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Por Fernando Gutiérrez - Mientras daba sus puntadas finales al
discurso que deberá pronunciar mañana, al inaugurar el último año legislativo
de su gestión, Mauricio Macri tuvo un contundente recordatorio sobre el cambio de
clima político: en plena inauguración de una obra municipal, un obrero lo
increpó y le pidió "por favor, hagan algo, la gente está decayendo".
El episodio, que rápidamente se viralizó en las redes y se transformó en
el hecho político del día, sintetiza la situación en la que se encuentra Macri desde el punto de vista comunicacional: como le
dejó en claro el obrero, el argumento de la pesada herencia del kirchnerismo ya
no resulta suficiente. Y hay un reclamo de un nuevo discurso esperanzador.
Pero claro, Macri tiene un problema: hace exactamente un año, ante un
Congreso donde se respiraba aún la victoria de Cambiemos en las elecciones
legislativas, pronunció uno de los pronósticos más errados en toda la historia
política argentina. "Lo peor ya pasó y ahora vienen los años en que vamos
a crecer", había dicho el Presidente.
Macri podría verse tentado a repetir esa frase, pero
corre serio riesgo de sufrir un efecto boomerang y que la arenga tenga el
efecto opuesto al buscado. Cualquier frase que suene excesivamente optimista
será objeto de que alguien recuerde su discurso de hace un año, como
seguramente pasará en los medios y las redes sociales.
Hace un año, lo que marcaban los analistas era el cambio de tono del
Presidente, que había aminorado las chicanas al kirchnerismo, así como las
alusiones a la herencia de los desajustes económicos.
Más bien al contrario, eligió un discurso con la mira al futuro, en el
que se notó el esfuerzo por identificar "brotes verdes" que denotaran
el incipiente crecimiento del país.
"La inversión aumenta. El año pasado creció un
11% y es esa inversión precisamente la que nos garantiza que vamos a seguir
creciendo, porque agranda nuestra capacidad para producir", había
dicho Macri.
La bancada oficialista lo festejaba con el cántico
de "Sí se puede", pero ya en ese momento, el comentario de la oposición era que el discurso presidencial parecía
"desconectado de la realidad".
Lo cierto es que Macri afirmaba que la mejora en los datos económicos eran
posibles gracias a que la inflación iba en baja, a pesar de que en ese momento
ya eran bien claros los síntomas de que los precios se aceleraban y que la meta
de 15% anual fijada por el Banco Central no era considerada ni por el propio
Gobierno.
Para colmo, a la hora de reivindicar algunos de los indicadores de
mejora en el consumo, hubo un llamativo parecido con los datos que le gustaba
esgrimir a Cristina Kirchner.
"Este enero tuvimos récord de venta de cemento, de asfalto, de
autos, de autos usados, y de motos, de turismo y de vuelos de pasajeros",
se jactaba Macri, en uno de los pasajes más aplaudidos por la bancada
oficialista.
Pero curiosamente, cuando estaba en la oposición, el macrismo apuntaba a que muchos de esos
indicadores eran más un síntoma de los defectos que de las virtudes del modelo,
porque se trata de los típicos rubros que explotan en un momento de atraso
cambiario y de déficit fiscal fogoneado por la obra pública.
Como si todo eso fuera poco, el Macri versión 2018 se permitía algunas chicanas para
quienes lo criticaban desde la visión liberal de la economía, y reivindicaba el
triunfo del gradualismo sobre los pedidos de una política de ajuste.
"Ustedes escuchan que algunos nos critican por
ir demasiado lento y otros por ir demasiado rápido. Los primeros piden un shock
de ajuste. Y a ellos les digo que acá vinimos a reducir la pobreza y
asegurarnos que ningún argentino pase hambre", fue la frase del
Presidente. Esto contrasta con la que tuvo que pronunciar luego del acuerdo
"stand by" con el FMI, cuando reconoció que "el mundo nos pide
que avancemos más rápido".
A pedir de la bancada kirchnerista
Un año después, el contraste de aquellas palabras de Macri con la situación económica es tan fuerte que cuesta
creer que esos párrafos hayan sido pronunciados hace tan poco tiempo. El
"inicio del crecimiento" se transformó en una caída de 2,6%. Y, según
los pronósticos menos oscuros –exceptuando el del presupuesto de Dujovne-, la
actividad volverá a tener una baja de 1,6% este año.
Así, un discurso esperanzador y centrado en la economía
se hace difícil por partida doble: por un lado, los datos muestran una realidad
dura; y por otro, el recuerdo del tono optimista del año pasado hace que
cualquier nuevo pronóstico sea puesto en duda.
Ni siquiera los rubros en lo que hasta ahora el Gobierno se había
apoyado como para mostrar una mejora sustancial quedan en pie. Hace un
año, Macri se jactaba de la explosión del crédito hipotecario
para que la clase media pudiera acceder a la vivienda. Hoy, cualquier asesor
sensato le aconsejaría evitar tocar el punto.
Y hasta el campo, en el cual están puestas todas las esperanzas para que
oficie como motor de la recuperación, deja dudas sobre su velocidad de
reacción. De momento, las estadísticas de comercio exterior marcan que el
flamante superávit no se debe a una mejora en las ventas –un efecto que se
esperaba tras la devaluación- sino por el desplome de las importaciones.
Lo cierto es que pocas veces un discurso inaugural
del año legislativo había lucido más apetecible para una bancada opositora.
Desde que Macri asumió, los parlamentarios del kirchnerismo y la
izquierda han mostrado una predilección por recibir al Presidente con carteles de
protesta, que dejan pegados en sus mesas para ser captados por las cámaras de
TV.
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