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Por Silvia Mercado - (Desde Copenhague) Durante
cinco años no hubo embajador argentino en Dinamarca. No era el único caso,
ya que llegó a haber 50 embajadas sin la máxima designación, aunque en las
últimas tres semanas de su gestión, Cristina Fernández de Kirchner designó 15
nuevos embajadores que -sabía- serían muy probablemente reemplazados ante el
cambio de Gobierno, con el consabido gasto para el Estado.
Como sea, la designación de Conrado Solari Yrigoyen ante la
representación en Copenhague fue un gesto altamente positivo ante las
autoridades danesas que, pronto, buscaron retomar un vínculo que consideran
valioso con la Argentina, donde vive un número que no pueden precisar de
inmigrantes que viajaron en el siglo XIX a las pampas, para hacer lo que ya
hacían en su empobrecida Dinamarca por guerras y hambrunas: cultivar la tierra
con dedicación y esfuerzo.
Desde la llegada de Cambiemos, los vínculos entre ambos países se
profundizaron por razones sencillas. Horacio Rodríguez Larreta y el
príncipe heredero Frederik André Henrik Christian, conde de Monpezat, fueron
compañeros en la Harvard University y el por entonces jefe de Gabinete de
Mauricio Macri viajó varias veces a Dinamarca, de donde tomó el cycling como
política de sustentabilidad transversal, beneficiando a la eficiencia
energética, el sistema de transporte y la calidad de vida. Más de una vez,
cuando le preguntaron al hoy Jefe de Gobierno porteño cuál era su modelo de
ciudad contestó Copenhague, con los standards más altos en materia de equidad,
felicidad, seguridad y sustentabilidad del mundo.
Y las visitas a un lado y el otro del Atlántico se cruzaron en forma
exponencial. No solo con la visita de la delegación parlamentaria danesa que en
el 2017 eligió a la Argentina como el país a visitar ese año (realiza
anualmente solo un viaje al exterior), del respetado ministro de relaciones
exteriores Kristian Jensen, de la vicepresidenta Gabriela Michetti y el
ministro Germán Garavano. Este nuevo estadio del vínculo volverá a
verificarse con la visita que se concretará los días 18, 19 y 20 de marzo de la
reina Margarita II, su hijo Federico, nuevamente el canciller, el ministro de
Ambiente y Agroindustria y 31 empresarios daneses.
Quizás lo más importante es la inversión que Dinamarca tiene
comprometida a realizar en la Argentina en energías renovables, donde hay
comprometido un financiamiento para cuatro proyectos que generarán 216
mega, además de la instalación que ya se concretó en Campana, para los que se
invirtieron hasta ahora 15 millones de euros.
Se trata de un área donde el país escandinavo hizo punta a partir de la
crisis energética que vivió en la década del 70, cuando el precio del
petróleo aumentó a precios exorbitantes y los daneses temieron por su futuro.
Pero tenían el viento, el sol (poco, pero suficiente), el mar y los desechos,
elementos que excepcionales para desarrollar energía limpia y terminar con la
dependencia de la energía fósil.
Porque Dinamarca, finalmente, es eso. Una nación que supo hacer de
las dificultades una oportunidad y así se transformó en un país que se
comprometió a que su capital llegará al 2025 como la primera metrópoli del
mundo que no producirá gases de efecto invernadero, a pesar del
crecimiento y el aumento de la población. "Copenhague está dispuesta a
exponerse como el laboratorio verde y mostrar que es posible la neutralidad en
C02", aseguran aquí. Para llegar a eso, el 75% de los viajes de la
población tendrán que realizarse a pie, en bicicletas o transporte público. Y
entre el 20 y 30% de los vehículos livianos y entre el 30 y 40% pesados
deberán usar biocombustibles.
Más todavía, está convencido de que en el 2050 el 100% de la energía que
producirá el país será renovable, y también tomó un compromiso al respecto.
¿Cómo está tan seguro? "No es fácil, pero sabemos que podemos hacerlo
como hasta ahora, revisando cada dificultad, yendo paso a paso", dijo el
ministro de Ambiente y Alimentos, Jakob Ellemann-Jensen, en diálogo con
periodistas argentinos, entre los que estaba Infobae.
Siendo un país que se define a sí mismo como "agrario", por
cierto que no le tiene miedo a la eficiencia en materia productiva.
Reconoce que hace 50 años sus vacas lecheras producían 12 litros días y
hoy 25 litros. Sin embargo, ese productividad la alcanzó bajo un sistema
sustentable, con un fuerte control de la trazabilidad, lo que le permite
exportar actualmente el 73% de la leche que produce.
Es que Dinamarca es un país con solo 43.000 kilómetros cuadrados de
superficie (Argentina más de 2.700.000 km2) y apenas viven 5.500.000 de
habitantes. O sea que produce alimentos para exportar, al punto que es el
principal país exportador de alimentos a 28 países europeos incluyendo además
de la ya mencionada leche, carne de cerdo, pescado, galletitas y panes, y
¡enzimas!.
En Argentina muy al tanto no estamos del asunto, pero la producción de
enzimas que fue clave en el desarrollo de la insulina para los diabéticos, se
fue transformando en esencial para los detergentes y, últimamente, también en
la industria de alimentos, ya que facilita los procesos de conservación
de sabor y color de manera natural, sin aditivos químicos. Si se
pretende que haya alimentos suficientes para los millones que seguirán
aumentando en el mundo, se necesita tecnología que sea sustentable en
materia ambiental, garantizando la productividad. Un técnico argentino que vino
a hablar con los periodistas que visitaron Novozymes, de hecho, habló de
"la revolución de las enzimas".
En Dinamarca hablan de la “revolución de las enzimas”. Aquí, modelos de
enzimas en distintos productos que comemos o usamos habitualmente. (Novozymes).
En todas las oficinas público-privadas visitadas (donde se coordinan el
gobierno danés con las empresas del áreas) Food Nation, EnergyLab Nordhavn,
Healthcare Denmark y State of Green, se destacaron dos asuntos. Por un lado, el
consenso en llevar a Dinamarca por un mismo camino hacia el 2030, incluso el
2050. Es palpable un proyecto común, que se va construyendo desde las más
diversas áreas.
Por el otro, la decisión de mirar a la Argentina como socio
estratégico en cada uno de los asuntos de interés común, más allá de los
sinsabores de la coyuntura. "La mayoría de los países están pasando por
problemas, miremos a nuestros vecinos, lo único que nos importa es que se
continúe por el mismo rumbo", se escuchó decir en las distintas reuniones.
El día que la multinacional danesa Vestas inauguró sus coquetas
oficinas en el barrio de Catalinas se disparaba el dólar en la Argentina y
nadie en el Gobierno podía asegurar cómo seguiría. Así y todo, la compañía no
solo continúa su inversión, sino que está dispuesta a aumentarla. Es lo que
aquí, en Dinamarca, se llama largo plazo.
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