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Por Gustavo Ber - Frente a los múltiples desafíos
locales e internacionales con que se está cerrando el año, los inversores
deberían inclinarse por extender la cautela a la hora de planificar los
rebalanceos de carteras para arrancar el 2019, toda
vez que se presenta con perspectivas aún inciertas y complejas.
Desde el frente externo, no sólo la
volatilidad sino también la aversión al riesgo se han disparado, lo cual ha llevado a los operadores a desempolvar
tácticas de ¨flight-to-quality¨ a fin de terminar un pobre 2018 en términos de
rentabilidades - en todo el mundo - con los menores daños posibles.
Ocurre que no sólo preocupan las subas de tasas de
la Fed,
y la política restrictiva de retiro de liquidez a futuro, sino también un escenario
donde comienzan a evidenciarse perspectivas de desaceleración económica, tal como sugiere el continuo aplanamiento de la curva
de la UST.
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Por otro lado, la guerra comercial entre EE.UU. y
China sigue con final abierto, y a ello se suman crecientes tensiones sobre el
sistema financiero europeo, lo cual acentúa los desequilibrios globales y ello
aleja a los inversores de adoptar apuestas en el actual escenario de marcada
incertidumbre.
Dicho clima externo sin dudas condiciona la marcha de los emergentes, al afectar no sólo su crecimiento económico sino
también su acceso al financiamiento en un mundo donde los capitales
internacionales siguen direccionados velozmente hacia EE.UU. en busca de
refugio a corto plazo.
A nivel doméstico, los desafíos económicos se
profundizan en este adverso ambiente global, dado que la recesión en
marcha dificultaría poder cumplir con el objetivo de equilibrio fiscal primario
y con la política monetaria restrictiva en busca de desacelerar la marcha de la
inflación.
Ello sucede en un 2019 donde la agenda
electoral ocupará la escena central, dado que posiblemente la
polarización conlleve a escenarios binarios para los inversores, aún cuando se
reconoce que la reelección de la actual administración continuará caracterizada
por múltiples desafíos.
Así queda reflejado en el riesgo país, que se disparó
hasta los 780 puntos básicos ante la peligrosa combinación de ¨riesgo político¨
y ¨riesgo de refinanciación¨, toda vez que los inversores se presentan muy
preocupados por la capacidad de atender la deuda luego de que se agoten los
recursos del FMI.
Así es que los rendimientos de los títulos públicos
en dólares pegan un impresionante salto desde menos del 4% el año próximo a más
del 10% a partir del 2020, y hasta el 14% en algunos bonos del
tramo medio, lo cual requiere reducirse rápidamente a fin de poder recuperar el
crucial acceso al financiamiento en los mercados internacionales en base a una
más acelerada convergencia fiscal.
El 2019 obligará a los inversores
a estar cotidianamente muy atentos a la evolución de los acontecimientos
externos y locales, dado que todas las señales generarán un inmediato
impacto en las cotizaciones de los activos financieros que buscarán anticipar
el desenlace de esta novela.
Ante ello, lo más recomendable por el momento sigue siendo
privilegiar una estrategia conservadora con epicentro en un marcada
dolarización de carteras, a fin de poder transitar
esta etapa de mayor volatilidad e incertidumbre con la mayor prudencia y con
prioridad de resguardar las carteras.
En dicho sentido, se deben
privilegiar títulos públicos en dólares con vencimiento durante 2019,
¨garantizados¨ por el FMI, y sólo complementar a un mayor plazo con selectivas
apuestas en bonos corporativos de sólida calidad crediticia como Pan American
2021, Tecpetrol 2022 y Arcor 2023.
También resulta conveniente mantener mayores
niveles de liquidez en dólares - entre el 20 y el 30% - a los habituales en
busca de estar listos a aprovechar las oportunidades que pueden presentarse en
caso ¨overshooting¨ en los castigos de las valuaciones producto de agresivos
desarmes de apuestas.
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