en la previa electoral.
-Claro que, en el mediano
plazo, una guerra comercial de proporciones entre estas dos potencias, según el
consenso de expertos, provocaría turbulencias financieras y podría afectar los
flujos de inversiones, pasándole factura a los países emergentes.
A continuación, los efectos
concretos que podría traer un agravamiento de la contienda:
Desde Quantum Finanzas, la
consultora de Daniel Marx, plantean que un primer impacto positivo ante un
escenario de no acuerdo correría por el lado de las commodities.
Es que el conflicto comercial
está metiendo presión a algunos productos agrícolas, como la soja, dado que la
imposición de un arancel del 25% por parte del gigante asiático a alimentos
estadounidenses está provocando un corrimiento de la demanda.
Y el efecto puede traducirse
en números concretos: a comienzos de 2018, antes de la tensión comercial, el
gap de precios entre la soja local y la de Chicago era casi nulo. Con el paso de los meses, esa brecha llegó a ser de
u$s60 por tonelada a favor del grano local.
Así, la consultora de Marx
plantea que la imposición tarifaria por parte de Beijing "funcionó como un
factor de presión" sobre aquellos países productores con excedente de
exportación, como es el caso de la Argentina.
Así, de extenderse el
conflicto, se podría aspirar –según este razonamiento- a recibir ingresos adicionales por ventas de soja del orden de los
u$s10.000 millones.
En paralelo, Martín Calveira,
investigador de la Universidad Austral, coincide al señalar que "en los
conflictos siempre hay ganadores y perdedores. Si alguno de esos dos países
decide direccionar su demanda de bienes, para el caso argentino serán bienes
primarios y esto será una ganancia de comercio, al menos por aumento en la
cantidad de exportaciones".
2. Riesgo de "lluvia
importadora"
Sin embargo, hay un "lado
B" en el caso de que se profundice la pelea. Elizondo plantea que la suma
de las exportaciones de China y Estados Unidos equivalen nada menos que al 25%
del total mundial.
Así, "una obstrucción del
comercio entre ellos afectaría seriamente al comercio mundial total y a la
economía global. Además, la guerra comercial
puede producir excedentes de stocks que ambos quieran colocar en otros mercados",
alerta Elizondo, entre los que encontraría la Argentina.
Basta saber que el gigante asiático
cada año despacha ropa e indumentaria al mundo por u$s140.000 millones,
equivalente todas las exportaciones albicelestes a lo largo de casi tres años.
O que las empresas chinas venden juguetes
por un valor 10 veces superior que el de las terminales automotrices
nacionales.
3. Problemas financieros
El debilitamiento general del
comercio internacional traería otras noticias no muy buenas: "Lo más
probable es que para la Argentina el mayor perjuicio sea una demora más larga
en recuperar cierto acceso a mercados financieros", plantean desde la
consultora DNI.
Sucede que una guerra
comercial no hará más que contribuir a un escenario de retracción de capitales
a los emergentes.
De hecho, el FMI acaba de
advertir que el agravamiento del conflicto entre China y EE.UU. contraería el
PBI mundial hasta en medio punto porcentual, lo que complicaría el comercio y
las inversiones.
Además, la propia Christine
Lagarde advirtió que una escalada "podría
tener un impacto" y "causar vulnerabilidades" en las ya
debilitadas economías emergentes, principalmente en Argentina y Turquía.
4. Quedar entre la espada y la
pared
A esto se suma un problema de
índole estratégico: según Elizondo, a medida que se tense la relación entre
ambas potencias, "es probable que comiencen a reclamar adhesiones y
alianzas de terceros en una disputa que es más que comercial y los países como
Argentina deberán adherir a uno.
Esto implicaría entrar en una
zona de riesgo político: el macrismo viene de recibir un fuerte espaldarazo por
parte de Trump a la hora de negociar el apoyo del FMI.
"Trump que ha sido un
actor central en la ayuda a la Argentina. Sin el activismo del presidente de
los Estados Unidos y de una decisión política de su administración, el paquete
del FMI no hubiese llegado a los u$s57.000 millones. Ni siquiera hubiera
superado los u$s24.000 millones", advierte Fabián Calle, analista de la
Universidad Austral.
Esto le
impone una presión extra al macrismo, "que debería mostrar más afinidades
con EE.UU.", plantea Elizondo.
Sin embargo, es una situación
por demás incómoda a nivel diplomático, dado que el Gobierno acaba de negociar
la ampliación del swap con el gigante asiático por un valor equivalente de
u$s18.000 millones, al tiempo que está avanzando con tratativas para fomentar
inversiones chinas en energía e infraestructura.
Así, el enrarecimiento del
contexto internacional podría traer, según Elizondo, alguna "ventaja de
ocasión en el corto plazo", por la vía precios y exportaciones, algo
tentador frente a la necesidad de contar con más dólares y que se reactive la
maquinaria del agro.
Sin embargo, concluye que
"en el mediano y largo plazo, a países
como la Argentina definitivamente les conviene mucho más un escenario sin
volatilidad".
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