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Por Pablo
Wende - Los años de elecciones presidenciales en la Argentina
muestran características similares: muy fuerte expansión del gasto
público, atraso del tipo de cambio y congelamiento de tarifas para impulsar la
economía, lo suficiente para ganar los comicios. Esta situación se dio, con
variantes menores, en 2003, 2007, 2011 y 2015, o sea los años en los que se
votó para presidente.
Pero el 2019 será completamente distinto. Obligado por el acuerdo
con el FMI, Mauricio Macri tendrá que seguir otro camino en un año clave, en el
que se define si podrá o no continuar como Presidente.
Las tensiones dentro del Gabinete ante la necesidad del ajuste quedaron
al descubierto en el cierre de la semana. La renuncia de Javier Iguacel a la
secretaría de Energía evidenció las internas con el ministro de Hacienda,
Nicolás Dujovne. Y Macri optó por poner en la secretaría de Energía a un alfil
suyo, Gustavo Lopetegui, para seguir personalmente uno de los temas más
sensibles de su gestión.
El anuncio de los aumentos de tarifas que habrá en 2019 dan lugar a
varios enfoques simultáneos:
–La mayor parte de los incrementos (transporte, luz, gas y agua) se
concentra en el primer semestre y especialmente en los primeros cuatro
meses del año. Es obvio que se intenta despejar el panorama en los meses
previos a octubre.
–Los ajustes son significativos y responden a la necesidad de seguir
bajando subsidios. La prioridad absoluta es cumplir con el ajuste fiscal
comprometido ante el Fondo, que establece un equilibrio de las cuentas públicas
(antes del pago de intereses).
–Se estima que la magnitud de los aumentos le agregará un punto al
índice de inflación por mes en los primeros cuatro meses del año. Esto
implica que la "velocidad crucero" será de 3% mensual. De esta forma,
se vuelve virtualmente imposible cumplir con el 23% establecido en el
Presupuesto. La mayoría de los economistas piensa ahora que en realidad la
inflación se ubicará más cerca de 35% el año próximo (contra 48% este año).
–Como habrá que destinar una porción mayor del ingreso para hacer frente
a los aumentos tarifarios, la esperada reactivación seguramente se verá
postergada. La idea de que los salarios comenzarían a ganarle la batalla a
la inflación luego de la caída que sufrieron en 2018 podría demorarse incluso
hasta finales del segundo trimestre.
La recuperación vigorosa de la economía que vaticinó el ministro Nicolás
Dujovne en el acuerdo con el Fondo ya quedó descartada. No sólo serán los
ajustes tarifas, sino también la suba de impuestos que fue necesaria
implementar para cumplir con el déficit primario cero. Esa presión
tributaria conspira contra la producción y también afecta a la contratación de
personal.
Además de las necesidades fiscales, el Banco Central está comprometido a
cumplir con su plan monetario, que implica una emisión muy controlada de pesos.
Por lo tanto, queda descartada otra de las vías muy utilizadas en tiempos
electorales para bajar la tasa de interés e impulsar el consumo en los meses
previos a las elecciones.
Será un verdadero experimento ver hasta qué punto la ortodoxia fiscal y
financiera le permite a un Gobierno ganar las elecciones, cuando siempre se
optó por la opción contraria. Y si Macri es exitoso, entonces marcaría un
vedadero "antes y después": ya no sería necesario el despilfarro para
conseguir buenos resultados electorales.
Pero todo está por verse. La apuesta es básicamente que el dólar
esté controlado. Esto significa evitar grandes oscilaciones, al tiempo que
queda descartada la posibilidad de volver a atrasar el tipo de cambio, un
clásico en la previa electoral. El caso extremo fue el de Cristina Kirchner, en
2011. Vendió tantas reservas en la previa electoral que cinco días después de
los comicios anunció el cepo cambiario. El dólar mayorista a fin de marzo
no podrá bajar de $ 39,38, ya que ése es el piso de la banda cambiaria (que
aumenta a razón de 2% mensual desde enero).
La incógnita es si este plan será suficiente para mantener controlado al
dólar. Para eso la fórmula es "secar" el mercado de pesos y reducir
drásticamente el déficit fiscal como el principal motor de la emisión
monetaria. Claro que mantener el dólar a raya tendrá como consecuencia una
tasa de interés alta en términos reales, que conspirará contra el rebote de la
economía.
Las encuestas de las últimas semanas muestran un factor común: la
imagen de Macri mejora y las expectativas en la economía también en la medida
que el tipo de cambio se mantiene controlado. En cambio, ambas variables
se ven muy afectadas cuando el tipo de cambio pega un salto exagerado.
El 2019 será el año de la gran corrección de las variables
macroeconómicas. Algo que hace años se viene reclamando desde distintos
sectores, ante la evidencia que resulta insostenible mantener los niveles de
déficit que arrastra la Argentina. El problema es que esa búsqueda de
equilibrio se hace con poco achicamiento del Estado y mucha presión sobre los
bolsillos y la actividad productiva. Un remedio que podría terminar resultado
peor que la enfermedad.
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