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Por Luis
Secco - Los titulares y la dinámica macroeconómica de la
Argentina de los últimos meses contrastan notablemente con los que se daban
hacia fines de 2017 y principios del año pasado. En aquel entonces los
titulares hablaban de una dinámica del nivel de actividad económica y de la
inflación que invitaban a muchos al optimismo, a pesar de que los fundamentos
macroeconómicos (el déficit fiscal, el déficit externo y el balance del BCRA)
mostraban un sendero claramente divergente. Eran los tiempos en los que el
Gobierno hablaba de “los plateistas”, señalando a quienes alertábamos sobre los
riesgos del gradualismo. Hoy tenemos la situación inversa; los fundamentos
macro mejoran, pero los titulares y la opinión pública se enfocan en los
resultados menos deseados de la corrección de los desequilibrios macro: la
caída de la actividad económica y el salto inflacionario de 2018 y sus
inercias.
El gradualismo generó un fuerte cansancio en
el ajuste (a pesar que los desequilibrios macro no se
ajustaban) y su colapso en el segundo trimestre del año pasado agravó ese
cansancio a partir de las mencionadas consecuencias negativas sobre la
inflación y la actividad económica. En este contexto, las malas noticias apenas
le dejan lugar a las buenas, y las expectativas reaccionan muy lentamente. En
un año electoral y con minorías parlamentarias, no parece que exista algún
margen para que el Gobierno pueda sorprender con una agenda de reformas
estructurales pro competitividad y pro solvencia fiscal de largo plazo; esto es
una agenda que gatille un cambio más acentuado y sustentable de las
expectativas. Porque la estabilidad macro es una condición necesaria
imprescindible para el crecimiento, pero no es suficiente. Sin una
transformación económica profunda pro sector privado, pro competitividad y pro
solvencia fiscal de largo plazo, el objetivo del desarrollo económico de la
Argentina seguirá siendo elusivo.
En este contexto, la respuesta del Gobierno pasará
por hablar lo menos posible de economía y de no crear falsas ilusiones sobre la
dinámica o la velocidad de la desinflación o de la salida de la recesión o
sobre dicha agenda de reformas. Aunque no será fácil evitar hablar de economía
mientras la oposición siga convencida que es el talón de Aquiles del macrismo.
Por lo tanto, en ausencia de cambios o novedades importantes en materia de
agenda de política económica, en 2019 las claves pasan por ver cómo continúa la
corrección de los desequilibrios macro y cómo el Gobierno maneja la ansiedad
frente a una opinión pública y mercados que
seguirán siendo escépticos por varios motivos:
Primero, por la incertidumbre que produce la
posibilidad de una vuelta al populismo. Una posibilidad que, aunque vaya
cayendo en probabilidad a medida que transcurra el año, no se desvanecerá por
completo hasta las elecciones generales de octubre. De llegar al poder, los
riesgos que conlleva un populismo pobre, que nacería sin recursos
extraordinarios ni recursos que se hayan acumulado previamente, son muy altos.
Caída del acuerdo con el FMI, reprogramación de vencimientos y/o default,
aumentos de impuestos, restricciones, confiscaciones y violación de contratos
vienen rápidamente a la mente como opciones que no pueden descartarse si se
diera el caso. Vale la pena aclarar que si bien cuando se piensa en populismo
la mayoría nos remitimos al populismo kirchnerista, también existe otro
populismo, casi tan riesgoso como el que asoló la Argentina durante las tres
administraciones de los Kirchner. Y es el que encarnan la gran mayoría de los
gobernadores, intendentes y otras figuras repetidas de la política (no solo del
peronismo) que buscan disimular su populismo mientras intentan presentarse como
una alternativa superadora. Es cierto que más temerarias son sus posturas
cuánto más lejos están de acceder al poder (teorema Baglini) pero su demagógico
populismo forma parte del código genético de una inmensa mayoría de ellos.
Segundo, porque la estabilización macro no está
completamente asegurada y seguirá demandando un esfuerzo activo del Gobierno
para alcanzarla y consolidarla. Y se trata por cierto de un esfuerzo proactivo
de magnitudes nunca vistas en la historia argentina. El carácter contractivo de
las políticas fiscales y monetarias presenta magnitudes épicas. Sobre todo
porque hay que realizarlo en un año de elecciones generales y teniendo que
enfrentar un cansancio importante en la opinión pública. Pero las dudas no son
sólo por eso: el esfuerzo pro estabilización deberá continuar durante la
próxima administración (cualquiera sea su tinte político), lo cual nos remite a
las consideraciones que hicimos en el punto anterior.
Tercero, porque, como dijimos arriba, los
resultados en materia de inflación y crecimiento no arrojarán una señal clara y
contundente de que lo peor ya pasó, que el esfuerzo vale la pena y que, por lo
tanto, la política económica está en el buen camino. En particular, en materia
de actividad económica, la dispersión sectorial seguirá siendo muy marcada. Y
la dispersión sectorial será también geográfica. Habrá sectores y regiones que
mostrarán tasas interesantes de recuperación, pero habrá muchos otros que no
reflejarán crecimiento alguno. Entre estos últimos estarán varios sectores de
la industria manufacturera; los cuales se ubican en los conurbanos de las
principales ciudades argentinas, que es donde se define lo que podríamos llamar
el humor de la opinión pública.
Cuarto, porque tanto los factores climáticos como
el contexto internacional seguirán poniendo a prueba a la macro. Salimos de una
sequía que se llevó el 30% de la cosecha gruesa para pasar ahora a un exceso de
agua en varias zonas productivas del país, que de continuar (habrá que esperar
si siguen las lluvias durante febrero) podría significar otra cosecha por
debajo de lo esperado. Por su parte, el contexto internacional, si bien no
llega a ser viento de frente, promete seguir generando algunas turbulencias.
Tal vez a fines de febrero sepamos si la guerra comercial entre China y EE.UU.
llega a su fin, pero aún si ese fuera el caso, hay otras cuestiones como el
“brexit”, o la política monetaria y fiscal en los EE.UU., que seguirán
generando volatilidad y dudas en los mercados globales.
En síntesis, la Argentina ha comenzado a corregir
sus desequilibrios macro, lo que le da esperanza al optimismo, pero los costos
de la corrección y sus inercias, la dinámica política en un año de elecciones
generales de resultado (por ahora) incierto y los factores externos, harán que
el temple y los nervios del mercado y del Gobierno sea puesto a prueba varias
veces durante el año.
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