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Por Julián Zícari - Está cerrando
el 2018 y las perspectivas para el año próximo no son buenas. Es decir, si este
año fue realmente muy malo en términos económicos, las proyecciones nos
anticipan que 2019 será todavía peor, puesto que existen once razones muy
poderosas para que ello ocurra. Tratemos de repasarlas.
El ajuste que
viene
Según lo votado en el
Congreso, el presupuesto para el 2019 tendrá una reducción del 2,7% en relación
al PBI. Esto fue lo acordado por el Gobierno con el FMI en el segundo acuerdo.
Por ello, si a una economía en condiciones normales se le aplica un terrible
recorte como ese, lo lógico es que su producto caiga –ceteris paribus- en igual magnitud. Así, el año próximo
el PBI ya tiene garantizado un derrumbe del 2,7% sin considerar todos los
efectos negativos que se multiplicarán debido a dicho ajuste (menos obra
pública, menos pago a proveedores, menos salarios, menos consumo,
etc.).
El arrastre actual
La caída económica que está
viviendo el país, según las propias palabras del ministro Dujovne, harán que el
2019 comience con una caída de 3,3% del PBI. Es decir, la tendencia está
deprimiendo todas variables: inversión, consumo, gasto, salarios, actividad y
demás. Con lo cual, si al ajuste anunciado se le agrega la dinámica vigente,
las perspectivas de continuar agudizando la depresión económica parecen que no
tendrán fin: la actividad en vez de encontrar un piso, seguirá cayendo.
Ausencia de motores
La brutal recesión económica
actual sumada al ajuste próximo no se verá aliviada por un cambio de tendencia
del ciclo: no hay motores para tal cosa. El Gobierno sostiene que la cosecha
próxima y el crecimiento de las exportaciones pueden auspiciar como elementos
expansivos (drivers) para ello. Los problemas de tal planteo son
varios. Uno es que ni el campo ni las exportaciones han demostrado ser factores
los suficientemente poderosos por sí mismos para modificar los ciclos
económicos en la Argentina, mucho menos con las caídas y tendencias actuales.
El contexto internacional
El sector externo parece que
jugará en contra de la Argentina el año próximo, por lo que tampoco podrá
esperarse nada bueno de él. Por empezar, porque vamos hacia un mundo menos
líquido: la Reserva Federal casi seguro vuelva a subir sus tasas de interés en
2019 (se espera que lo haga al menos dos veces, aunque hace un mes se esperaba
que lo hiciera tres). También subirán su tasa de referencia el Banco Central
Europeo y Japón. Por su parte, es más que probable que la guerra comercial
entre las potencias continúe, aumentando así aranceles y cerrando mercados. Lo
que hará que los precios de los productos argentinos caigan. Mientras que
nuestro principal socio económico, Brasil, tras la asunción de Bolsonaro
seguramente le juegue en contra a nuestro país, ya sea por una devaluación, un
acercamiento a las potencias, el debilitamiento del Mercosur o bien un ajuste
que haga que el país carioca siga contrayéndose, reduciendo la demanda que
pudiera provenir de allí.
La incertidumbre electoral
Durante 2019 se celebrarán
elecciones a gobernador en casi todas las provincias (comenzando el calendario
en febrero) y hacia fin de año habrá una elección presidencial. Lo que hará que
los mercados reaccionen al swing de los resultados, candidatos y encuestas.
Ello agregará volatilidad, desconfianza y un nerviosismo que no será bueno para
la economía. Probablemente, la dolarización de carteras estará al orden el día,
presionando seriamente al mercado cambiario y haciendo caer el rendimiento de
los activos argentinos. A la par que que la fuga de capitales será muy fuerte:
si en 2018 se fugaron casi u$s 30 mil millones, en un año electoral seguramente
esa cifra resulte todavía mayor.
Temores de default
A la incertidumbre electoral
también es necesario agregarle los crecientes temores que están existiendo a un
virtual default, por tres motivos. El primero, es que el país actualmente está
en default técnico, puesto que no cuenta con los recursos suficientes para
continuar pagando la deuda por sí solo. Si todavía no entró en default
formalmente es por la ayuda del FMI. El problema es que dicha ayuda
desaparecerá prácticamente en 2020, despertando dudas sobre el futuro. Segundo,
así como no se sabe cómo seguirá pagando la deuda el país en 2020, tampoco se
sabe quién gobernará o si habrá si quiera la voluntad de seguir pagando. Por
último, muchos temen que el Gobierno para no perder las elecciones comience a
gastar de más, no cumpla con el déficit cero y por ello el FMI le retire la
ayuda, desencadenando así el default tan temido.
Caída del consumo
Este año los salarios reales
habrán caído cerca de un 17% y las jubilaciones un 20%. Para 2019 el Gobierno
quiere imponer una paritaria del 23% cuando las expectativas inflacionarias más
optimistas son del 28%. Es decir, parecen proyectarse nuevas caídas salariales
reales, así como la suba del desempleo. El Gobierno dijo que el año próximo el
consumo caería “solo” un 5%, cuando éste representa casi tres cuartas parte del
PBI. De continuar cayendo entonces, su derrumbe hará sin dudas estragos sobre
el producto.
La fragilidad cambiaria
Este año el mercado cambiario
tuvo 4 sobresaltos, que le costaron al Banco Central casi u$s 35 mil millones
de sus reservas. Si el año próximo se dieran situaciones de presión cambiaria o
incertidumbre política, los sobresaltos podrían volver. Aunque con una
diferencia: el Gobierno prácticamente se ató de manos en su nuevo acuerdo con
el FMI sobre su posibilidad de intervenir. Es decir, de existir corridas, estas
podrían no poder ser frenadas, desvirtuando todas las pautas inflacionarias,
salariales y sociales. Creando mayor inestabilidad e incertidumbre.
Fantasmas de desastres
Al temor de default, varios
analistas agregan la pregunta sobre cómo hará el Gobierno para cancelar los
vencimientos próximos si las tasas de renovación caen por debajo del 54%, que
es el tope de dinero que se cubriría con el dinero del Fondo: con una tasa de
renovación menor, el Gobierno estará en problemas. Por ello, algunos hablan de
un canje de bonos compulsivo al estilo Plan Bonex como solución drástica, otros
de una emisión sistemática para pagar letras al costo de desencadenar una
híper, algunos más piensan que el retorno del cepo cambiario será el último
recurso frente a virtuales corridas cambiarias, mientras que también se habla
del fantasma del corralito para que los plazos fijos actuales no salgan del
sistema ni se pasen a dólares. Estos fantasmas si bien parecen lejanos, la sola
existencia de su rumor puede generar consecuencias impredecibles.
Altas tasas locales
El Gobierno se comprometió a
mantener altísimas las tasas de interés hasta mediados del año próximo. A su
vez, el riesgo país no ha parado de subir y los rendimientos de las Leliqs
parecen no poder descender más. Con tasas de interés y de desconfianza tan
altas, la economía real se triturará, la deuda crecerá y el déficit financiero
podría volverse explosivo. A la par que la cadena de pagos y la morosidad
pueden terminar por derrumbar todo. Evidentemente, este es un problema central
que no parece que se resolverá en 2019 por ser año con incertidumbre electoral,
lo que seguirá complicando el panorama a futuro.
El impuesto a la renta financiera
Este impuesto comenzará a
regir a principios de 2019 y tendrá una alícuota del 5% para inversiones en
pesos y del 15% para las inversiones en dólares, las colocaciones ajustables
por Coeficiente de Estabilización de Referencia (CER) o por Unidad de Valor de
Adquisición (UVA). Cuando comenzó a regir un impuesto similar en abril de 2018
comenzaron las corridas que terminaron de sepultar el programa gradualista:
ello fue un motor de las corridas. La historia enseña que cuando se toma las
mismas medidas se tienen las mismas consecuencias.
En síntesis, como vemos,
existen once poderosas razones para no esperar nada bueno del año próximo en
términos económicos, sino más bien todo lo contrario. La sola existencia de una
sola de estas razones puede garantizar la un pésimo 2019. Pero que se den once
razones tan duras todas juntas nos hace por ello preocuparnos en extremo por lo
que ocurrirá. Ojalá el Gobierno esté dispuesto a actuar y a evitar que estos
once peligros causen algún daño.
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