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Por Elisabet
Bacigalupo - Traccionada fundamentalmente por un salto devaluatorio de más de
100%, la tasa de inflación en 2018 se aceleró considerablemente
cerrando el año en 47,6% versus 25% el año previo. Y si bien en los últimos
tres meses la inflación se ha venido desacelerando (desde 6,5% en septiembre,
5,4% en octubre a 3,2% en noviembre y 2,6% en diciembre), la realidad es
que se trata de niveles de inflación aún muy altos con pocas chances de
ingresar en un sendero rápido de desaceleración en el corto plazo aún
pese a la recesión y a las políticas restrictivas adoptadas por las autoridades
en el marco del programa de estabilización comprometido con el FMI.
En
números, con los ajustes ya anunciados en los servicios de transporte público,
agua, gas y electricidad, la tasa de inflación mensual se situaría en torno al
2,5/2,6% mensual en el primer cuatrimestre de 2019 (equivalente a 35%
anualizado). En los meses siguientes, probablemente descienda un peldaño,
estacionándose en torno a 2% por mes, para cerrar en el último tramo de 2019
quizá algo por debajo de 2%, claro está de no mediar nuevas disrupciones
cambiarias. Con todo, el 2019 cerraría, según nuestras previsiones, con una
inflación anual de 29%, que, pese a ser casi 18 puntos menor a la de 2018, no
deja de causar "desilusión" al poner "blanco sobre negro"
una enfermedad endémica que la Argentina nunca ha podido erradicar. Y que
muchos incluso se preguntan si alguna vez podrá.
Larga
sería la explicación detallada de las causas detrás del fenómeno de la
inflación alta y persistente que dominó nuestra historia reciente. Sin dudas,
los desbalances monetarios (en general de origen fiscal) que dañaron la
confianza en la moneda doméstica llevando a una demanda de pesos
estructuralmente baja, las correcciones abruptas de precios de relativos
(tarifas y tipo de cambio), los factores inerciales y las expectativas
desalineadas (producto de políticas macro malas e inconsistentes) son todos
factores que están en la raíz del problema. En "criollo simplificado",
las malas políticas macroeconómicas que generaron desbalances y distorsiones de
todo tipo son la madre del borrego. Y sin bien las actuales autoridades
están intentando hacer un esfuerzo (algo demorado) por ordenar la macro, la
tarea está aún inconclusa y sus secuelas, a la vista.
En
ese contexto de normalización macroeconómica inconclusa, la pregunta concreta
es si se desacelerará la inflación en 2019. ¿Y
a qué velocidad?
En
cuanto a la primera pregunta, la respuesta es "sí" (de hecho, ya lo adelantamos al presentar los
números), básicamente por tres razones: la fuerte restricción monetaria
implícita en el programa de cero crecimiento de la base monetaria hasta junio y
luego 1% hasta fin de año, una mayor estabilidad cambiaria (aunque habrá que monitorear
la demanda de dólares para atesoramiento en la etapa pre electoral) y un
contexto recesivo que perdurará al menos hasta bien entrado el segundo
trimestre.
En
cuanto al segundo interrogante, la respuesta es que la inflación tenderá a
desacelerarse lentamente, básicamente va a seguir habiendo correcciones
importantes de precios relativos en 2019 con impacto en la inflación en un
contexto en que la economía no ha llegado aún a un set de precios relativos
"de equilibrio". Van a acomodarse los precios que quedaron
"baratos" (o sea que subieron poco en 2018), también lo harán las
tarifas de los servicios públicos y los salarios que quedaron muy atrasados. Todas
estas razones tienden a justificar un proceso de desinflación lento.
Pero
cuidado. Aquí se le presentan a las autoridades dos desafíos o riesgos
asociados a la velocidad de la desinflación.
El
primer desafío tiene que ver con evitar que la misma sea demasiado lenta, lo que podría ocurrir si la aceleración
inflacionaria reciente terminara aumentando la inercia inflacionaria vía la
generalización de los mecanismos indexatorios. De ahí que debe evitarse la
proliferación de cláusulas gatillo en las negociaciones salariales o las
cláusulas de indexación en los contratos de alquiler) que tiende a propagar la
inflación y a ponerle un piso más alto.
En
el lado opuesto, el segundo desafío es evitar la tentación de impulsar
una desinflación demasiado rápida y abrupta. En un contexto de cambio de
precios relativos, ello requeriría una política monetaria demasiado restrictiva
(tasas de interés demasiado altas) incompatibles con la recuperación del nivel
de actividad, que es esencial no sólo para darle viabilidad al programa fiscal
sino también para mantener acotada la conflictividad social.
No
hay dudas que la Argentina debe consolidar la desinflación. Y tratar de
desactivar iniciativas que institucionalicen más inercia inflacionaria, todo
mientras avanza en la mejora de los fundamentals macro y se
busca consolidar un régimen monetario sostenible a mediano plazo. Pero deben
medirse con mucho cuidado los costos asociados a la velocidad. Lograr todo
a la vez no se puede: Corregir precios relativos, bajar rápido la inflación y
retomar el crecimiento.
En
definitiva, no hay que perder el sueño de una inflación baja y estable.Pero dado el contexto actual, ir más lento y a paso
firme quizá sea lo más prudente. Esto es avanzar en línea con un descenso
perdurable de las presiones inflacionarias, a sabiendas que ello no implicará
mañana un nuevo retroceso, aun cuando para llegar a inflaciones de un dígito
haya que esperar todavía varios años más.
Elisabet
Bacigalupo es economista de ABECEB, responsable de Equipo Macroeconómico
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