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Por Fabián Calle - Una de las particularidades del
sistema político e institucional del Brasil es la realización del cambio de
atributos presidenciales el 1º de enero cada cuatro años. O sea, uno de los
pocos días en que hasta los hombres y las mujeres más importantes del mundo se
toman un reposo y lo dedican a sus círculos familiares. Por eso mismo, no está
en la traición diplomática del Brasil hacer invitaciones formales a mandatarios
extranjeros para que concurran al evento. Llegado el caso, aceptan si otros
Estados les informan de tu intención de concurrir. Un principio básico de
buenos modales.
En el contexto de un Brasil
que comienza a salir de la recesión económica más aguda en más de medio siglo,
la destitución de un presidente en un juicio político, el juzgamiento y
encarcelamiento de otro, así como de dos centenas más de dirigentes políticos y
empresariales de primer nivel detenidos, y, por último y no por ello menos
importante, la llegada al poder de un político no convencional y no proveniente
de los partidos tradicionales que dominaron la vida política del Brasil desde
el regreso de la democracia, el evento del 1º de enero de 2019 se
transformó en un imán de atracción del mundo de la política regional e
internacional, lo cual derivó rápidamente en el interés de autoridades de la
región y otras zonas del mundo en asistir.
Hace poco más de una semana
trascendió la versión de que existía a la posibilidad que el presidente
argentino Mauricio Macri concurriese. Pocas horas atrás, un flujo de
trascendidos fueron en el sentido contrario. Abriendo el juego a todo tipo de
especulaciones y, como corresponde a nuestra mejor tradición, con una fuerte
carga de tremendismos y lógicas blanco o negro. Una mirada más seria, serena,
prudente y pragmática, tal como requiere el mundo de la política internacional,
nos mostraría que ninguna de las dos opciones son dramáticas en un sentido
positivo o negativo. Veamos las razones para ello.
Al no haber, por tradición,
invitación por el lado brasileño, no hay desplante ni mala educación por parte
de la Argentina. Asimismo, nuestro país en ningún momento confirmó oficialmente
que ese viaje estuviese en la agenda. Macri y Bolsonaro ya han mantenido
tres amistosas conversaciones telefónicas, la primera de ella iniciada por el
mismo Bolsonaro luego de la primera vuelta electoral. También, nuestro embajador
allí fue uno de los primeros en ser recibido por el Presidente electo y todo
ello en un clima distendido y positivo. Asimismo, si la opción de la Casa
Rosada fuese concurrir a la asunción, desde ya será un gesto fuerte y altamente
simbólico, pero no por ello las agendas de negociación complejas que depara la
relación bilateral de los próximos años tenderán a ser más simple de resolver y
encauzar. El futuro del andamiaje normativo del Mercosur, sus relaciones con
terceros mercados, el interés de la administración Bolsonaro y del mismo Macri
en explorar zonas de libre comercio con otra regiones y países, y la búsqueda
de espacios de coordinación o no entre nuestros dos países al momento de
negociar con el gigante económico chino y con la misma superpotencia americana,
son algunas de las más relevantes.
Una presencia de Macri tampoco
cambiará la complejidad que enfrentarán Argentina y Brasil para readecuar a los
tiempos que corren, en el sistema internacional en general y a la agenda de
seguridad internacional de Estados Unidos en particular, el esquema de
monitoreo y consulta mutua en el campo de la tecnología nuclear, así como la
necesidad de articular de manera efectiva la cooperación y la coordinación de
nuestras fuerzas de seguridad y militares (respetando los marcos normativos de
cada uno) en la lucha contra el narcotráfico y su poder armado, económico y
corruptor. Una ofensiva del Gobierno de Bolsonaro en este campo sin una
adecuada estrategia compartida con Argentina derivaría en corrimiento desordenado
y violento de actividades delictivos a nuestro país y otros vecinos.
Sintetizando, la política
internacional es la tierra de los intereses y las visiones pragmáticas y la
relación argentino-brasileña no ha hecho más que avanzar hacia espacios que nos
fueron alejando más y más de la confrontación y desconfianza que heredamos de
los juegos geopolíticos de nuestros ancestros españoles y portugueses por el
control del Río de la Plata.
Del abrazo entre los generales
Videla y Figueiredo en 1979 al impulso en las medidas de confianza mutua en el
área nuclear de Raúl Alfonsín y José Sarney a la creación del Mercosur con
Carlos Menem y Fernando Collor, y luego con Fernando H. Cardoso, con sus ideas
y vueltas, hemos sabido preservar dentro de carriles normales la relación
bilateral. La más importante respectivamente para ambos países. Macri y
Bolsonaro tienen la tarea de preservar este sendero pero al mismo tiempo
adaptado a los tiempos que corren. Dejar este vínculo binacional a la inercia,
a los meros intereses sectoriales o a las burocracias solamente será causante
de serios problemas y decepciones.
En otras palabras, bienvenida
la posibilidad de que Macri asista este el próximo 1º de enero en Brasilia.
Pero atribuirle efectos mágicos, no. Como en un sentido contrario, su no
presencia no implica una tragedia ni un escándalo ni el principio del fin de
nada. La política internacional no es terreno fértil para análisis
superficiales y simplones.
El autor es experto en
relaciones internacionales.
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