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Por Manuel Adorni - Argentina
es una continua decadencia desde hace setenta años, sufriendo cada determinada
cantidad de años violentas crisis estructurales que siempre tienen su
explicación en las mismas causas: un brutal déficit fiscal subsanado con
grandes dosis de emisión monetaria o endeudamiento externo y un desenlace
siempre acompañado de un mismo escenario: hiperinflación o crisis de deuda. No
hay margen de error.
Cuando el Gobierno actual
asume el poder, allá por finales del año 2015, el panorama era desolador: 6,2%
de déficit fiscal primario (sin tener en cuenta los pagos de deuda), no había
acceso a los mercados de crédito (estábamos en default, mientras el gobierno de
aquel entonces festejaba como éxito propio el supuesto desendeudamiento
argentino), un cepo cambiario que había pulverizado la actividad económica, el
comercio exterior y las libertades, y un sobrante monetario que hacía que en el
corto plazo que se avizorara una nueva crisis de magnitudes similares a la que
venimos sufriendo en las últimas décadas.
Las razones por la que la
crisis no tuvo consecuencias colosales como la del año 2001 o la crisis de
finales de los años 80 fue simplemente porque el nuevo gobierno rápidamente
solucionó el cepo cambiario, el Banco Central (BCRA) retiró parte del sobrante monetario
y, por sobre todas las cosas, se regresó a los mercados internacionales en
un contexto internacional sumamente favorable que implicó dos cosas: muchos
dólares y tasas de interés razonables. Nadie pensó que solo era una
circunstancia: todo se creyó eterno.
Dejar en manos de la buena
voluntad de los mercados internacionales los destinos de la Argentina fue a las
claras un error enorme. No haber realizado (amparados en la bandera del
gradualismo) las reformas y el ajuste necesario tenía un final cercano: durante
2018 el mercado internacional (entre la desconfianza y la suba de interés en
Estados Unidos) se retiró de los países riesgosos como la Argentina, lo que
implicó que un día esa leyenda que hablaba de la bondad del mundo para con
nuestro país se había esfumado por completo: el dólar duplicó su valor en poco
tiempo, se tuvo que recurrir al FMI como prestamista de última instancia y se
debió hacer un ajuste brutal para eliminar el déficit fiscal primario, que más
que un ajuste enfocado en la baja del gasto público fue un ajuste que tuvo como
destino la víctima de siempre: el sector privado. Más impuestos para un sector
que no da más.
Hasta aquí no es más que una
breve descripción del camino que hemos recorrido y el que nos ha llevado a
estar frente a una gran encrucijada: la gran crisis de 2015 no la hemos
evitado, solo logramos retrasarla. En el mientras tanto, hemos aumentado la
pobreza, la inflación y hemos destruido riqueza, pero Argentina sigue con vida
(en terapia intensiva, pero con vida). El déficit cero es solo relevante
si la carga impositiva es baja. Con la presión impositiva argentina el sector
privado no puede generar riqueza, ni empleo ni aportar más recaudación, sino,
por el contrario, en un panorama recesivo, los efectos serán exactamente los contrarios. Sin
baja de impuestos tampoco podremos generar inversiones y, con ellas, dólares
genuinos: no hay financiamiento externo y en el 2020 se terminan los fondos de
FMI, los que utilizaremos (en caso de cumplir con la meta de déficit cero) para
pagar nuestros compromisos de deuda. Sumado a esto, nos espera por delante un
2019 con elecciones y con ellas el fantasma del regreso populista que podrá
generar que los dólares que hoy están en la Argentina emigren hacia mejores
horizontes y tarden mucho tiempo en regresar.
El panorama es al menos
preocupante y sin mucha más solución de corto plazo por delante. Argentina
evitará un nuevo colapso solo si efectúa profundas reformas que vayan en el
camino de achicar drásticamente los gastos del Estado, en favor de descomprimir
la presión impositiva que hoy recae sobre el sector privado y, junto a estas
reformas, recuperar la credibilidad, que es lo único que permitirá
que las expectativas no sean otras que las de un nuevo fracaso por delante.
El autor es analista y consultor
económico.
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