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Por Mariano Kestelboim
- En la última semana del año pasado, el INDEC publicó,
junto con su estimación sobre la caída de la actividad económica de octubre
último (-4%), el resultado de la Balanza de Pagos del tercer trimestre de 2018.
Curiosamente, este último dato tuvo muy poca repercusión, a pesar de que el
déficit de la cuenta corriente (registra todas las transacciones reales y
corrientes del país con el resto del mundo) está en sus niveles máximos
históricos y su saldo posee un enorme impacto directo sobre la evolución del
tipo de cambio, de la inflación y del PBI.
De hecho, al repasar la
experiencia local, el comportamiento de esta cuenta ha tenido una mayor
preponderancia inclusive que las cuentas fiscales en el devenir económico. A la
vez, es más difícil de financiarla porque los desbalances indefectiblemente
deben resolverse con ingresos de capitales del exterior (inversiones o deuda)
y/o una sustancial mejora de la competitividad. En cambio, las cuentas públicas
pueden equilibrarse de más formas con un margen general de autonomía menos
acotado: deuda externa/interna, mayor presión tributaria, crecimiento económico
y/o disminución del gasto público.
Además, en los casos como el
actual, con un déficit externo tan elevado, empeorado de forma brusca por las
políticas de los últimos años que han ido privilegiando crecientemente el
negocio financiero en detrimento del productivo, la suba del tipo de cambio no
es una variable que permita generar una salida exportadora compensadora, sobre
todo cuando el esquema fiscal, monetario, comercial y de ingresos opera en
contra. En efecto, con el modelo vigente, el equilibrio externo recién se
restablecería con una fuerte contracción de la demanda que reduzca
significativamente las importaciones. A ese punto se llegaría a través de la
pérdida de poder adquisitivo que provoca el impacto inflacionario de la
devaluación y de la suba de tarifas.
El interrogante más relevante
a estudiar es si la caída de la actividad reciente y la de los próximos meses
será suficiente para balancear la cuenta corriente, considerando que no parece
posible que el FMI esté dispuesto a financiar ese desequilibrio por
mucho tiempo más y que la fuga de capitales también está descontrolada (fue de
29.104 millones de dólares en los últimos 12 meses registrados).
Por eso, es crucial estudiar
el resultado del Balance de Pagos. Del reporte oficial, se destaca que el
déficit de cuenta corriente ascendió a 7.591 millones de dólares entre julio y
septiembre del año pasado y así acumuló en el último año un rojo de 35.166
millones de dólares. Esta cifra equivale al 7,4% del PBI,
según el cálculo que hizo el FMI sobre el PBI de
Argentina de 2018 (475.429 millones de dólares). Desde ya, en el cuarto
trimestre de 2008, el déficit debería reducirse sustancialmente por la
devaluación y el agravamiento de la recesión que implicará menores
importaciones y mayores exportaciones primarias y de manufacturas de origen
primario, pero no implicaría un pago menor en concepto de rentas que en el
último trimestre de 2017 explicaron la mitad del saldo negativo.
Para tomar dimensión del
fenómeno vale destacar que, aún con una reducción del 70% del déficit en el
cuarto trimestre de 2018 respecto al del mismo lapso de 2017, el desequilibrio
externo superaría el 6% en relación al PBI.
Por lo tanto, es muy probable que el rojo de cuenta corriente del año pasado
sea el más alto en casi cuatro décadas (el pico histórico fue en 1980 cuando
equivalió al 6,2% delPBI).
En cuanto al déficit de 2019,
el país seguramente conseguirá una baja pero será insuficiente para llegar al
equilibrio, dado que la actividad productiva sigue sin estímulos, deteriorada
especialmente por la fijación de tasas de interés muy superiores a las
expectativas de inflación sin líneas de crédito promocionales, aumentos de
tarifas y de combustibles dolarizados, caída del consumo interno, retenciones
generalizadas, liberalización de las importaciones y un tipo de cambio real que
vuelve retrasarse por efecto de la incapacidad de las políticas públicas de
combatir la inflación. Este deterioro implicará que nuevamente las presiones
devaluatorias e inflacionarias se redoblen, lo cual termina con una peor
distribución del ingreso, más pobreza, precarización laboral, una menor
capacidad productiva y, en consecuencia, mayor dependencia externa.
En definitiva, la única salida
genuina a los problemas de nuestro país es una promoción fuerte, continua y en
carácter de emergencia del desarrollo productivo. Esto requiere realizar
transformaciones distributivas que deberán generar estímulos a la inversión
productiva y a la generación de empleos, pero también alterar las relaciones de
poder hoy reforzadas, vinculadas a la especulación financiera y a los negocios
de concesiones de servicios públicos. Como mínimo, no hay que dejarse llevar
por diagnósticos fiscalistas que ocupan la escena para no tratar los problemas
más acuciantes de nuestra economía.
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